38. Seis y diez
Álvaro
A las seis y diez de la mañana yo estaba de pie en el jardín norte con los zapatos en la mano, con la camisa por fuera, con los pantalones del traje mojados por abajo de haber pisado el charco de la barra, y estaba amaneciendo.
Y os voy a decir una cosa: aquello salió perfecto.
Perfecto. Y lo digo con la boca llena y lo he dicho todo el año y lo pienso decir siempre.
Los números, que son lo mío:
Ciento veintisiete comensales sentados. Cero incidencias de mesa. Cuatro cambios de menú por alergia y los cuatro salieron.
Ochenta y una botellas de agua de litro y medio en el aperitivo. Yo pedí sesenta y me llevé veintiuna más en el maletero por mi cuenta y se bebieron todas. Todas.
Ocho sombrillas extra que pedí el viernes y que Rosa consiguió no sé de dónde.
Cero desmayos. Y eso, con cuarenta y un grados y una hora y cuarenta y cinco de aperitivo al sol, es un dato del que yo estoy orgulloso, porque el año pasado en la boda de un compañero mío en Requena hubo dos.
Once minutos duró el cronograma. Y acabamos a las seis y diez de la mañana con un retraso acumulado sobre el papel de una hora y cuarenta.
Se lo dije a Noelia a las cinco, cuando estaba recogiendo. Le dije: hora y cuarenta.
Y ella miró el iPad, y dijo:
—Hora y treinta y ocho.
Y me chocó la mano.
Yo a esa chica le voy a dar trabajo algún día.
El DJ empezó a desmontar a las cinco y media. La barra cerró a las cinco. La máquina de humo la apagaron a las tres porque se quejó una señora de Alcocer.
Los últimos que quedaron fuimos: mi cuñado y Femke, mi mujer, mi hija, Bram, Hugo, Pilar la del bar, dos primos de mi suegra, un chico joven que nadie sabe quién era, y Trini.
Trini aguantó hasta las seis menos veinte.
Setenta y un años. Hasta la última canción. Yo la vi bailar a las cuatro y media con Pilar del bar, las dos, sin ningún idioma, y sinceramente aquello fue lo mejor de la noche.
Y mis suegros se fueron a las dos y cuarto en el coche de mi mujer, que los llevó y volvió.
Mi suegro se quitó la chaqueta a las doce y media, después de lo suyo, y se sentó, y ya no se levantó más. Estuvo casi dos horas sentado en su silla con mi suegra al lado y con la gente pasando y saludando, y cuando se fueron los llevó Marta y yo salí a despedirlos y le dije:
—Ernesto, que ha estado muy bien lo que ha dicho usted.
Y él dijo:
—Bueno.
Y se metió en el coche.
Y lo de mi cuñado, lo de Ámsterdam, yo me enteré el domingo por la tarde, en el patio de la casa, cuando lo dijo él delante de todos.
Y ahí, lo reconozco, me quedé un poco tonto.
Porque resulta que en la cena del viernes, cuando Trini preguntó dónde iban a vivir y se hizo aquel silencio raro, había tres personas que ya lo sabían.
Y yo pensé que la cena había ido de maravilla.
Y ahora mi mujer dice que la cena fue horrible y yo digo que fue la mejor de la semana, y llevamos un año con eso, y no nos vamos a poner de acuerdo nunca, y a mí me parece bien.
Porque yo estuve allí. Yo serví el licor de la hermana de Pilar. Yo vi a Bram ponerse de pie a aplaudir por una cazuela de arroz. Yo colgué el fluorescente de la higuera con una brida y Hugo le hizo doce fotos.
Y todo eso también pasó.
Y ahora la última cosa y me callo.
A las seis y diez, en el jardín norte, yo estaba mirando los olivos y contando las sillas que había que devolver.
Y llegó mi hija.
Descalza, con el vestido hecho un asco, con el rímel por todas partes, con los ojos de haber llorado hace horas y de no haber dormido nada.
Y se puso a mi lado y no dijo nada un rato.
Y luego dijo:
—Papá.
Y yo dije qué.
Y ella dijo:
—La silla del olivo.
Y yo la miré.
Porque esa silla no se la he contado a nadie. Ni a mi mujer. Se la pedí a Noelia el viernes, silla individual, olivo tres, fija toda la mañana, y Noelia me preguntó si mi suegra tenía movilidad reducida y yo le dije que no, que anda perfectamente, y ella me dijo que entonces no se iba a sentar.
Y yo le dije que ya lo sé, pero que la silla tiene que estar.
Y mi hija dijo:
—Se sentó.
Y yo dije:
—¿Sí?
Y ella dijo:
—A la una y cinco. Once minutos. Yo la vi.
Y luego dijo:
—¿La pusiste tú?
Y yo dije que sí.
Y mi hija no dijo nada más y se apoyó en mí un momento, y a los cuatro segundos se separó y se fue a buscar los zapatos, porque tiene dieciséis años y todo lo tiene que durar cuatro segundos.
Y yo me quedé en el jardín norte a las seis y diez de la mañana contando sillas.
Y os voy a decir una cosa, y con esto acabo.
En mi casa se ríen de mí. Se ríen de las poleas, se ríen del Excel, se ríen de que hago fotos a los ganchos, y mi hija hace una imitación mía que es muy buena y yo me río el que más.
Y este verano yo he llamado a doce fincas, he alquilado una furgoneta de nueve plazas, he hecho seis planos en color, he llevado veintiuna botellas de agua de más en mi maletero, he pasado un alargador desde la habitación de delante para que no saltara la luz con el secador, y he pedido una silla que nadie sabía para qué era.
Y no me ha dado las gracias nadie por nada de eso, y no me hace ninguna falta.
Pero la silla la vio mi hija.