37. La silla
Rodrigo
A las dos de la mañana yo estaba fuera, en el patio de la entrada del Mas de Bonaire, debajo de las poleas, sentado en el bordillo.
Me había quitado la chaqueta y la había dejado en una silla de las de fuera. La corbata estaba dentro de la chaqueta. La camisa estaba para tirarla.
Y salió mi hermana.
Se sentó en el bordillo a mi lado, con los zapatos en la mano, y estuvimos un rato sin decir nada, que es una cosa que mi hermana y yo no hemos hecho nunca en cuarenta y cuatro años.
Y luego le dije:
—Me voy a Ámsterdam.
Y ella dijo:
—Ya.
Y yo dije:
—¿Cómo que ya?
Y ella dijo:
—Que ya lo sé.
Y yo le pregunté desde cuándo.
Y ella me dijo:
—Desde anoche a las cuatro de la mañana.
Y luego me contó cómo lo había averiguado, punto por punto, como cuenta ella las cosas.
Y cuando llegó a lo de Charo, la del personal, en marzo, yo dije:
—Joder.
Y ella dijo:
—Es que lo dijiste tú.
Y sí. Lo dije yo. En julio, en la mesa, a medias, y me callé a mitad de frase porque me di cuenta de que estaba hablando de más, y llevo un año pensando que me callé a tiempo.
Mi hermana lleva cuarenta y cuatro años oyéndome las frases a medias. Yo no sé por qué me pensé que esta se le iba a escapar.
Los datos, ya que estamos, son estos:
Excedencia voluntaria. Se la pedí a Charo por escrito en mayo, para dos años, y me la dieron. No me garantiza volver, pero deja la puerta entornada.
Ella se va el veinticinco de agosto, dentro de dos días, con su madre y con los suyos.
Y yo me voy el veintiséis de septiembre.
O sea que me caso el veintidós, la mujer con la que me caso se va el veinticinco, y yo me quedo un mes solo en un piso de cuarenta y seis metros de Benicalap deshaciendo mi vida, que es la luna de miel que hemos podido pagar.
Tengo cuatrocientas palabras y una excedencia de dos años con la puerta entornada y cuarenta y siete años.
Y una mujer.
Mi hermana no dijo nada de todo eso. No dijo que era una locura, que era lo que yo llevaba esperando desde marzo. No hizo ninguna cuenta en voz alta.
Lo que dijo fue:
—¿Se lo has dicho a mamá?
Y yo dije que no.
Y ella dijo:
—Pues díselo tú. Y díselo hoy.
Y yo le dije que ya lo sabía.
Y mi hermana dijo:
—Ya sé que lo sabe. Díselo igual.
Y ahí es donde yo entendí que mi hermana había cambiado en algo este verano, y todavía no sé en qué.
Y luego pasó lo otro.
Le pregunté por lo de papá.
Le pregunté qué le había dicho papá a ella, si le había dicho algo, si sabía algo.
Y mi hermana se quedó mirando las poleas de la fachada un rato bastante largo.
Y dijo:
—No.
Y yo dije:
—¿Y tú no le has preguntado?
Y ella dijo:
—No.
Y yo dije:
—¿Por qué?
Y mi hermana me dijo:
—Porque si le pregunto, tiene que contestar.
Y ya está. Ahí lo dejamos los dos.
Y no lo hemos hablado desde entonces, ni ella ni yo, y estamos en agosto otra vez y sigue sin estar hablado.
Y esa es la conversación que yo tenía que haber tenido con mi padre en la plaza el jueves, y en la sacristía cinco minutos antes, y en su comedor de Valencia una tarde de julio con la radio destripada encima de la mesa y los dos solos, y en veinte sitios más, y que no voy a tener nunca.
Porque aquella noche, a las once y media, mi padre se puso de pie sin micrófono delante de ciento veintisiete personas y dijo tres cosas que llevaba hasta catorce años sin decir, y luego dijo una que no estaba escrita.
Y me la dijo a mí.
Y una niña de dieciséis años me la tradujo llorando y le salió mal, y le salió you can go .
Y yo la oí en inglés antes que en castellano. Eso es lo raro. Yo la oí primero en el idioma que no es el mío, en la voz de mi sobrina, y por eso me llegó.
You can go.
Mi padre estuvo en aquella estación.
Yo llegué de Tenerife arruinado, con una mochila, después de tres meses, y bajé del autobús a las seis y diez, y me acuerdo perfectamente de aquella mañana porque me acuerdo de que pensé que no había venido nadie.
Y hasta aquella noche, a los cuarenta y siete años, había vivido pensando eso.
Que no vino nadie.
Y llevo once años contando en las cenas que volví de Tenerife en autobús y que no me esperaba nadie, y lo he contado en tono de broma, y lo he contado delante de él.
Delante de él lo he contado. Dos o tres veces por lo menos.
Y él estaba comiendo, con la cabeza baja, sin decir nada.
Y le voy a decir una cosa más a esta libreta o a esto, o a lo que sea esto, y luego lo dejo.
Yo me voy a un país donde no puedo decir nada complicado. Tengo cuatrocientas palabras en inglés y se me acaban justo cuando una conversación importa.
Y aquella noche entendí que mi padre llevaba setenta y cuatro años viviendo así en su propio idioma.
Y que aquella noche, por una vez, consiguió decirlo.
Y que para conseguirlo tuvo que llevar un mes escribiendo y reescribiendo hasta dejarlo en nueve líneas, dárselo a su nieta de dieciséis años esa misma madrugada, ponerse una chaqueta durante trece horas en un veintidós de agosto y esperar a las once y media de la noche, poco antes de la recena, con ciento veintisiete personas hablando de otra cosa.
Eso es lo que cuesta.
Yo pensaba que lo mío era difícil porque estaba en inglés.