40. El toll
Carmen
Ochocientos metros no son nada.
Yo he ido a por agua a la fuente de la Salud con dos cántaros con doce años, y eso son mil doscientos, ida y vuelta, y con el sol de la una, y sin zapatos las últimas veces del verano porque se me habían roto y no había otros hasta septiembre.
Lo que pasa es que ahora tengo esta cadera.
Bajamos despacio. La niña iba delante. Iba delante y a tres pasos, y cada veinte o treinta metros se paraba a mirar una cosa que no había, para que yo la alcanzara y no pareciera que me esperaba.
Yo eso lo vi a los cien metros.
Y no le dije nada, porque si se lo digo deja de hacerlo.
Y bajamos.
Yo iba con el vestido azul y con los zapatos de andar, que me los cambié en la puerta, y las medias las había tirado a las tres de la mañana.
El vestido no me lo quité en toda la noche.
Vine de la boda a las dos y media, me senté en la cocina, y ya no me acosté. Y no me lo quité porque si me lo quitaba me acostaba, y si me acostaba se acababa el día, y ese día yo no lo quería acabar.
Y a las tres, o por ahí, subí al baño y me puse el bañador debajo.
Debajo del vestido de la boda de mi hijo, a las tres de la mañana, con la puerta cerrada.
Y bajé otra vez y me volví a sentar.
Tres horas y media.
Ya está dicho. Que conste que lo tenía pensado. Que aquello no fue una cosa que se me ocurriera de repente en la cocina.
Los últimos ciento cincuenta metros bajan mucho.
Y ahí es donde vi lo otro.
Porque yo esa senda la conozco. Yo he bajado esa senda mil veces con doce años y con catorce y con dieciocho, y esa senda tiene, en los últimos veinte metros antes de la piedra, unas losas sueltas que se te van, y un escalón grande que hay que darlo de lado, y todo el mundo del pueblo lo sabe y todo el mundo lo baja agarrándose a la caña de la derecha.
Y estaba limpio.
Las losas estaban asentadas. Las piedras sueltas no estaban. Alguien había echado tierra en el escalón grande y la había pisado.
Y en la caña de la derecha, a la altura de la mano, habían cortado las hojas para que no dieran en la cara.
Y no ha sido el ayuntamiento, que ese río no lo limpia nadie desde que se murió el tío Batiste.
Y yo me paré ahí, en la mitad de esos veinte metros, con la niña tres pasos por delante haciendo que miraba un chopo.
Y no dije nada.
Y no lo voy a decir nunca.
El vestido lo dejé en la piedra plana. Doblado, no tirado, que es un vestido bueno y costó ochenta euros. Y encima el bolso, para que no se lo llevara el aire. Los zapatos los dejé al lado.
Y me quedé ahí de pie con el bañador y con la carne de gallina, a las siete y cuarto de la mañana, con setenta y tres años, delante de una poza en la que yo no me he metido nunca.
Nunca. Ni una vez.
Y no es que no me dejaran. Es peor. Es que no hizo falta que me lo dijeran.
En mi casa mis hermanos bajaban al toll en agosto por la tarde y volvían con el pelo mojado y mi madre les decía que se secaran bien, y a mí no me lo prohibió nadie. A mí no me dijo nadie que no.
Es que no se me ocurrió pedirlo.
Eso es lo que yo he estado pensando estos días y lo digo aquí y ya está: a mí no me prohibieron el río. A mí me criaron de manera que no se me ocurriera.
Y son cosas distintas y la segunda es más difícil de quitar.
El agua está fría.
No como la piscina, que la piscina está calentita y huele a cloro y tiene una barandilla. Esta está fría de verdad, de la que te sube por las piernas y te llega al pecho y te corta la respiración un momento.
Los pies. Las pantorrillas. Las rodillas, que ahí ya tuve que parar.
Y luego el sitio ese que a las mujeres nos cuesta, que es la cintura, que es donde una se queda con los brazos levantados diciendo ay, ay, ay, como una tonta.
Y me quedé con el agua por la cintura y con los brazos en alto y estuve así un rato largo.
Y el fondo es de piedra y de arena y no resbala.
Y suena el azud. Suena todo el rato, por el lado roto, ese ruido de agua que cae, y no para, y a los cinco minutos ya no lo oyes y a los diez lo vuelves a oír.
Y arriba, los chopos.
Hacía once días que no veía una sombra así.
Y ahí, con el agua por la cintura, me acordé de lo de anoche.
Porque anoche mi marido se puso de pie sin micrófono y dijo cosas de su hijo que llevaba años sin decir. Luego le dijo que se fuera tranquilo, la niña lo tradujo llorando, y a mí me dio una pena que no me cabía.
Y después dijo la última.
Y esa la dijo en valenciano, que es una cosa que él con la familia no hace nunca, y la dijo mirándome a mí con el niño pequeño dormido encima.
No et faltarà res.
Y no lo entendió nadie. O sea, lo entendieron, las palabras las entiende medio pueblo. Pero no lo entendió nadie.
Porque esas cuatro palabras me las dijo ese hombre el dieciocho de julio de mil novecientos setenta y cinco, en la sacristía de la iglesia de Benafús, a las doce y media de la mañana.
Y me las dijo mientras yo firmaba.
Yo dejé la escuela con once años. Yo escribo despacio.
Y en ese libro había un hueco pequeño para el nombre y los dos apellidos, y yo empecé por la izquierda con la pluma que me dio don Vicente y se me fue yendo, y cuando llegué al final tuve que apretar las tres últimas letras para que me cupieran.
Y estaba todo el mundo mirando el papel.
Y él estaba a mi derecha, de pie, mirándome la mano.
Y lo dijo bajito, para que no lo oyera nadie, y no lo oyó nadie.
No et faltarà res.
Tenía veintitrés años y trabajaba en una oficina y ganaba lo que ganaba.
Y yo entendí lo que se entiende con veintidós años, que es que no me iba a faltar de comer.
Y ha resultado que quería decir otra cosa, y ha tardado cincuenta y un años en decírmelo, y me lo ha dicho delante de ciento veintisiete personas para que no se enterara ninguna.
Bueno.
Y también me acordé de mi madre.
Mi madre estuvo llorando toda mi boda en el banco de atrás del todo, sentada en el sitio del pasillo, con el vestido bueno, y yo iba delante y no me giré ni una vez.
Ni una.
Y toda mi vida he pensado que lloraba de alegría, porque eso es lo que se piensa.
Y llevo desde el jueves sin poder pensar eso.
Y no sé qué otra cosa pensar, y ya no se lo puedo preguntar a nadie, porque de las que estaban en esa iglesia y podían saberlo ya no queda ninguna.
Queda una.
Y ahora resulta que la que queda soy yo.
Y me pasó una cosa muy rara, ahí de pie con el agua por la cintura.
Que me puse a pensar qué hubiera querido ser yo.
Y no me salió nada.
Nada. Estuve un rato buscándolo, como se busca una palabra que se sabe, y no había nada detrás.
Y no es que me lo quitaran. Es que eso a mí no me lo montaron nunca. A mí nadie me preguntó de pequeña qué quería ser, y entonces yo no aprendí a tener eso, y ahora no lo tengo. Como el que no aprendió a leer música: no es que se le haya olvidado, es que ahí no hay nada.
Y por eso este río.
Que no es un sueño, que no me vengan. Yo no he soñado con esto. Yo no me he pasado sesenta años suspirando por el toll de les Xiques.
Es que esto lo he querido yo sin que sirva para nada.
Y ahora sé que no tiene por qué ser la última.
Y por eso vale.
—Abuela.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Y yo le dije:
—Yo puedo.
Y ella no dijo nada.
Y no lo sabe. No sabe lo que le costó a su abuela decir esas dos palabras ni dónde están escritas, y no lo va a saber nunca, porque están escritas en la última página del cuaderno de Bruno, que yo tengo en un cajón debajo del Agua del Carmen, y ese cuaderno no se lo voy a devolver.
Y luego se metió ella.
Se quitó las zapatillas, las dejó junto a mis zapatos y se metió despacio, sin salpicar, sin decir ay, y se puso a mi lado a dos metros. Con una camiseta y unos pantalones cortos, que no se había traído bañador.
Y me dijo:
—¿Te tumbas?
Y yo dije que no sé.
Y ella dijo:
—Ya lo sé. Por eso.
Y me dijo lo que hay que hacer, que es lo que le dice a las señoras el chico ese de la piscina y lo que decía Ester antes que él: que la barriga arriba, que la barbilla atrás, que las orejas dentro, que los brazos abiertos y quietos, y que lo que hunde es tener miedo, porque el miedo hace que uno se doble por la mitad, y una persona doblada por la mitad se va al fondo y una persona estirada no.
Y me dijo:
—Yo te pongo las manos debajo.
Y yo dije que bueno.
Y me eché para atrás.
Voy a explicar lo que es eso, para el que no lo sepa.
Es que la cabeza se va sola.
Uno se echa para atrás y el cuerpo dice que no, y las tripas se ponen duras, y las piernas se quieren doblar, y a mí se me llenó la nariz de agua a la primera y tosí, y me puse de pie y me reí y dije un taco.
Y a la segunda me duró tres segundos.
Y a la tercera me eché con las manos de mi nieta debajo de los omóplatos, dos manos abiertas, muy planas, y me estuve quieta.
Y el agua entra en las orejas y entonces se acaba el ruido de arriba.
Se acaba el azud, y los chopos, y todo. Y por dentro se oye una cosa que suena como cuando eras pequeña y te tapabas los oídos.
Y arriba solo hay una rama con hojas pequeñas y un trozo de cielo blanco, que a las siete y media de la mañana el cielo de agosto aquí es blanco y no azul.
Y yo estuve así.
Y no sé cuánto.
Y en algún momento pensé en mi hijo, que se va a ir a Ámsterdam y que todavía no me lo ha dicho, y que cuando me lo diga voy a dejar que me lo diga entero.
Y pensé en mi marido, que estará en la mesa con las piezas puestas en fila.
Y pensé, y esto lo pensé muy claro, que un día de estos me va a tocar una cosa muy grande y que llevo desde marzo sin dejarme pensarla, y que hoy tampoco.
Hoy no.
Y luego dejé de pensar, que es una cosa que a mí no me pasa nunca.
Y en algún momento las manos se fueron.
Y no sé cuándo.
Eso es lo que yo quiero que quede dicho, y por eso lo cuento, y luego que cada uno haga lo que quiera con ello.
Que no sé en qué momento me soltó.
Que yo estaba arriba, con las orejas dentro, mirando una rama y un poco de cielo blanco, y no me había movido, y no me había hundido, y me creía que me tenía ella.
Y cuando abrí los ojos del todo y giré la cabeza, mi nieta estaba a metro y medio.
De pie, con el agua por la cintura, con los brazos un poco abiertos y las manos preparadas.
Sin tocarme.
Y no me agarraba nadie.
Me tenía el agua.
FIN