Familia numerable (Trilogía completa) 34. Cinco horas
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34. Cinco horas

Femke

Voy a contar mi boda con las horas y los datos que tengo. Y cuando haga falta volveré atrás, porque es la única manera que sé de contar las cosas.

Ciento veintisiete personas de pie al sol de agosto en una montaña de Alicante, comiendo, bebiendo, hablando a gritos, sin ninguna prisa, sin ninguna incomodidad visible, sin que ni una sola persona diga que hace calor.

Yo me quedé sin poder pensar a los cuarenta minutos.

No es una manera de hablar. A los cuarenta minutos dejé de poder seguir una conversación.

Se me iba. Alguien me hablaba y yo veía la boca y no llegaba a montar la frase.

Bebí seis vasos de agua entre las doce y media y la una y media y no fui al baño en toda la tarde, y eso significa algo, y lo que significa es que mi cuerpo estaba usándola toda.

Esta gente no está más adaptada que yo. Lo que hace es no luchar: no anda deprisa, no se queda de pie sin apoyarse en algo, y cuando ve una silla se sienta.

Yo estuve una hora y cuarenta y cinco minutos de pie al sol porque era la novia, porque soy del norte y porque no se me ocurrió que se pudiera hacer otra cosa.

13:00, aproximadamente. Vi a la madre de Rodrigo sentada.

Había una silla debajo del tercer olivo, sola, a la sombra, una silla de madera de las buenas, que no era del sitio del aperitivo y que estaba puesta ahí a propósito.

Estuvo sentada en esa silla once o doce minutos y luego se levantó y no volvió.

Y no sé quién puso esa silla ahí. Se lo pregunté a Vega y me dijo que no lo sabía.

14:10. Entrada al salón.

Trescientos veinte metros cuadrados. Cuatro máquinas. Veintitrés grados con cuarenta y uno fuera. Entré por la puerta y sentí exactamente lo mismo que el primer día en la casa del pueblo, cuando la madre de Rodrigo me cogió por la muñeca y me hizo tocar las dos paredes.

Era la misma solución: con máquinas en vez de piedra.

Y ahí entendí una cosa que llevaba nueve días entendiendo mal.

Yo pensaba que esta gente era caótica. No lo es. Es extremadamente organizada.

Lo que pasa es que lo que organiza no es el tiempo.

Es la temperatura.

14:10 a 19:20. Cinco horas y diez minutos de comida.

Cinco platos con nombres que no dicen qué son. Pedí que me tradujeran la carta y la traducción tampoco decía qué eran.

Dos discursos previstos en el cronograma: uno de mi hermano y uno de la hermana de Rodrigo.

Mi hermano habló a las 16:40, en inglés, cuatro minutos, con un papel, y estuvo bien y fue gracioso y la mitad de la sala no lo entendió y aplaudieron igual.

Marta habló a las 17:15, en castellano, seis minutos, y llevaba el papel y no lo miró.

Y Vega tradujo los dos.

19:20. Se abre la barra y empieza el baile.

19:20 a 23:45. No sé lo que pasó. Bailé. Me abrazaron mujeres a las que no había visto nunca y que me dijeron cosas larguísimas en castellano que yo no entendí y que aun así entendí.

23:45, aproximadamente. Segunda ronda de comida. La llaman la recena .

Otra vez comida. A las doce menos cuarto de la noche. Más de cuatro horas después de terminar la comida.

Eso no lo tenía previsto en ningún sitio.

Y ahora voy a decir lo que quería decir, y no es sobre el calor ni sobre la comida.

En algún momento de la tarde —creo que sobre las seis, en el tercer plato— me di cuenta de que estaba mirando mi propia boda desde fuera.

No estaba disgustada. Estaba fuera.

Y no era el idioma. El idioma era lo de menos: en nueve días había aprendido a estar en una habitación donde se habla algo que no entiendo, y hasta me gusta, es descansado.

Yo trabajo debajo de las casas. Y debajo de una casa no ves la casa: ves lo que la sostiene. Y hay casas preciosas apoyadas en madera podrida y casas feas apoyadas en madera de cuatrocientos años.

Yo llevaba nueve días mirando los pilotes de esta familia.

Son mejores de lo que ellos creen. Y no se lo dicen. Ni una vez, en nueve días.

Y entonces, con el tercer plato delante, entendí por qué yo estaba fuera.

Yo estaba fuera porque para entrar en esta familia hay que aprender a no decir las cosas.

Y yo no sé hacer eso.

O eso creía yo hasta hace tres meses.

El diecinueve de mayo, a las once y cuarenta de la noche, Rodrigo me mandó un mensaje.

Yo estaba en la cama. Me llegó a las 23:41, que lo tengo delante ahora mismo porque no lo he borrado.

Me preguntaba qué tenía que hacer un español para registrarse en Ámsterdam si se iba a vivir allí.

Eso. Nada más. Sin nada delante y sin nada detrás.

Y yo le contesté a las 23:52.

Le contesté bien, además. Le contesté como se lo contestaría a un cliente: que, siendo ciudadano de la Unión, no necesitaba permiso de residencia; que si iba a quedarse más de cuatro meses tenía que registrarse en el ayuntamiento al llegar, entrar en el registro municipal y obtener el número de ciudadano, y que después tendría que resolver cosas prácticas como el seguro médico.

Once líneas. Con los pasos.

Le expliqué a un hombre, por escrito, a las doce menos cuarto de la noche, cómo se hace para venirse a vivir a mi ciudad.

Y él contestó thank you .

Y ya está. No hubo nada más. Ni esa noche, ni al día siguiente, ni en tres meses.

Y yo tampoco pregunté.

Tres meses.

Y me he dicho a mí misma que era por respeto.

Y que él lo diría cuando pudiera. Y que un hombre con cuatrocientas palabras en inglés, al que el idioma se le acaba cuando la conversación se complica, necesita tiempo, que eso es verdad y que lo sé mejor que nadie, porque yo llevo trece meses queriendo a alguien en idiomas que no son los nuestros.

Y lo que estaba haciendo era otra cosa.

Lo que estaba haciendo era esperar a que me lo dijera él para no tener que ser yo la que lo preguntara.

O sea que sí sé hacerlo. Aprendí en mayo, sola, sin que nadie me enseñara.

Y ayer por la noche mi madre lo preguntó en una mesa con diecinueve personas delante.

Y toda la mesa se quedó en silencio.

Y yo estuve enfadada con mi madre tres horas y no se lo dije, cosa que es exactamente lo que hace esta familia, o sea que en nueve días ya he aprendido dos.

Y a las cuatro de la mañana, en el altillo, con el ventilador, entendí que mi madre había hecho lo único decente que se hizo en esa mesa.

Mi madre tiene setenta y un años y vivió treinta y cuatro con un hombre con el que no habló.

Y no está dispuesta a ver a su hija hacer lo mismo, con la boca cerrada y educadamente.

Así que lo preguntó en voz alta, delante de todos, en un patio, en un país que no es el suyo.

Es la persona más valiente que he conocido en mi vida y yo estuve enfadada con ella tres horas.

Y a las cuatro y diez hice lo que ella había hecho.

Desperté a Rodrigo.

Le dije:

— We need to say it. Not think it. Say it.

Él abrió los ojos y se quedó mirándome.

Y le hice otra vez la pregunta de mayo:

— After the wedding. Where do we live?

Esta vez no estuvo cuatro segundos callado.

Dijo:

— Amsterdam.

— When?

— I go twenty-six September. I have two years leave from work.

Lo dijo con las palabras que tenía. Bastaban.

— With me? —le pregunté.

Y él dijo:

— If you want.

— I want.

Y ya está. Tres meses esperando una conversación y duró menos de un minuto. Pero, por primera vez desde mayo, los dos sabíamos lo mismo porque nos lo habíamos dicho.

Vuelvo quince minutos atrás en la boda.

23:30. El padre de Rodrigo se levantó.

Y de eso no puedo contar nada porque no lo entendí. Estaba en castellano y yo estaba a cuatro metros y no me llegaba, y lo que me llegó fue en inglés, por la voz de una niña de dieciséis años que se rompió tres veces.

De eso que lo cuente ella.