33. La última fila
Marta
Veintidós grados.
Ese es el dato que yo me llevo de la iglesia de Benafús y el que voy a contar cuando sea vieja, si llego.
Fuera había treinta y nueve a las once de la mañana. Y dentro había veintidós, porque las paredes tienen metro veinte en la base y ochenta arriba, porque no le da el sol desde el siglo dieciséis y porque está medio metida en la ladera por la parte de atrás.
Ciento veintisiete personas dentro y el termómetro de la sacristía marcando veintidós.
Y toda esa gente entró y dijo lo mismo. Todos. Ciento veintisiete veces. Se paraban en la puerta, hacían así con los hombros y decían «ay, qué gustito».
Y yo, que llevaba mes y pico peleándome con las máquinas de aire de una masía y con un compresor muerto y con un cuadrante escrito con regla en un folio, estuve las once en punto sentada en el segundo banco pensando que unos señores que no sabían nada de nada habían resuelto esto en el año mil quinientos y pico con piedra y con orientación.
Fuera había otras sesenta o setenta personas.
No exagero. El pueblo entero. Los del poyo, las vecinas, los que llegan en agosto, los de Alcocer que no cabían, dos chicos jóvenes que yo no conocía y una señora con andador que puso el andador contra la pared y se quedó dos horas de pie.
Y la puerta abierta de par en par.
Eso es lo que yo no le había sabido explicar a Femke, y lo que se explicó solo a las once y cuatro. En el pueblo de mi madre una boda es de todos. Nosotros pagábamos la comida de ciento veintisiete. La ceremonia era del que quisiera entrar.
Femke entró con su madre.
No con su hermano. No sola. Con su madre.
Y eso, en Benafús, no lo había visto nadie.
Yo estaba de espaldas y las vi por el pasillo, y noté el ruido de la iglesia cambiar, ese ruido de cien personas que se giran a la vez y ajustan la respiración. Y noté que el ruido duraba un poco más de lo normal, y que había cuchicheo, y que el cuchicheo no era malo, era de sorpresa.
Trini la llevaba del brazo y andaba mirando al frente.
Y a mitad de pasillo mi madre dijo, en voz alta, no muy alta pero suficiente para tres bancos:
—Bien hecho.
Y no se lo dijo a nadie.
La ceremonia duró treinta y seis minutos porque don Andrés tiene cinco pueblos y sabe lo que hace.
Y de la ceremonia voy a contar tres cosas.
La primera es que don Andrés dijo las lecturas en castellano, y luego, en el momento del consentimiento, hizo una cosa que yo no esperaba y que nadie le había pedido: se giró hacia Femke y le hizo la pregunta en castellano, despacio, y luego se paró.
Y esperó.
Y Femke la contestó en castellano.
Dos palabras, con acento, sin ninguna vergüenza, y se le entendieron perfectamente.
Y esa mujer llevaba ensayando esas dos palabras yo no sé cuánto tiempo y no se lo había dicho a nadie, ni a mi hija, que era su traductora, ni a mi hermano.
Y el pueblo entero hizo un ruido de aprobación bajito, y una señora de las de la puerta dijo «ay» en voz alta, y por primera vez en todo el verano yo vi a ciento veintisiete personas y a setenta más ponerse del lado de esa mujer todas a la vez.
La segunda es el niño.
Joep, cuatro años, se soltó de su madre en el minuto veinte y cruzó el pasillo central de la iglesia, entero, delante de doscientas personas, hasta el banco donde estábamos nosotros, y se sentó en el suelo al lado de la trona portátil de Nico.
Y nadie se rió ni nadie lo cogió.
Y estuvieron los dos ahí, en el suelo, uno de tres y otro de cuatro, con un coche de plástico rojo, durante el resto de la ceremonia.
Y la tercera es lo que pasó al final, en la sacristía.
Firmamos: los novios, los dos testigos —Bram y yo— y don Andrés.
Y cuando acabamos, don Andrés abrió el armario grande, sacó el libro que pone 2019- en el lomo con rotulador, lo puso en la mesa, mojó la pluma y escribió una línea.
Una sola línea. A mano. Con tinta.
Y yo me quedé mirándole escribir.
Y pensé, con esas palabras, mirando la mano de un cura de cuarenta y cuatro años escribiendo el nombre de mi hermano en un libro de tapas duras en una habitación de tres por cuatro:
Ya consta.
Y no supe de dónde me había salido esa frase.
Y ahora, escribiendo esto un año después, ya lo sé, y me tengo que parar un momento.
Después salió todo el mundo.
Salieron los ciento veintisiete y los setenta de la puerta, y en la plaza había arroz y hubo gritos y hubo fotos y hubo una señora de Alcocer que se puso a llorar sin conocer a nadie, y a las 11:52 empezaron a arrancar los coches.
Y yo volví a entrar a por el bolso de mi madre, que se lo había dejado en el banco.
Y la iglesia estaba vacía.
Vacía del todo, con la puerta abierta, con el arroz entrando por el suelo, con esos veintidós grados, y con el ruido de la plaza fuera.
Y en la última fila, a la derecha, en el sitio del pasillo, estaban mis padres sentados.
Los dos. Quietos. Mirando al frente. Con las manos de mi padre encima de las piernas y el bolso de mi madre —el que yo iba a buscar— en el suelo entre los dos pies de ella.
En la última fila.
Los padres del novio.
Que habían estado toda la ceremonia en el primer banco de la derecha, donde les tocaba, y que cuando se vació la iglesia se habían levantado y se habían ido a sentar al banco de atrás del todo.
Yo me quedé en el pasillo sin decir nada.
Y mi madre no lloraba. Eso lo digo porque es importante. Mi madre no lloraba y no estaba emocionada y no tenía la cara de las bodas.
Mi madre tenía la boca apretada y estaba mirando el altar como se mira una cosa que llevas mucho tiempo pensando.
Y mi padre estaba a su lado sin tocarla, con la chaqueta puesta, sudando, callado, esperando.
Estuvieron así como un minuto más.
Y luego mi madre cogió el bolso del suelo, se levantó y dijo:
—Hala, vamos.
Y pasó por delante de mí y me dijo:
—¿Y tú qué haces aquí parada?
Y salió.
Y yo no le pregunté nada, y no le he preguntado nada en un año, y ahora sé que en aquel banco se sentó su madre en mil novecientos setenta y cinco y que estuvo llorando toda la misa.
Lo sé porque me lo contó Bruno en septiembre, de pasada, sin darle importancia, comiendo.
Y lo que no sé, y lo que no voy a saber nunca porque no se lo voy a preguntar, es qué estaba pensando mi madre.
Si estaba pensando en su madre.
O si estaba pensando en por qué lloraba su madre.
O si estaba pensando en que ella, a los veintidós años, se sentó delante y no se giró ni una vez a mirar atrás.