Familia numerable (Trilogía completa) 32. Once minutos
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32. Once minutos

Álvaro

Lo que pasó a las nueve fue esto: no había agua caliente.

No es que faltara agua caliente. Es que en una casa con un termo de ochenta litros no se pueden duchar nueve personas seguidas, y a las ocho y media se habían duchado cuatro, y el quinto era mi cuñado.

Que se casaba.

Y mi cuñado se duchó con agua fría y salió diciendo que estaba estupenda, que es lo que dice la gente cuando se ducha con agua fría.

A las 09:20 llegó la peluquera de Muro con su hermana, y montaron en el comedor —en el comedor, o sea, sin aire, a veintinueve grados a las nueve y media de la mañana— dos sillas, un espejo apoyado en la fuente de las naranjas y un secador que hacía saltar la luz, cosa que descubrimos a los cuatro minutos y que resolví yo pasando un alargador desde la habitación de delante, que es la que tiene el otro circuito.

Y eso, os lo juro, fue lo mejor que hice en toda la boda y no me lo agradeció nadie porque nadie sabe que la luz estuvo a punto de irse tres veces más.

A las 09:40 llegaron Trini y Lotte de la casa rural.

Femke se vistió en la habitación de arriba, la del altillo, con la ventana pequeña, con un ventilador de pie y con su madre y Lotte y mi hija. Y de eso yo no vi nada porque yo estaba abajo con las cosas.

Yo me encargué de la logística. Y la logística era esta:

Coche 1 (el mío): la novia, su madre, Lotte, Vega. Salida prevista: 10:35.

Coche 2 (el de mis suegros, conducido por mi mujer): mis suegros, Bruno, Nico.

Coche 3 (el de Bram, alquilado): Bram, Sanne, Joep, Hugo.

Rodrigo: andando. Salió de la casa a las 10:25 con Pilar del bar, que se ofreció, y bajó los doscientos metros con la chaqueta al hombro y la camisa ya con dos manchas de sudor en la espalda, saludando a gente en cada portal.

Y ahora la parte que yo no entendí.

A las diez y cuarto, mi suegro salió al pasillo vestido.

Traje gris. Camisa blanca. Corbata azul oscura, la de siempre, la que se pone tres veces al año. Los zapatos marrones limpios con betún, que se los vi limpiar el jueves en el patio con un trapo y con un cepillo.

Y la chaqueta puesta.

Puesta, abrochada, a las diez y cuarto de la mañana, con treinta y seis grados en la calle y con cinco horas de aperitivo y comida por delante en agosto.

Y yo le dije:

—Ernesto, la chaqueta se la lleva usted en la mano y se la pone allí.

Y él dijo:

—No.

Y ya está. Ni «no, gracias», ni «prefiero llevarla». No.

Y yo insistí, porque yo soy pesado y porque además tenía razón, y le dije que se iba a asar, y que en el coche íbamos a poner el aire pero que en la iglesia no hay aire, y que en el jardín del aperitivo hay treinta y ocho grados a mediodía.

Y él dijo:

—Ya lo sé.

Y se fue a esperar al coche.

Y ahí mi hijo Bruno, que estaba en la puerta con el cuaderno, dijo una cosa muy rara.

Dijo:

—Lo sabía.

Y yo le dije que qué sabía.

Y él dijo:

—Nada.

Y se metió en el coche.

Y yo llevo un año dándole vueltas a eso.

Llevo un año pensando que mi hijo de doce años sabía, en julio, que su abuelo se iba a poner una chaqueta en agosto.

Y me da rabia, porque yo llevaba un Excel con tres pestañas, un cronograma, un plano del pueblo en color con seis copias y una furgoneta de nueve plazas, y aquel niño llevaba un cuaderno.

A las 10:35 no salió nadie porque la peluquera todavía estaba con Sanne.

A las 10:47, según el cronograma, tenía que llegar el novio.

El novio llegó a las 10:31, porque se fue andando y en Benafús no hay tráfico, y estuvo dieciséis minutos de pie en la puerta de la iglesia a treinta y nueve grados saludando a gente, justo lo que Noelia había calculado para que no ocurriera.

A las 10:52 salimos de la casa.

A las 10:56 llegamos a la iglesia.

Y la novia entró a las 11:04, con cuatro minutos de retraso sobre el cronograma, que para una boda española es llegar antes de tiempo.

Y aquí voy a decir una cosa que no me pega decir.

Cuando yo arranqué el coche a las 10:52, en el asiento de atrás iba Femke con el vestido recogido, y su madre a la izquierda, y Lotte a la derecha, y mi hija en el asiento del copiloto conmigo.

Y en doscientos metros no habló nadie.

Doscientos metros. Cuatro minutos contando salir, girar y parar.

Y a mí me pareció, mirando por el retrovisor, que aquella mujer estaba muy sola.

Y luego pensé que no, hombre, que iba con su madre y con su mejor amiga y que se iba a casar.

Ahora sé que las dos cosas eran verdad, que es una cosa que este verano me ha pasado tres o cuatro veces y a la que no me acostumbro.