Familia numerable (Trilogía completa) 31. Nueve personas
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31. Nueve personas

Bruno

Voy a contar lo que hizo mi abuela porque hay que contarlo.

A la una y media, cuando ya se habían ido todos menos Trini, mi abuela dijo:

—Esta noche dormís todos en mi habitación.

Y mi madre dijo que de eso nada.

Y mi abuela dijo:

—Los críos no duermen a treinta y un grados y a las nueve hay que estar de pie.

Y mi madre dijo que entonces ella también se quedaba fuera.

Y mi abuela dijo:

—Tú duermes con el niño pequeño.

Y ahí se acabó, porque cuando mi abuela dice dos frases seguidas ya no hay nada que hacer, eso lo sabe todo el mundo.

Así que a las cuatro menos cuarto de la mañana, en la habitación de delante, había esto:

Mi madre en la cama de matrimonio con Nico. Mi hermana en un colchón en el suelo, en el lado de la ventana. Yo en otro colchón en el suelo, en el lado del armario. Mi padre en el suelo también, con dos mantas dobladas, entre la cama y la puerta, porque no cabía otro colchón.

Cinco personas y el aparato a veintitrés.

Mi tío y Femke arriba, en el altillo, con un ventilador, y eso lo decidieron ellos y dijeron que estaban bien.

Y mis abuelos en el patio.

Sacaron las dos camas plegables del trastero, las de tubo y lona, las que se usan cuando vienen los primos, y las pusieron en el patio, debajo de la higuera, con las sábanas puestas y con la mosquitera de la de mi abuela porque a ella le pican.

Setenta y tres años y setenta y cuatro años.

Al aire libre.

A treinta grados.

La noche antes de la boda de su hijo.

Mi padre dijo que ni hablar cuatro veces. Mi madre lo intentó dos. Mi abuelo no dijo nada, que es lo que hace él, y sacó las camas del trastero mientras los demás discutían, y cuando ya estaban montadas ya no se podía discutir.

Yo tardé mucho en dormirme.

Y la ventana de la habitación de delante da al patio.

Y estaba abierta, con la persiana subida un palmo por abajo, porque el aparato es viejo y en esa habitación hay que dejar un hueco o se cierra la puerta sola con el aire.

Y a las cuatro y media, o por ahí, mis abuelos estaban hablando.

Yo los oía.

No las palabras. Las palabras no se oían, porque hablaban bajísimo y porque el aparato hace ruido.

Se oía cómo. Se oía que hablaba uno un poco y luego el otro un poco. Se oía que él decía cosas cortas y ella decía cosas más largas. Se oía que en un momento ella se rió, una vez, corto.

Y estuvieron así como veinte minutos.

Y yo estuve los veinte minutos con los ojos abiertos mirando el techo pensando una cosa que no había pensado nunca.

Que yo a mis abuelos no los he oído hablar solos.

Nunca. En doce años.

Los he oído hablar en la mesa, delante de gente. Los he oído decirse cosas de la casa. He oído a mi abuela decirle a mi abuelo que se ponga la chaqueta y he oído a mi abuelo decir «ya».

Pero solos, los dos, hablando, veinte minutos seguidos, no los había oído nunca.

Y resulta que lo hacen.

Y llevan haciéndolo cincuenta y un años y yo no me había enterado porque siempre lo hacen cuando no hay nadie.

Y aquí es donde hice la otra cosa.

Después de eso pasé por el comedor a beber agua.

Y en el comedor estaba la chaqueta.

Colgada del respaldo de la silla de mi abuelo, la gris, con la corbata azul por encima del respaldo, preparada desde antes de acostarse.

Y me paré.

Y esto lo pongo porque no se lo puedo contar a nadie.

Yo sé lo que hay en el cajón de esa mesa, debajo del trapo de la radio, porque lo he visto cuatro veces cuando he ido a buscar cosas: hay una pieza de cristal y metal de unos siete centímetros, con dos patitas de metal y el cristal empañado por dentro.

Era la pieza vieja de su radio, la que llevaba años intentando sustituir. Se la llevó a Ámsterdam el año pasado para buscar un recambio y volvió con la misma, porque no consiguió reemplazarla.

Y yo abrí el cajón a las cinco menos cinco de la mañana con la mano izquierda, muy despacio, porque ese cajón chirría por el lado derecho.

Y no estaba.

Y cerré el cajón y no toqué la chaqueta.

Me fui al pasillo, que es el único sitio donde había luz porque está la del rellano y entra por debajo de la puerta, y saqué el cuaderno de la mochila.

Y me senté en el suelo del pasillo.

Y conté las páginas que quedaban.

Siete.

Y estuve un rato pensando en qué las gasto, porque siete páginas para el resto de mi vida es muy poco y hay que repartirlas.

Y luego pensé que eso es una tontería, porque un cuaderno se acaba y se compra otro.

Lo que pasa es que otro como este no hay.

Así que abrí por la primera página que estaba en blanco y escribí esto, y lo escribí despacio y con buena letra, que no es mi letra normal:

18 de julio.

51 años.

Este día en esta familia pasó esto:

El abuelo arregló el enchufe del ventilador del comedor, que llevaba tres semanas suelto.

La abuela hizo una paella para siete y sobró para nueve.

Mi padre estuvo cinco horas en el Mas de Bonaire midiendo el jardín con una cinta.

Mi madre estuvo todo el día con los papeles.

Mi hermana llevó a Nico al parque a las ocho.

Mi tío mandó una foto de una tarta.

Yo estuve en mi cuarto.

No lo dijo nadie.

Pero pasó.

Y aquí queda escrito, que es lo que hay.

Y firmé abajo con mi nombre y puse la fecha de hoy, que es veintidós de agosto.

Y cerré el cuaderno.

Y aquí está la parte que sé perfectamente y que voy a poner igual.

Este cuaderno es de mi abuela.

Y mi abuela tiene el mío.

O sea que esto que acabo de escribir no lo va a leer ella nunca. Ni ella ni nadie. Está escrito en una libreta que está en mi mochila y que se va a quedar en mi mochila, y dentro de treinta años esa libreta va a estar en una caja en un altillo y a lo mejor no la abre nadie.

Y lo he escrito igual.

Y sé por qué lo he escrito igual, y lo sé desde hoy.

Porque yo he visto a mi abuelo este verano hacer tres cosas que no le ha contado a nadie, y una de ellas la vi yo desde una escalera de aluminio y no la voy a contar nunca.

Y él las hace igual.

Y no las hace para que se enteren.

Las hace para que hayan pasado.

Y a las cinco y cuarto de la mañana volví a entrar en la habitación andando de puntillas, y por la rendija de la persiana seguía viéndose oscuro, y en el patio ya no hablaba nadie.

Y hoy se casa mi tío.