Familia numerable (Trilogía completa) 30. Tréinche
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30. Tréinche

Carmen

A la una y media de la mañana se fueron todos menos ella.

Yo estaba fregando. Y no fregaba por fregar, que conste, que me lo dijo mi hija dos veces, «mamá, déjalo, que por la mañana viene la chica». Que viene una chica el sábado por la mañana a limpiar porque lo pagó mi yerno. Muy bien.

Pero es que yo no me puedo acostar con las cazuelas ahí. Eso no es una manía. Eso es que si me acuesto con las cazuelas ahí no duermo, y al día siguiente casa mi hijo.

Y ella se quedó.

Se quedó cuando ya estaban todos en la puerta, y su hijo le dijo algo, y ella le contestó cuatro palabras y le hizo así con la mano, y su hijo puso los ojos en blanco y se fue.

Y se puso a mi lado con un trapo.

Y estuvimos hora y cuarto.

Yo fregaba y ella secaba y colocaba, y colocaba bien, que eso es otra cosa: hay gente que seca y luego te deja las cosas en cualquier sitio y eso da más trabajo que ayuda. Ella miraba dónde había cogido yo la cazuela y la ponía ahí.

Y a la media hora, más o menos, ella dijo una cosa.

Dijo:

— Ernesto.

Y luego dijo mi nombre. Y luego juntó los dos dedos, así, el índice y el índice, uno al lado del otro.

Y yo entendí que me preguntaba por nosotros.

Y le dije:

—Cincuenta y uno.

Y ella no lo entendió.

Y entonces yo cogí el trapo, lo dejé, me sequé las manos y se lo puse con los dedos. Cinco y cinco, cinco veces, y luego uno.

Y ella lo entendió a la primera y dijo una palabra en su idioma y luego dijo, en inglés, una que sí sé:

— Fifty-one.

Y yo dije que sí.

Y ella se quedó quieta con el plato en la mano.

Y luego dejó el plato, se limpió las manos en el trapo, sacó el móvil del bolsillo del pantalón, buscó, y me lo puso delante.

Y era un hombre.

Un hombre en una foto de las de antes, escaneada, con los colores raros, sentado en un banco, con un jersey gris, con un perro al lado. Un hombre grande, colorado, con las manos muy grandes, de esos que se ve que trabajan fuera.

Y ella dijo:

— My husband.

Y luego, con los dedos, hizo cinco y uno.

Seis.

Seis años.

Y yo dije:

—Ay.

Que es lo que se dice y que es lo único que hay que decir, y que además se entiende en todos los idiomas, que eso lo he aprendido este verano.

Y ella asintió y guardó el móvil y cogió otro plato.

Y estuvimos otro rato sin decir nada.

Y luego yo hice una cosa.

Yo llevaba desde la cena con una cosa dentro y no me la podía sacar, y era la pregunta que había hecho ella en la mesa.

Porque yo esa pregunta no la entendí cuando la dijo. Yo la entendí después, cuando me la tradujo mi nieta, y me la tradujo en cinco palabras, y en cinco palabras se me cayó la cena encima.

Porque en el momento en que la niña me dijo «que dónde van a vivir», yo ya lo sabía.

Yo lo sé desde mayo. Yo no sé nada de contratos ni de papeles ni de excedencias, pero yo vi a mi hijo en mayo, en mi cocina, a las doce de la noche, hablando con esa mujer, y yo he tenido a ese hijo dentro y lo he visto veinte años irse de sitios y esta vez estaba yéndose distinto.

Y yo no lo he dicho.

Ni a él ni a mi marido ni a mi hija.

Llevo tres meses.

Y va y viene esta mujer, que lleva en mi casa cinco días, y lo pregunta en una mesa con diecinueve personas delante, tan tranquila, con el vaso en la mano.

Así que le dije:

—¿Por qué lo has preguntado?

Y ella me miró.

Y yo sabía que no me iba a entender ni una palabra, pero se lo dije igual, y se lo dije entero, y le dije:

—Que por qué lo has preguntado delante de todos. Que eso se pregunta en la cocina.

Y ella se quedó mirándome un momento, y luego dijo, despacio, buscando:

— Slow. Slow.

Y yo se lo dije otra vez más despacio, y no sirvió de nada, porque no era cuestión de despacio.

Y entonces ella dejó el trapo, y se señaló a sí misma, y luego señaló al móvil que tenía en el bolsillo, o sea al hombre del jersey gris.

Y dijo, con las manos:

— Me. Him.

Y luego se puso los dedos en la boca, así, y los apretó, y se los quitó y los abrió, como quien suelta algo.

Y dijo:

— Never. Never asking.

Y luego hizo lo de los dedos de los años otra vez, pero muchos. Cinco y cinco y cinco y cinco y cinco y cinco y más.

Y luego dijo:

— And then. Finish.

Y volvió a coger el trapo.

Y yo me quedé con las manos dentro del agua mirando la pared de los azulejos.

Porque eso lo entendí perfectamente. Eso no había que traducirlo.

Esa mujer se pasó treinta y tantos años sin preguntarle nada a su marido, y luego su marido se murió, y ahora pregunta las cosas en voz alta en la mesa delante de diecinueve personas.

Y a mí me pareció fatal.

Y me pareció fatal durante como dos minutos, mientras fregaba las dos últimas fuentes, y luego dejé de pensar que me parecía fatal y empecé a pensar otra cosa.

Que yo llevo cincuenta y un años con un hombre que no habla.

Y que yo no le he preguntado nunca nada tampoco.

Que yo no le he preguntado por qué compró aquellas flores en Holanda. Ni por qué las ha traído en el maletero. Ni qué le dijo el médico en marzo. Ni por qué el otro día se subió al altillo de casa de mi hija cuando había cuatro personas abajo que se lo bajaban.

Y no se lo he preguntado porque en esta casa no se pregunta, y no se pregunta porque cuando yo era pequeña en mi casa no se preguntaba, y así llevamos ochenta años.

Y luego resulta que viene una señora de Holanda y lo pregunta en la mesa y todo el mundo se calla, y a mí me da vergüenza, y no me da vergüenza por ella.

Cuando acabamos, a las tres menos veinte, yo hice una cosa que no había hecho nunca y no sé por qué la hice.

Subí a la habitación, saqué el cuaderno del cajón, y bajé.

Y lo abrí por la página de atrás y se lo puse delante en la mesa de la cocina, y le di el boli.

Ella miró las cuatro frases que había escritas.

siéntate — SIT DAUN come — IT no pesa — NO ES JEVI yo puedo

Y no dijo nada de ninguna. Y yo tampoco.

Y le dije, señalándome la boca y luego a ella:

—Tu nombre.

Y ella dijo:

— Trini.

Y yo dije que no.

Y me señalé la boca otra vez y dije:

—El tuyo. El de verdad.

Y ella lo entendió.

Y cogió el boli, y estuvo un momento pensando, y escribió.

Y no lo escribió como se escribe en su idioma, que yo lo he visto escrito en la hoja de mi yerno y tiene una jota y una cosa rara en medio.

Lo escribió como se dice.

Con letras de las mías. Para que yo lo pudiera leer.

Escribió:

TRÉINCHE

Y me lo puso delante.

Y yo lo leí y lo dije.

Y me salió mal.

Y ella dijo que no con la cabeza y lo dijo ella.

Y lo dije otra vez, y me salió mal otra vez, pero menos.

Y ella lo volvió a decir, y me cogió la mano y se la puso en la garganta, en el cuello, para que yo notara dónde le sonaba, que es una cosa que yo no he visto hacer en mi vida.

Y a la tercera me salió.

No perfecto. Pero me salió.

Y ella se rió y dio una palmada, una sola, en la mesa.

Y dijo:

— Good. Good.

Y luego cogió su bolso y se fue a la casa rural a las tres menos cuarto de la mañana, sola, andando dos calles, con setenta y un años, y yo la vi irse desde la puerta.

Y cerré, y subí, y guardé el cuaderno debajo del Agua del Carmen.

Y mi marido estaba despierto en la cama a oscuras. Yo lo sé porque respiraba de la manera de estar despierto.

Y no me dijo nada, y yo no le dije nada.

Y me acosté.

Y a mí lo que me hubiera gustado, la verdad, es haberle dicho aquella noche: Ernesto, hoy se casa el niño y se va a ir, y tú lo sabes y yo lo sé y no nos lo hemos dicho.

Y no se lo dije.

Y en cincuenta y un años no le he dicho a ese hombre ni la mitad de lo que le he pensado.

Y hoy, encima, es su día.