35. Lo que se queda en el bolsillo
Bruno
Yo había sacado del cuaderno el papel de Femke y lo llevaba en el bolsillo del pantalón desde el viernes por la tarde.
El de los bulbos. Doblado. Las seis instrucciones. Sacarlos ahora, limpiarlos, bolsa de papel, nevera en octubre, no al lado de la fruta, sacarlos en enero.
Llevaba desde el viernes buscando el momento.
Y seguía sin encontrarlo, y ya me estaba enfadando conmigo, porque no es tan difícil. Es ir, dárselo y decir «abuelo, esto lo ha escrito Femke, es para las flores». Ocho segundos.
Y a las once y veinte de la noche, poco antes de la recena, iba a hacerlo.
Lo tenía decidido. Estaba con la mano en el bolsillo.
Y entonces mi abuelo se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Voy a explicar lo de la chaqueta.
Mi abuelo llevaba la chaqueta puesta desde las diez y cuarto de la mañana. Trece horas. Con cuarenta y un grados en la calle, con una hora y cuarenta y cinco minutos de aperitivo en un jardín al sol y con cinco horas de comida.
Y no se la quitó ni una vez.
Todos los hombres de la boda se quitaron la chaqueta antes del segundo plato.
Todos. Mi padre se la quitó en el aperitivo, mi tío se la quitó en el coche de vuelta de la iglesia, Bram no se puso ninguna, Hugo se la quitó y se la ató a la cintura, y hasta don Andrés, que vino al banquete, se aflojó el cuello.
Mi abuelo, no.
Y a las once y veinte, con vasos, servilletas y alguna taza todavía sobre la mesa y con la mitad de la gente de pie hablando en otras mesas, mi abuelo se metió la mano en el bolsillo de dentro.
Y sacó el avión.
Y lo puso encima del mantel.
Entre su vaso de vino y la copa de agua, en el sitio de la mesa que había quedado vacío, lo puso de pie, con las ruedas apoyadas en la tela.
Es un avión de metal de nueve centímetros. Es plateado y azul y tiene cuatro ventanillas por cada lado y las letras KLM en el lateral, muy pequeñas.
Y tiene un ala doblada hacia abajo.
La tiene así desde antes de que yo naciera. Yo intenté enderezársela tres veces antes de Ámsterdam; quedó mejor, pero siguió torcida.
Yo no dije nada.
Nadie de la mesa dijo nada tampoco, porque mi madre estaba de espaldas hablando con la de Alcocer y mi padre estaba de pie en la mesa de al lado y mi abuela estaba dándole de cenar a Nico y mi hermana no estaba en la silla.
O sea que en esa mesa lo vio una persona.
Y esa persona era yo, que era la única que sabía lo que era.
Y luego pasó lo otro.
Cuando sacó el avión, se le abrió la chaqueta.
Y en el bolsillo de dentro, en el mismo bolsillo, había otra cosa.
Un bulto pequeño, envuelto en una servilleta, con las puntas dobladas hacia dentro.
Y yo sé lo que es.
Era la pieza vieja de su radio. La misma que faltaba del cajón desde la madrugada.
Y ahora estaba en el bolsillo de dentro de la chaqueta de mi abuelo, envuelta en una servilleta de tela, en la boda de su hijo.
Y aquí es donde yo entendí una cosa que voy a escribir despacio para no equivocarme.
Mi abuelo sacó el avión.
Y no sacó la pieza.
El avión se lo dio otra persona. El avión es de él porque se lo dieron. Y el avión sale del bolsillo y se pone encima de la mesa donde lo pueda ver todo el mundo, aunque no lo mire nadie.
Y la pieza es de su radio. Es la que nunca consiguió reemplazar. Y eso es lo suyo. Y lo suyo no sale.
Lo suyo se queda dentro, envuelto en una servilleta, todo el día, con la chaqueta puesta a cuarenta y un grados.
Y por eso llevaba la chaqueta.
Trece horas de chaqueta un veintidós de agosto en El Comtat, porque la chaqueta es la que tiene el bolsillo de dentro, y en el bolsillo de dentro van las dos cosas, y las dos tenían que venir.
Y entonces mi abuelo cogió el vaso, bebió un poco de agua, lo dejó, se puso las dos manos encima de la mesa, una a cada lado del plato, y se quedó quieto.
Y a mí se me pusieron los pelos de punta, y no exagero.
Porque yo llevo doce años viendo a ese hombre y sé lo que hace antes de hacer las cosas.
Y lo que hace antes de hacer las cosas es ponerse quieto.
Y yo saqué la mano del bolsillo con el papel de Femke dentro y volví a dejarlo donde estaba.
Y pensé: hoy no.
Y no ha sido hoy, ni fue en septiembre, ni ha sido todavía.
Y ese papel volvió al cuaderno de mi abuela y sigue doblado entre las páginas del final, y las macetas están otra vez en la terraza de Valencia con la tierra dentro, y en marzo salieron tres.
Tres de treinta.
Y mi abuelo no ha dicho nada.
Una última cosa y ya no escribo más de este día.
A las tres y media de la mañana me llevó tía Puri a su casa con Nico, porque los críos no se pueden quedar hasta el final y porque alguien se los tenía que llevar.
Y me dormí en un sofá de Alcocer a las cuatro.
Y lo que pasó el domingo por la mañana en mi familia no lo vi.
Yo llevo dos años apuntando todo lo que pasa en esta casa. Todo. Los pasaportes, las horas, los metros del patio, las piezas de la radio, los días que faltan. Y cuando por fin pasó lo que tenía que pasar, yo estaba a doce kilómetros durmiendo en un sofá.
Y me enteré por mi madre, en el coche, el domingo a las once, y me lo contó en cuatro frases.
Así que esto no lo puedo apuntar.
Y lo dejo aquí escrito para que conste que hubo un domingo por la mañana en el que yo no estaba.