Familia numerable (Trilogía completa) 27. El diferencial
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27. El diferencial

Álvaro

La cena de la víspera fue el viernes a las diez y media y salió redonda, y lo digo aunque se rompió el aire, porque las dos cosas son verdad.

Éramos diecinueve, que es más que quince, porque vino Pilar la del bar cuando cerró y se trajo a su hermana, y vinieron dos primos de mi suegra que habían llegado de Valencia esa tarde y que se autoinvitaron con una naturalidad que yo admiro profundamente.

Diecinueve personas en un patio de doce metros por cuatro y medio, con tres mesas juntas, dos manteles distintos, el fluorescente colgado de la higuera con la brida y treinta y un grados a las once de la noche.

Mi suegra había hecho arroz al horno para diecinueve en dos cazuelas.

Yo dije que por qué hacía arroz si al día siguiente había un catering, y ella me dijo:

—Porque mañana no como yo.

Y con eso ya está todo dicho de esa señora, la verdad.

Y a las once y cuarto se fue la luz.

La casa entera. De golpe. Diecinueve personas a oscuras en un patio, y el silencio de dos segundos, y luego el barullo, y luego los ocho móviles con la linterna, y luego mi hija que dijo «la nevera» y mi mujer que dijo «el arroz no, que ya está fuera».

Y yo dije:

—El cuadro.

Porque en esta casa el cuadro está detrás de un calendario de la ferretería Quilis de 2014, y eso lo sabe todo el mundo.

Fui, aparté el calendario, subí el diferencial y volvió la luz.

Y a los cuarenta segundos se fue otra vez.

Y ahí ya me puse serio, porque yo llevo veintidós años en obra y un diferencial que salta una vez es una anécdota y un diferencial que salta dos es un problema, y un diferencial que salta dos veces con cuarenta segundos de diferencia y a la misma hora del ciclo es un diagnóstico.

Lo desconecté todo. Todo. Bajé los siete automáticos y los fui subiendo de uno en uno con el móvil en la boca.

Y el diferencial aguantó los seis primeros.

Y saltó con el séptimo, que es el del aire del comedor.

Y no saltó al subirlo. Saltó a los treinta y ocho segundos, justo cuando arrancaba el compresor.

Para mí eso ya era diagnóstico: fuga a tierra en el compresor. La máquina estaba mala por dentro; no era el cable ni el diferencial.

Era la máquina.

Y esa máquina es del año 2009, que son diecisiete años, y lleva nueve días trabajando todos los días en una casa que está a cuarenta y uno por fuera.

Yo eso lo he visto en obra veinte veces. El compresor no se muere en enero. El compresor se muere el día que más lo necesitas, porque el día que más lo necesitas es el día que le pides todo.

Y a las once y media de la noche del veintiuno de agosto, en Benafús, no hay nadie a quien llamar. No hay técnico, no hay tienda, no hay una máquina de repuesto, y aunque la hubiera hay que picar la pared para pasar el tubo nuevo porque el que hay es de los antiguos y ya no vale.

Y encima yo lo sabía todo.

Yo sabía exactamente lo que le pasaba a esa máquina a los seis minutos de que se fuera la luz. Con nombre y apellidos. Y era la primera vez en seis semanas que yo entendía un problema de esta boda mejor que nadie.

Y no podía hacer absolutamente nada.

Dejé el séptimo automático bajado, subí los seis, volvió la luz y volví al patio.

Y le dije a mi suegro:

—Ernesto, el del comedor se ha muerto.

Y él dijo:

—Ya.

Y volvió a lo suyo.

Y ese «ya» yo no sé si era «ya lo sé» o «ya no importa», y ahora que ha pasado el tiempo creo que eran las dos cosas.

Y luego seguimos cenando dos horas más, y fue una cena estupenda.

Hugo hizo una cosa con el fluorescente y una servilleta para que no diera tanto en la cara.

La hermana de Pilar sacó un licor de hierbas de la casa, sin etiqueta, que se hace en Alcocer y que no se vende.

Los críos se durmieron los dos, Joep en dos sillas juntas y Nico encima de mi mujer.

Lotte y Vega estuvieron con el móvil poniendo canciones y buscando cuáles se sabían todos, y encontraron cuatro.

Bram le hizo a mi suegra el gesto de la comida y ella le dijo que se comiera lo que quedaba de la cazuela y él se lo comió y se puso de pie a aplaudir.

Y Femke estaba sentada al lado de mi cuñado con la cabeza medio apoyada en él, callada, que llevaba dos días bastante callada, y yo pensé que era el cansancio de la víspera, que se casaba al día siguiente, y que en las vísperas la gente está así.

Y a la una menos veinte, más o menos, pasó lo de la pregunta.

Es que ni me acuerdo bien de cómo salió, y eso que lo he pensado mucho después.

Yo creo que salió de la luna de miel. Alguien preguntó adónde iban de viaje, y mi cuñado dijo que a ningún sitio, que no había dinero y que ya irían en primavera, y la gente hizo el ruido ese de «ohhh», y Lotte dijo algo en holandés y se rieron.

Y en esas, Trini dijo una cosa.

La dijo tranquila. La dijo con el vaso en la mano, sin levantar la voz, en el tono de quien pregunta la hora.

Y Femke la tradujo al inglés para todos, porque Femke traducía todo lo que decía su madre, siempre, sin que nadie se lo pidiera.

Y dijo:

— My mother asks where you are going to live.

Y yo, que estaba de pie sirviendo el licor sin etiqueta, pensé: qué buena pregunta.

Y luego pasó una cosa que yo no supe leer y que os voy a contar como la vi.

Nadie contestó.

Hubo un rato de nada. Un rato de gente que sigue con su vaso y no dice nada, que en una mesa de diecinueve personas es una cosa muy rara porque en una mesa de diecinueve siempre hay alguien hablando de otra cosa.

Y no había nadie hablando de otra cosa.

Y mi cuñado dijo, en inglés:

— We are looking at it.

Y Femke no tradujo eso, porque no hacía falta traducirlo.

Y Trini dijo otra cosa en holandés.

Y Femke tardó un poco en traducirla, y cuando la tradujo la dijo un poco más bajo:

— She says yes, but where?

Y ahí ya se hizo el silencio de verdad, del que se nota.

Y mi suegra, que estaba en la punta de la mesa con las manos en el regazo y que no había entendido ni una palabra de las últimas cuatro frases, se giró hacia mi hija y le dijo:

—Vega, ¿qué ha dicho?

Y mi hija se quedó mirando el mantel.

Y mi suegra dijo otra vez:

—¿Qué ha dicho, hija?

Y mi hija lo tradujo.

Lo tradujo entero y bien, en cinco palabras, y a mí me pareció que le costaba mucho para lo corta que era la frase.

Dijo:

—Que dónde van a vivir.

Y mi suegra dijo:

—Ah.

Y cogió su vaso.

Y a los diez o quince segundos, Pilar dijo una cosa del licor de hierbas y todo el mundo se agarró a eso, y a los dos minutos ya se hablaba a gritos de si el de la hermana de Pilar es mejor que el de Cocentaina, y a la una y cuarto Hugo sacó otra vez el móvil para hacerle una foto al fluorescente de la higuera.

Y a la una y media se fueron.

Y a mí, sinceramente, aquella cena me pareció la mejor de la semana.

Diecinueve personas. Arroz al horno para diecinueve.

Dos idiomas y medio. Los críos dormidos encima de la gente.

Bram aplaudiendo de pie. El licor sin etiqueta.

Todos cantando cuatro canciones a la una de la mañana en un patio de doce metros con el aire acondicionado roto y sin que se quejara ni uno.

Yo eso lo he contado muchas veces desde entonces.

Y lo que no sabía aquella noche, y lo que no supe hasta el domingo siguiente, es que en esa mesa había tres personas que ya sabían la respuesta a la pregunta de Trini.

Ninguna de las tres era yo.