28. La otra columna
Marta
A las tres y veinte de la madrugada del sábado, en la habitación de delante, en la cama de mis padres, yo hice la cuenta.
Y voy a describir dónde estaba, porque importa.
En la cama, Nico dormido pegado a mí y ocupando lo que ocupa un niño de tres años, que es todo. En el suelo, a mi izquierda, el colchón de mi hija, vacío. A mi derecha, mi hijo en el suyo. Y entre la cama y la puerta, en el hueco, mi marido con dos mantas dobladas debajo, boca arriba, roncando.
El aire a veintitrés. La puerta cerrada. Cuatro personas en once metros cuadrados.
Y mis padres fuera, en el patio, en dos camas plegables de tubo y lona, debajo de la higuera, a treinta grados, la noche antes de la boda de su hijo.
Yo tenía el sitio bueno de la casa y a esa hora todavía no había conseguido dormirme.
Y me salió sola. Esa es la cosa. Yo no la busqué. Yo llevaba un buen rato dando vueltas en la cama y la cuenta se hizo sola, como se hacen las cuentas cuando llevas toda la vida haciéndolas.
Uno. Femke tiene cuarenta y un años.
Dos. Femke tiene una hipoteca de treinta y cinco años en una casa de Ámsterdam. Eso lo sé porque lo dijo mi hermano en junio, riéndose, presumiendo de ella.
Tres. Femke tiene un trabajo que consiste en meterse debajo de las casas del siglo XVII a mirar si los troncos de madera sobre los que están apoyadas se están pudriendo.
Y ese trabajo no existe aquí.
No es que sea difícil de encontrar. Es que no existe. Aquí las casas están sobre piedra o sobre zapata de hormigón. Aquí no hay una sola casa apoyada en árboles clavados en el barro. Ese oficio existe en Ámsterdam y en cuatro ciudades más del mundo y no está ninguna en España.
Cuatro. Femke tiene una madre de setenta y un años que es viuda.
Cinco. Femke tiene un hermano y un sobrino de cuatro años en la misma ciudad.
Y ahora la otra columna.
Uno. Mi hermano tiene cuarenta y siete años.
Dos. Mi hermano tiene cuatrocientas palabras.
Tres. Mi hermano trabaja en una asesoría pequeña llevando cuentas de autónomos, que es el primer trabajo estable que ha conseguido después de aquellos años malos, y gana mil cuatrocientos euros, y vive en un piso de alquiler de cuarenta y seis metros en Benicalap con un contrato que le renuevan cada año.
Cuatro. Mi hermano no tiene hipoteca, ni empresa, ni hijos, ni nada que pese.
Cinco. Mi hermano lleva un año yendo a clase de inglés los lunes y los miércoles de siete a nueve a una academia de la calle Cuenca.
Y entonces me acordé de la frase.
Me acordé de la frase que mi hermano dijo en julio y que yo oí y que aparqué, porque yo aparco cosas, es mi oficio y mi enfermedad.
Dijo que en marzo había ido a hablar con Charo, la que lleva el personal en su empresa, para preguntarle una cosa de los contratos.
En marzo.
Y yo, a las tres y veinte de la madrugada, con el ventilador dándome en la cara, cogí el móvil y busqué lo que se le pregunta a la de personal cuando tienes un trabajo estable y te quieres ir sin cerrar del todo la puerta de vuelta.
Y lo primero que sale es la excedencia voluntaria.
Que es una figura que existe en el Estatuto de los Trabajadores desde antes de que yo naciera, que se puede pedir a partir del año de antigüedad, que dura entre cuatro meses y cinco años, que no te pagan nada, y que te da un derecho preferente al reingreso si queda una vacante de tu grupo.
O sea: una manera de irte sin quemar el barco.
Una manera de irte que te deja una cuerda atada al muelle.
Y eso es exactamente lo que va a preguntar un hombre de cuarenta y siete años que ha tenido tres años malos y por fin ha encontrado un trabajo estable, cuando decide irse a otro país detrás de una mujer.
Marzo.
Mi hermano preguntó eso en marzo.
Y se lo pidió a Femke en junio.
Y se casa hoy.
Preguntó primero cómo se iba, y después le pidió que se casaran.
Yo dejé el móvil boca abajo encima de la mesilla de mi madre, y luego lo volví a coger, y luego lo dejé otra vez, y estuve así hasta las cuatro y pico.
Y hay dos cosas de lo que pensé esa noche que voy a poner aquí, y la segunda es fea.
La primera es que ahora entiendo la prisa.
En julio del año pasado, mi padre subió las escaleras de un edificio de Ámsterdam. Y dos meses antes, en mayo, me había llamado mi hermano para preguntarme si yo lo había visto subir escaleras. Y yo le dije que sí y cambié de tema.
Y en marzo, mi padre había estado en una consulta.
Y ahora un hombre de cuarenta y siete años que se va a ir del país quiere casarse este verano y no el que viene.
Y cuando le preguntaron por qué, dijo que porque en verano hay más luz.
Esa es la primera cosa.
Y la segunda es esta, y la escribo porque si no la escribo no vale nada lo demás.
Yo me he pasado quince años de mi vida deseando que mi hermano se fuera de casa.
Literalmente. Deseándolo. Con esas palabras.
Desde que yo tenía veintitantos hasta hace nada.
Cada vez que volvía. Cada vez que había que dejarle dinero.
Cada vez que mi madre me llamaba llorando un domingo por la noche.
Cada vez que en una comida familiar todo el mundo se ponía a hacerle sitio a lo que le pasaba a Rodrigo, mientras yo aprobaba oposiciones y me casaba y tenía hijos y nadie me preguntaba nada porque yo estaba bien.
Yo he dicho «este chico tiene que irse de aquí» delante de mi marido cien veces.
Y a las cuatro de la mañana del día de su boda, en una habitación prestada, con el aire a veintitrés, me di cuenta de que se va.
Y de que lo que sentí no fue pena por él.
Lo que sentí fue una cosa que me da mucha vergüenza y que tiene la forma exacta de una lista:
Los médicos.
El coche cuando no puedan conducir.
El día que uno de los dos se caiga.
Las llamadas de las siete de la mañana.
El día que haya que decidir si se quedan en el piso o no.
El día que haya que decidir lo otro.
Y ahora, encima, la casa del pueblo. Y los papeles. Y la declaración de la renta de mi padre, que se la hago yo desde 2011.
Todo eso lo llevaba yo al setenta por ciento y mi hermano al treinta, y ese treinta por ciento era un treinta por ciento malo, tarde y mal hecho, y yo me he quejado de ese treinta por ciento durante quince años.
Y esta noche he entendido que ese treinta por ciento era lo único que había entre mí y el cien.
Y he llorado en la cama de mi madre, sin hacer ruido, con mis dos hijos en el suelo y mi marido roncando en el hueco de la puerta, y no he llorado porque mi hermano se vaya a Ámsterdam.
He llorado porque me quedo sola con mis padres.
Y me he odiado bastante, ahí a oscuras, durante un rato largo.
Y luego he pensado una cosa que me ha dejado quieta.
Que si esta cuenta la he hecho yo sola en menos de una hora, con una frase a medias que dijo mi hermano en julio, entonces mi padre pudo hacerla hace meses.
Mi padre, que estuvo en marzo en una consulta.
Mi padre, que fue a Avellanas un martes de julio a las diez y media de la mañana con una carpeta que no era suya, y esperó, y volvió, para que su hijo pudiera casarse en agosto y no en marzo.
Y no le ha dicho nada a nadie.
Y ha pagado una cena de doscientos catorce euros con veinte con una pensión de mil ciento sesenta.
Y ha traído cinco macetas de tierra vacía en el maletero.
Y esta noche, cuando le han preguntado a su hijo delante de diecinueve personas dónde va a vivir, se ha quedado con las manos en las piernas mirando el mantel, exactamente igual que se quedó en Gorga.
Porque, pensé, él ya lo sabía.
Llevaba callado quién sabe desde cuándo, como se calla él, que es de la única manera que sabe querer a la gente.