26. Bulbos
Femke
El viernes por la mañana, temprano, salí al patio a las siete y media porque a esa hora es el único momento del día en que se puede estar fuera, y el padre de Rodrigo estaba regando las macetas.
Las cinco. Con una regadera pequeña de plástico verde. Poca agua en cada una. Un cuarto de regadera, más o menos, repartido.
Y me vio y dijo buenos días y siguió.
Y yo me senté en la silla de plástico con mi café y le miré hacer, porque a esas alturas de la semana yo ya había aprendido que en esta familia se puede mirar a la gente en silencio sin que sea grosero. Es lo único que se puede hacer en silencio, pero se puede.
Y cuando terminó, dejó la regadera debajo del banco, se sacudió las manos en el pantalón —lo hace siempre, es su gesto, se sacude las manos aunque no tenga nada en las manos— y se fue dentro.
Y a las nueve bajó Bruno y le pregunté.
Le pregunté por las macetas. Con palabras fáciles, señalando.
Y Bruno me contó una historia larguísima con un vocabulario que no tenía, y tardó veinte minutos, y usó el móvil cuatro veces, y al final entendí esto:
Que su abuelo compró bulbos en Ámsterdam el año pasado, en julio.
Que los compró delante de ellos y se los dio a su abuela allí mismo.
Que en octubre los plantaron entre todos en la terraza en cinco macetas.
Que en marzo salieron veintitrés.
Que se secaron en junio, como se secan.
Y que aquí están.
Yo escuché todo eso sentada en una silla de plástico y no dije nada durante un rato bastante largo, y Bruno debió de pensar que no le había entendido y me lo empezó a contar otra vez.
Y le dije que sí, que lo había entendido.
Ahora voy a explicar lo que sé yo, porque esto es mi país y estas cosas se saben sin haberlas estudiado.
Un tulipán necesita frío.
Eso es todo el asunto. El bulbo tiene dentro la flor entera ya hecha, en miniatura, desde el verano anterior.
Está ahí. Solo hace falta apretar el botón.
Y el botón es el invierno: entre doce y dieciséis semanas por debajo de nueve grados, y sin eso el tallo no se estira y la flor sale enana o no sale.
En mi país eso lo hace el suelo. No hay que hacer nada. Se plantan en noviembre, se olvidan, y en abril están.
Aquí eso no pasa. Aquí un invierno en la costa no baja de nueve grados el tiempo suficiente. Los bulbos que se venden en las tiendas de aquí vienen ya tratados en frío, en cámaras, en Holanda, antes de salir. Por eso florecen el primer año.
Un año.
Después, si te los quedas en la tierra y no haces nada, el segundo año sale menos, y el tercero no sale.
Y estos son de los otros. Estos son bulbos comprados en Ámsterdam, en julio, en una tienda de la calle. Y esos no vienen tratados, esos van tratados por el que los compra, o no van tratados de nada.
Y florecieron veintitrés de treinta.
Veintitrés de treinta el primer año, en Valencia, en una terraza, plantados en octubre por gente que no sabía nada de esto.
Eso es mucha suerte. Eso es que el invierno pasado fue frío y que la terraza da al norte y que alguien los regó lo justo y no más.
El año que viene no van a salir.
Y a las once de la mañana entré en la casa a por agua y en el mueble del comedor, en la balda de abajo, detrás del cristal, vi una lata.
Una lata redonda, azul y dorada, de galletas, con una escena pintada: un puerto, unos barcos pequeños, un molino al fondo y unas letras góticas.
Es una lata de galletas holandesa. De las de mantequilla, de las que se regalan. Yo he tenido cuatro de esas en mi vida y mi madre ha tenido diez.
La abrí.
Estaba llena de botones. Hasta arriba. Botones de todo tipo, de camisa, de abrigo, forrados de tela, negros, un puñado de botones de nácar, y dos cremalleras enrolladas, y un dedal.
Y le pregunté a la madre de Rodrigo, con Vega al lado para traducir, de dónde había salido esa lata.
Y ella miró la lata y dijo:
—Ay, esa lata ha estado siempre.
Y yo dije que de dónde vino.
Y ella dijo:
—Yo qué sé, hija. De mi madre.
Y Vega me lo tradujo y añadió, ella sola, que en esa lata están los botones desde antes de que naciera su madre.
O sea desde hace cuarenta y cuatro años por lo menos, que es lo que tiene Marta.
Y yo estuve un rato con la lata en las manos, en el comedor a oscuras de una casa de piedra de un pueblo de cuatrocientas personas en una montaña de Alicante, mirando el molino pintado.
Y en algún momento, en los años sesenta o setenta, alguien trajo una lata de galletas de mi país a esta casa. Y se comieron las galletas. Y la lata se quedó, porque las latas se quedan. Y una mujer que ya se ha muerto le metió los botones dentro. Y su hija los sigue metiendo.
Y en la casa ya nadie parecía saber de dónde había salido. Nadie había contado nunca su historia. Y no significa nada.
Y yo llevaba una semana pensando que era la primera persona de mi país que entraba en esa casa.
Por la tarde hice una cosa.
Cogí un papel del cuaderno de Bruno.
Le pedí una hoja y él abrió el cuaderno por el final y se quedó un momento con la mano puesta, mirando las que quedaban, como quien mira lo que le queda de dinero.
Y luego arrancó una por la mitad de arriba, despacio, para que no se rompiera el resto.
Y escribí las instrucciones.
En inglés, con letra clara, con números:
1. Sacar los bulbos de la tierra. Ahora. Están dentro, secos.
2. Limpiarlos. Tirar los blandos.
3. Guardarlos en una bolsa de papel, en un sitio oscuro y seco, hasta mediados de octubre.
4. Mediados de octubre: meter la bolsa en el frigorífico. En la parte de abajo. No junto a la fruta — la manzana suelta un gas que mata la flor de dentro.
5. Sacarlos a mediados de enero y plantarlos ese mismo día.
6. Regar poco.
Y se lo di a Bruno y le dije que se lo tradujera a su abuelo.
Y Bruno cogió el papel y lo leyó, y luego lo dobló, y luego se quedó ahí de pie con el papel doblado en la mano y me dijo:
— Later.
Y se lo guardó en el cuaderno.
Y yo no entendí por qué, porque me pareció una cosa sencillísima: hay un hombre que quiere que unas flores salgan otra vez y hay un papel que dice cómo se hace.
Y ese niño se guardó el papel.
En esta familia tampoco pregunta uno.