25. El banco de atrás
Bruno
El jueves por la tarde, antes de lo del río, mi abuela me dijo:
—Bruno, acompáñame a la iglesia.
Fuimos a las seis y media a por la llave al bar de Pilar. Pilar le dio la llave sin preguntar para qué.
La iglesia por dentro es más pequeña de lo que parece por fuera. Tiene ocho filas de bancos a cada lado. El suelo es de piedra gastada, con las piedras hundidas por el medio. Estaba a veintidós grados. Fue el sitio más fresco donde estuve en todo el mes de agosto.
Mi abuela no encendió la luz.
Entramos por la puerta de al lado, la pequeña, y ella se quedó de pie en el pasillo del medio, con el bolso colgado del brazo, mirando hacia el altar.
Y yo pensé que íbamos a mirar dónde iban a ir las flores, porque eso es lo que se hace dos días antes.
Y no miramos las flores.
Mi abuela se fue hacia atrás.
Y se sentó en el banco de la última fila, en el de la derecha, en el sitio del pasillo.
Y estuvo sentada ahí siete minutos.
Los conté sin querer, porque yo cuando estoy callado mucho rato empiezo a contar.
Yo me senté a su lado. No dijimos nada.
Y a los siete minutos ella dijo:
—Aquí se sentó mi madre.
Y yo dije:
—¿En la boda?
Y ella dijo:
—Sí.
Y luego dijo:
—Atrás del todo. Con lo que le costó venir.
Y luego se quedó otro rato y dijo:
—Y estuvo llorando toda la misa.
Y yo, como soy tonto, dije:
—De alegría.
Y mi abuela se rió un poco por la nariz. Así, un ruido corto.
Y dijo:
—Eso pensé yo.
Y no dijo nada más.
Y yo no pregunté nada, y no pregunté porque me di cuenta, ahí sentado en la última fila de una iglesia vacía a las siete menos veinte de la tarde, de que mi abuela no me lo estaba contando a mí.
Me lo estaba diciendo delante de mí, que es otra cosa.
Después de eso pasó lo otro.
Nos levantamos para irnos y ella se puso el bolso bien y me dijo:
—¿Tú todavía escribes?
Y yo dije que sí.
Y estuvimos un rato los dos de pie sin decir nada, y ese rato fue largo. En una iglesia vacía los ratos son más largos porque no hay ruido de nada.
Y luego dijo:
—¿Todos los días?
Y yo dije que casi.
Y ella dijo:
—Bien.
Y anduvimos hasta la puerta pequeña.
Y ahí yo tuve la cosa en la boca.
La tuve entera. Tenía la frase montada, que era: abuela, yo tengo el tuyo .
Cinco palabras. En mi idioma. Con mi abuela. En una iglesia vacía a veintidós grados sin nadie más dentro.
Y no la dije.
Y ella cerró la puerta con la llave grande, que hay que darle dos vueltas y empujar, y me dio la llave a mí para que se la llevara a Pilar. Se la devolví al pasar por el bar.
Y cuando ya estábamos en la calle, con el calor otra vez, dijo:
—Anda, corre, que hay que hacer la cena.
Y se fue delante.
Una cosa que no he puesto.
Cuando dijo lo de su madre, mi abuela no estaba mirando el altar.
Estaba mirando el respaldo del banco de delante.
Que lo tenía a cuarenta centímetros.