Familia numerable (Trilogía completa) 24. Ciento veintisiete
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24. Ciento veintisiete

Marta

El número final fue ciento veintisiete y llegamos a él el miércoles a las nueve y media de la noche por una llamada de teléfono de cuatro minutos.

Llamó mi tía Puri.

Mi tía Puri no es mi tía. Es prima segunda de mi madre y vive en Alcocer, a doce kilómetros, y no estaba invitada al banquete porque en algún momento de julio, cuando cortamos la lista, alguien decidió que la rama de Alcocer iba a la iglesia y no a la comida.

Y llamó para decir que iban.

No para preguntar. Para decir. Ella, su marido, su hijo y la mujer del hijo, que está embarazada de siete meses y que por eso avisaban, por si había que ponerle algo especial.

Cuatro.

Y mi madre, con el teléfono fijo en la oreja, dijo:

—Ay, Puri, pues claro.

Y colgó y me miró y dijo:

—Cuatro más.

Y yo dije:

—Mamá, son ciento veintitrés.

Y mi madre dijo:

—Pues ciento veintisiete.

Y voy a ser justa conmigo misma: yo no monté ningún número. Yo llamé a Noelia al día siguiente a las ocho y cuarto de la mañana.

Y Noelia me dijo que el catering admite variación hasta setenta y dos horas antes.

Y yo hice la cuenta en voz alta delante de ella, que es una cosa que hago y que no puedo evitar: setenta y dos horas antes de las dos de la tarde del sábado son las dos de la tarde del miércoles, y era jueves a las ocho y cuarto.

Y ella se quedó un momento callada y dijo:

—Ya lo sé. Deme los nombres.

Cuatro comensales. Un ocho por ciento de recargo.

Doscientos noventa y seis euros.

Y no me dijo en ningún momento que me estaba haciendo un favor, y me lo estaba haciendo, y yo tardé un mes en darme cuenta.

Yo hice esa llamada, colgué, apunté el número en la carpeta azul y no lo comenté con nadie.

Y ahora la parte de la que no estoy orgullosa.

Femke se enteró el viernes.

No se enteró por mí, que tenía el número apuntado desde la mañana anterior. No se enteró por mi hermano, que se enteró el jueves por la mañana. No se enteró por mi madre.

Se enteró por Vega, en el patio, el viernes a mediodía, en una conversación en la que Vega no estaba diciendo nada importante.

Vega estaba contándole a Lotte cómo iban las mesas, y dijo, de pasada, en inglés, « we are one hundred and twenty-seven ».

Y Femke, que estaba a dos metros con un vaso de agua, dijo:

— Sorry. How many?

Y Vega se paró.

Y Femke dijo otra vez, tranquila:

— How many people are coming.

Y hubo un silencio en el patio de esos que yo ya sé leer.

Y yo estaba en la puerta de la cocina con un cuenco de tomates en la mano y no dije nada, porque en el segundo y medio en el que se decide una cosa así, yo decidí que lo dijera Vega.

Con dieciséis años.

Vega dijo el número.

Y Femke dijo okay y se bebió el agua.

Y yo pensé, con toda la cobardía del mundo, que ya estaba.

Y a las cinco de la tarde, Femke vino a buscarme al comedor y se sentó enfrente de mí con su móvil en la mano y me dijo:

— Marta. Can you give me the list?

Yo le dije que qué lista.

Y ella dijo:

— The list of the people. With the names.

Y yo le dije que la tenía en un Excel pero que era una lista de organización, que estaba por mesas, que estaba en castellano, que había apellidos, que era un lío.

Y ella dijo:

— Yes. That one.

Y yo se la mandé al móvil.

Y Femke se pasó buena parte del viernes por la tarde —la víspera de su boda— con una lista de ciento veintisiete nombres en el móvil.

Y le pidió a Vega que le pusiera al lado de cada nombre quién era.

Y Vega estuvo con ella dos horas y media.

Puri: cousin of Carmen, second. Alcocer. Vicent: her husband. Deaf, right ear. Amparo: not aunt. Neighbour, 40 years. Called “tía”. Pilar: the bar.

Ciento veintisiete líneas.

Y las estudió.

Yo entré en el comedor cerca de las dos de la madrugada a por un vaso de agua y estaba ella sola, con la luz del aparador encendida, con el móvil apoyado en el salero, moviendo los labios. Había vuelto a la lista después de la cena.

Y me vio y me dijo, sin ninguna ironía, con la naturalidad de quien está haciendo su trabajo:

— I will not remember all of them. But some.

Y yo le dije que no hacía falta.

Y ella me dijo:

— It is my wedding.

Y ahí es donde a mí se me juntaron todas las cosas del verano de golpe.

Porque esa mujer llevaba desde julio recibiendo decisiones.

La fecha la decidió mi hermano. El sitio lo decidió mi hermano.

La iglesia la decidimos mi madre y mi hermano.

La finca la decidió mi marido. El menú lo decidió Noelia.

Los invitados los decidimos mi madre, mi tía Puri y la costumbre.

Los papeles los peleé yo y los arregló mi padre.

Hasta el impedimento de su boda era una cosa que le pasaba a ella y que gestionábamos nosotros: se enteró de que no estar bautizada era un problema porque lo leyó en un papel.

Y en cuarenta y un días, de todos los preparativos de aquella boda, lo único que esa mujer decidió por sí misma fue aprenderse ciento veintisiete nombres.

Y lo hizo en la víspera, sola, en un comedor prestado, a la una de la madrugada, con la lista en el móvil apoyada en un salero.

Al pasar por el patio, mi padre seguía despierto en una de las camas plegables. Le dije, casi sin pararme, que Femke estaba abajo aprendiéndose los ciento veintisiete nombres. Él dijo «ya» y yo seguí.

Cuando volví a la habitación, Álvaro estaba medio dormido y me preguntó qué hacía.

Y le dije que nada, que estaba Femke abajo estudiando la lista.

Y él dijo:

—Ah, qué bien.

Y se durmió.

Y ya en la habitación seguí sin conseguir dormirme, porque me había dado cuenta de una cosa que llevaba un mes delante de las narices.

Que ninguno de los adultos que estábamos organizando aquello le había preguntado a Femke qué quería.

Ni una vez. Ni yo.

Y que la única persona de esta familia que se lo preguntó fue mi hija, por WhatsApp, en julio, el mismo día del anuncio.

Y que no nos lo contó a nadie.