Familia numerable (Trilogía completa) 23. Once mil doscientos ochenta
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23. Once mil doscientos ochenta

Álvaro

El viernes por la mañana, a las diez, tuvimos la reunión de cierre en el Mas de Bonaire, y os voy a decir una cosa: yo he estado en reuniones de obra de ocho millones de euros y no he visto un documento como el que sacó aquella chica.

Se llama Noelia, tiene veintinueve años, es la coordinadora que pone Rosa para los eventos grandes y llevaba un iPad.

Y en el iPad tenía el cronograma.

Al minuto.

No a la media hora. Al minuto.

10:47 — llegada del novio y familia. 10:52 — apertura de puertas. 11:00 — entrada de la novia. 11:38 — salida (previsión). 11:38-12:05 — traslado, dos coches lanzadera. 12:10 — aperitivo (siete estaciones, jardín norte). 13:55 — cierre de aperitivo y llamada a mesa. 14:10 — entrada a salón.

Y así hasta las 04:30, que pone «desmontaje barra».

Yo lo miré y me tuve que sentar.

Porque yo llevo desde julio con un Excel de tres pestañas y me creía el rey del mambo, y esta chica de veintinueve años tenía la misma enfermedad que yo pero en profesional, y encima con los tiempos de traslado calculados con dos coches y con margen.

Le dije que era un trabajo excelente.

Y ella me dijo, sin levantar la vista del iPad:

—Esto nunca se cumple.

Y yo le dije que entonces para qué lo hace.

Y ella dijo:

—Para saber cuánto llevamos de retraso.

Y ahí, mirad, yo no soy de decir estas cosas, pero esa frase me la voy a llevar a la obra.

Hicimos el recorrido entero.

Y voy a poner los números porque los números son lo que hay:

El salón grande. Trescientos veinte metros cuadrados.

Techo de bovedilla a cuatro metros ochenta.

Cuatro máquinas de conductos, ochenta y cinco mil frigorías en total.

Once mil doscientos ochenta euros de instalación, me dijo Rosa, hace seis años, y otros dos mil ochocientos al año de mantenimiento y de luz.

El montaje está preparado para ciento veintisiete personas, en mesas de diez.

Y ese salón, con las máquinas a tope y las puertas cerradas, se pone a veintitrés grados con cuarenta y uno fuera.

Rosa dice que a veintitrés y yo digo que a veinticuatro y medio, y lo digo porque llevamos ciento veintisiete cuerpos dentro y cada cuerpo son cien vatios, y ciento veintisiete por cien son doce mil setecientos vatios de gente, que es como meter trece estufas eléctricas encendidas.

Se lo dije a Rosa y me dijo que nunca lo había pensado así y que ahora ya no lo iba a poder dejar de pensar.

El jardín norte , donde va el aperitivo. Mil doscientos metros cuadrados, con doce olivos viejos y una pérgola. Sombra: la de los olivos y la de la pérgola. A las doce y diez del mediodía del veintidós de agosto, en el jardín norte, va a haber entre treinta y ocho y cuarenta grados a la sombra.

Y el aperitivo dura una hora y cuarenta y cinco minutos.

Yo eso lo pregunté. Pregunté si se puede acortar. Y Noelia me dijo que el aperitivo no se acorta porque el aperitivo es donde la gente se ve, y que si acortas el aperitivo la gente se lo cobra dentro, hablando durante los discursos.

Y ahí volvió a tener razón, la tía.

Le pedí ocho sombrillas más y las apuntó. Y le pedí que hubiera agua en las siete estaciones, no solo bebida, agua, en jarras, con hielo. Y lo apuntó.

Y le pedí una silla.

Una silla concreta, en el jardín norte, debajo del olivo grande, el tercero, que es el que da sombra a esa hora. Una silla de las buenas, no de las de plástico.

Y ella me preguntó para quién.

Y yo le dije que para mi suegra.

Y ella dijo:

—¿Tiene movilidad reducida?

Y yo dije que no, que anda perfectamente.

Y ella dijo:

—Entonces no va a sentarse.

Y yo dije que ya lo sé, pero que la silla tiene que estar.

Y ella me miró un momento por encima del iPad, y luego escribió, y dijo:

—Vale.

Y lo apuntó como silla individual olivo 3 (fija toda la mañana) .

Yo esa silla no se la he contado a nadie.

Y ahora lo del menú, que en mi casa se rieron mucho.

Nos dieron la carta definitiva y venía así:

Bienvenida del huerto Mar quieto en dos texturas La cebolla, el tiempo y el pan Memoria de arroz Fin de la tarde

Cinco platos y en ninguno pone qué es.

Yo pregunté qué era «la cebolla, el tiempo y el pan» y me dijeron que era una coca de cebolla confitada con anchoa. Y yo dije que eso es una coca de cebolla. Y me dijeron que sí. Y yo dije que entonces por qué no pone coca de cebolla, y Noelia me dijo que porque las cartas se leen.

Y yo dije que a mi suegra le vas a poner delante un papel que dice «memoria de arroz» y va a preguntar dónde está el arroz.

Y Noelia dijo que era un arroz meloso de conejo y caracoles.

Y entonces yo le dije que pusiera «arroz meloso de conejo y caracoles», y ella dijo que eso no se podía porque la carta ya estaba impresa en cartulina con el nombre de los novios.

Ciento veintisiete cartulinas.

Y ahí lo dejé, porque yo he aprendido este año a dejar las cosas.

Y ahora lo bueno.

Cuando ya nos íbamos, en el patio de la entrada, yo estaba mirando otra vez las poleas de la fachada.

Están a seis metros de altura, empotradas en la piedra, encima de la puerta grande del granero. Dos, con el eje pasado, y todavía tienen un trozo de la barra de hierro donde iba la garrucha.

Y Rosa salió a despedirnos y me pilló mirando.

Y le pregunté.

Y esta mujer me estuvo diecinueve minutos contándome para qué servían.

Que servían para subir la almendra y la algarroba en sacos desde el carro hasta el granero sin meterlos por la escalera de caracol.

Que su abuelo lo hizo hasta los setenta y tantos y que ella lo vio de pequeña.

Que subían dos sacos de algarroba a la vez y uno de almendra, porque abultaba más, y que hasta el gancho tenía su forma para que la carga no se soltara al girar.

Y yo dije:

—Rosa, eso es lo mismo que hay en Ámsterdam.

Y ella dijo:

—¿Dónde?

Y yo le dije que en Holanda, en las casas de los canales, que tienen una viga que sale del tejado con una polea y que suben los muebles por fuera de la casa porque las escaleras son estrechas.

Y Rosa se quedó pensando un momento y dijo:

—Pues claro. Si es el mismo problema.

Y ya está.

Yo llevo un año diciendo esto en mi casa. Un año.

Lo dije en el avión, lo dije en tres comidas de domingo, lo dije en una cena de Navidad y lo he dicho seis veces este verano, y en mi casa se ha convertido en la broma de Álvaro y las poleas, y mi hija hace una imitación mía que la verdad es que es muy buena.

Y una señora de sesenta y tantos años que lleva una masía en El Comtat lo ha entendido en cuatro segundos.

Si es el mismo problema.

Y a mí me hizo mucha ilusión y no se lo conté a nadie, y ahora que lo escribo me doy cuenta de que llevo todo el verano no contando cosas, que eso en mi casa lo hacen otros y yo no lo hacía nunca.