Familia numerable (Trilogía completa) 22. Les Xiques
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22. Les Xiques

Bruno

El jueves veinte por la tarde bajamos al río mi abuelo, mi hermana y yo.

Bajamos porque Bram preguntó el martes dónde se puede nadar, y aquí no se puede nadar en ningún sitio, porque la piscina lleva cuatro años vacía y el pantano está a cuarenta minutos. Y mi hermana dijo que en el río sí hay una poza.

Y mi madre dijo que a saber cómo está el río.

Así que fuimos a mirar.

Cosas del camino:

1. Salimos a las siete y diez de la tarde. Todavía había treinta y cinco grados.

2. Se baja por la calle del lavadero y luego por una senda que va por detrás de los huertos.

3. Son ochocientos metros. Los medí con el móvil de mi hermana.

4. Los últimos ciento cincuenta bajan mucho.

5. Mi abuelo bajó los ochocientos metros sin decir nada.

Y ahí está la poza.

Hay un azud, que es una pared de piedra vieja que cruza el río entero y que servía para desviar el agua a un molino que ya no está. La pared está rota por un lado. Y por encima de la pared, el agua se para.

Y sale una balsa.

Tiene unos veinte metros de larga y ocho de ancha, y por el lado de la orilla hay una parte donde se ve el fondo y por el otro no se ve.

El agua está verde oscura, quieta, con la sombra de los chopos encima, y no se mueve nada.

Y hace un ruido de agua cayendo por el lado roto del azud que se oye todo el rato.

Y hace frío. En serio. Bajas los ciento cincuenta metros últimos y de repente hay cinco o seis grados menos, todos de golpe, y huele distinto.

Metí el brazo hasta el codo.

Mi hermana se metió hasta las rodillas y dijo una palabrota.

Y mi abuelo no se metió.

Se quedó arriba, en la parte de piedra, con los zapatos puestos. Con los zapatos de siempre, los marrones, los de la suela.

Yo le dije:

—Abuelo, métete los pies.

Y él dijo:

—Ya estoy bien.

Y no se los metió en cincuenta minutos.

Le pregunté a mi hermana cómo se llama esto y me dijo el nombre y yo lo apunté aquí tal cual, que se escribe así:

el toll de les Xiques.

Toll es poza. Y lo otro es las chicas.

Y yo lo apunté y me quedé un rato mirándolo escrito porque me sonaba de algo y no sabía de qué.

Y sí lo sabía. Lo que pasa es que tardé en mirar.

Esta libreta tiene once páginas escritas antes que las mías, y esas once páginas no son mías.

Y en la tercera, arriba del todo, hay una línea que yo he leído cuatro veces este año y que nunca había entendido, porque está entre una cuenta de la compra y una lista de nombres de gente del pueblo.

Pone:

el toll de les xiques

Con la letra de ella. En minúsculas. Sin nada delante y sin nada detrás.

Y no está tachado ni subrayado ni tiene una fecha al lado. Está puesto ahí como se pone una cosa que uno escribe para no olvidarla y que después no sabe qué hacer con ella.

6. Mi abuela escribió el nombre de este sitio en su libreta antes de que yo la tuviera.

7. O sea, antes de julio del año pasado.

8. Y este verano no lo ha nombrado ni una vez.

Ahora la parte que no entiendo y que apunto sin entenderla, que es lo que hay que hacer.

Mi abuelo estuvo los cincuenta minutos mirando el camino.

No el agua. El camino.

Yo me di cuenta al cabo de unos veinte minutos porque yo estaba sentado en una piedra tirando cosas al agua y mi hermana estaba haciendo fotos, y en un momento levanté la cabeza y mi abuelo no estaba donde estaba antes.

Estaba veinte metros más arriba, en la senda, subiendo despacio.

Y luego se paró, se dio la vuelta y volvió a bajar.

Y luego lo hizo otra vez.

Subió los últimos veinte metros de la senda y los bajó, dos veces, un jueves de agosto a las ocho menos cuarto de la tarde, con setenta y cuatro años, después de haber bajado ochocientos metros.

La segunda vez bajó mirando al suelo todo el rato.

Luego se metió por la izquierda, entre las cañas, hasta una piedra grande que hay ahí, una plana, que está como a un metro del agua y que es donde se sienta la gente.

Estuvo un rato ahí de pie al lado de la piedra.

Luego se agachó y quitó dos piedras de las pequeñas que había en el suelo delante, y las tiró al agua.

Y se sacudió las manos en el pantalón.

Yo le pregunté qué hacía.

Y me dijo:

—Nada. Que aquí se tuerce uno.

Y subimos.

Y arriba, cuando llegamos a la calle del lavadero, mi abuelo tuvo que pararse a coger aire y se puso una mano en la pared, y mi hermana se paró a su lado y no le tocó y puso las manos así, como las pone ella.

Y llegamos a casa a las nueve menos veinte.

Y mi hermana entró y le dijo a mi abuela:

—Abuela, el río tiene agua.

Y mi abuela estaba poniendo la mesa.

Y dijo:

—Ah.

Y siguió poniendo la mesa.

Y no preguntó nada más.

Y a mí eso me pareció rarísimo, porque mi abuela pregunta todo. Mi abuela pregunta qué habéis merendado y con quién habéis ido y si os habéis puesto crema. Mi abuela ha preguntado esta semana ochocientas cosas.

Y le acaban de decir que un sitio tiene agua y ha dicho «ah».

9. Cuando mi abuela no pregunta una cosa es porque ya lo sabía.

Y hay otra cosa que no he puesto y que sí voy a poner.

Cuando estábamos abajo, mi abuelo, en un momento, dijo una frase él solo, sin que nadie le preguntara nada.

Dijo:

—Aquí veníamos.

Y no dijo quiénes.