Familia numerable (Trilogía completa) 21. El libro
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21. El libro

Rodrigo

Yo no creo en nada y me caso en una iglesia. Ya está dicho.

Y no me caso en una iglesia porque me dé igual, que sería lo cómodo. Me caso en una iglesia sabiendo perfectamente lo que hago, que es darle a mi madre una cosa que a mí no me cuesta nada y a ella le cuesta todo.

Eso no me parece hipocresía. Y si lo es, es de las baratas.

El jueves fuimos Femke y yo a ver al cura.

El párroco de Benafús se llama don Andrés, tiene cuarenta y cuatro años, lleva cinco pueblos, conduce un Corsa gris con doscientos ochenta mil kilómetros y habla deprisa.

Este agosto tiene tres bodas y dos comuniones fuera de fecha.

Y catorce funerales al año, que eso es todos los años y no lo dice nadie. Es un hombre que trabaja.

Nos dio media hora.

El cursillo lo hicimos en dos tardes de agosto, comprimido, él y nosotros dos en una sala con un ventilador, porque el normal son seis sesiones y no había seis sesiones.

Femke escuchaba y yo traducía lo que podía, que era la mitad.

En una de las dos tardes don Andrés nos preguntó si habíamos hablado de si íbamos a tener hijos.

Y yo dije que sí, que lo habíamos hablado.

Y Femke, que había entendido la pregunta antes de que yo la tradujera, dijo en inglés, muy tranquila:

— We have talked about it. The answer is probably no. Is that a problem?

Y don Andrés, que no tiene inglés pero que tiene cuarenta y cuatro años y cinco pueblos, entendió perfectamente el tono, esperó a que yo se lo tradujera mal, y dijo:

—Dile que no es un problema mío.

Y siguió con lo siguiente. Y a mí ese cura me cayó bien desde ese momento y para siempre.

Lo del jueves era la última firma. Cuatro papeles. Y estábamos en la sacristía, que es una habitación de tres por cuatro con un armario grande, un lavabo de piedra y un olor que es el mismo olor que tenía esta sacristía cuando yo hacía la catequesis en el ochenta y siete.

Y cuando acabamos de firmar, yo le pregunté una cosa a don Andrés.

Le pregunté si estaba el libro.

Porque cuando yo era pequeño, mi tía me contó una vez que en las iglesias hay un libro donde se apunta todo el que se casa, con su nombre y con la fecha, y a mí eso, con nueve años, me pareció una cosa entre magia y policía, y no se me ha olvidado nunca.

Don Andrés dijo que claro que está.

Abrió el armario grande, y en la balda de abajo había una fila de libros de tapa dura, gruesos, con los años escritos a mano en el lomo con rotulador.

Sacó el que ponía 1969-1981 .

Lo puso encima de la mesa y lo abrió, y buscó, y tardó como un minuto porque va por fechas y hay que ir pasando.

Y ahí estaba.

Dieciocho de julio de mil novecientos setenta y cinco.

Una página con las líneas impresas y los huecos rellenos a mano con tinta azul, con la letra del cura que hubo antes que el que hubo antes de don Andrés.

Los nombres. La edad de él, veintitrés. La edad de ella, veintidós.

Los nombres de los cuatro padres, que son cuatro personas que yo no he visto en mi vida y de las que solo conocí a una.

Los dos testigos: mi tío, que se murió en 2003, y una mujer con un apellido que no me suena de nada.

Y abajo, en la línea de las firmas, cinco.

La de don Vicente, que ya no existe.

La de los dos testigos.

Y luego las de ellos dos.

La de mi padre es exactamente la misma que hace ahora. Idéntica. Un garabato rápido con una raya larga por debajo, hecha por un hombre de veintitrés años que ya llevaba dos trabajando en una oficina y que ya había firmado quinientas veces.

Y la de mi madre no.

La de mi madre está escrita.

No es una firma. Es su nombre y sus dos apellidos escritos enteros, con las letras separadas, despacio, con la mano apoyada, como se escribe cuando escribir todavía es una cosa que se hace con esfuerzo.

Se ve el sitio donde levantó la pluma. Se ve que la raya de una te se le fue un poco larga.

Se ve, y esto es lo que a mí me tiró abajo, que se salió del hueco por la derecha y que apretó las últimas tres letras para que le cupieran.

Mi madre dejó la escuela a los once años.

Yo eso lo sé desde siempre, como se saben las cosas de la familia, o sea, sin saberlo.

Y a los veintidós, en esta habitación, esta mujer cogió una pluma que le pasó un cura y escribió su nombre entero delante de todo el mundo en un libro, apretando las tres últimas letras.

Yo tengo cuarenta y siete años y me he pasado la vida diciendo que mi madre exagera.

Femke estaba a mi lado. No dijo nada. Se acercó y miró la página, y después me miró a mí, y después miró otra vez la página, y puso el dedo encima de la firma de mi madre, sin tocarla, a un centímetro, y lo dejó ahí un segundo.

Y luego dijo, bajito:

— She wrote all of it.

Y yo dije que sí.

Don Andrés cerró el libro y lo puso otra vez en la balda entre el de 1955-1969 y el de 1981-1994, y me dijo, mientras cerraba el armario, que dentro de dos días él iba a escribir otra línea ahí y que eso se queda.

Y yo salí de la sacristía.

Y mi padre estaba fuera.

Estaba de pie, en el atrio, con la puerta abierta de par en par para que corriera el aire, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la plaza.

Había bajado con nosotros los doscientos metros sin que nadie se lo pidiera y se había quedado fuera esperando, cuarenta minutos, de pie, con esa rodilla, teniendo un banco de piedra a tres metros.

Y me preguntó:

—¿Ya está?

Y yo le dije que sí, que ya estaba todo firmado.

Y él dijo:

—Bien.

Y echó a andar hacia casa.

Y son doscientos metros.

Doscientos metros de plaza, a las doce y media, con cuarenta grados, con la cuesta al final, andando detrás de mi padre y mirándole la espalda.

A ese paso, doscientos metros son tres minutos largos.

Y aquí es donde yo tenía que haber dicho lo de Ámsterdam.

Lo tenía preparado desde marzo. Lo tenía preparado en castellano, que es donde me sale, y lo tenía preparado para él antes que para nadie, porque de todos ellos el único que no me va a preguntar nada es él.

Y llevaba desde marzo esperando el momento, y el momento era ese, en la plaza, los dos solos, andando.

Y no lo dije.

Y no lo dije por una cosa muy tonta y muy fea, y es que mi padre acababa de esperarme cuarenta minutos de pie al sol.

A un hombre que te ha esperado cuarenta minutos de pie no le dices que te vas.