Familia numerable (Trilogía completa) 20. Turnos
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20. Turnos

Vega

Nadie lo habló y funcionaba así:

Mi madre traducía a la coordinadora del catering, al cura, a la de las flores, a la gestoría, a los del autobús y a Rosa la de la finca.

Yo traducía a Lotte, a Bram, a Sanne, a Hugo, a los niños y a Trini.

O sea que mi madre traducía las cosas que tienen precio y yo traducía a las personas.

Y ahora voy a contar dos cosas que pasaron el jueves con una hora de diferencia, y las cuento juntas porque solas no significan nada.

La primera fue a las diez y media, en la cocina.

Estábamos las dos con Trini y con mi abuela. Trini preguntó una cosa de la comida de la boda, que si iba a haber algo para el niño, porque Joep no come nada que tenga una salsa por encima. Que eso, dicho así, es una pregunta normalísima de una abuela.

Y mi madre se lo tradujo a mi abuela.

Y mi abuela dijo, con un tono, mirando la pared:

—Pues que le hagan macarrones. Total, como ya lo hace todo una empresa.

Y mi madre no tradujo eso.

Mi madre dijo:

— She says the catering can prepare something simple for him. She will make sure.

Y siguió a lo suyo, apuntando en el móvil lo de los macarrones, sin mirarme.

Y no podía no saber que yo lo estaba oyendo.

La segunda fue a las once y media, en el patio.

Estábamos Lotte, mi abuela, mi madre y yo, con el café. Y Lotte, que es muy maja y que lleva cuatro días queriendo hablar con mi abuela y no pudiendo, se giró hacia ella y le preguntó, en inglés, despacio, poniéndome a mí la mano en el brazo para que tradujera:

— Do you like her? Femke.

Y yo se lo dije a mi abuela.

Y mi abuela dejó la taza y dijo:

—¿Y yo cómo la voy a conocer, si no nos podemos hablar?

Y luego dijo:

—Que estará muy bien. Que si mi hijo la ha elegido, estará muy bien.

Y yo dije:

— She says she is very happy for them.

Y Lotte dijo oh, that’s lovely y le cogió la mano a mi abuela.

Y mi madre estaba enfrente con el móvil, y no levantó la vista, y no dijo nada.

Y no hacía falta que dijera nada, porque yo acababa de hacer exactamente lo mismo que le había visto hacer a ella una hora antes, y las dos lo sabíamos.

Y hay una tercera, que es del miércoles y que la cuento ahora porque va después aunque fuera antes.

El miércoles por la tarde llegaron a la vez la de las flores y Sanne con una pregunta de la ropa del niño, y estábamos las dos en el patio, y mi madre me miró y dijo:

—Coge tú a Sanne.

Y yo dije vale.

Y ya está.

Yo sé que suena a nada. Pero es que el año pasado, en un restaurante de Ámsterdam, yo le corregí a mi madre cómo se decía una cosa delante de un camarero, y luego hubo diez días de guerra, y luego hubo un pasillo, y luego hubo cosas que no se dijeron nunca.

Y este año mi madre me dijo «coge tú a Sanne» sin mirarme, mientras se ponía las gafas para leer un presupuesto de flores.

Y no lo hemos hablado. Ninguna de las dos.

Y ya me está bien así, porque en mi familia hablar de las cosas las estropea, y eso lo he aprendido de ella y ya no se me va a quitar.

Lo que pasa es que las tres cosas son la misma cosa.

Llevamos cuatro días trabajando juntas de maravilla. Sin discutir, sin pisarnos, cogiendo cada una lo suyo, entendiéndonos con una mirada, orgullosísimas las dos aunque no lo digamos.

Y lo que estamos haciendo juntas de maravilla es decidir qué se puede saber de mi abuela.

Y a mi abuela nadie le ha preguntado si le parece bien.

Está ahí sentada, dando conversación, encantadora, cogiéndole la mano a una señora de Holanda que acaba de decirle que qué bonito.

Y esa gente se va a ir dentro de una semana pensando que ha conocido a mi abuela.

Lo que han conocido es a una señora muy amable que se llama Carmen y que no existe.