19. Avellanas, doce
Marta
Yo la boda de mi hermano la di por imposible el veintitrés de julio y no se lo dije a nadie.
Contra lo que parece, hice cosas. Hice todas las cosas.
Contraté una gestoría en Alicante que me cobró seiscientos euros y que fue seria y rápida.
Conseguí el certificado literal de nacimiento de Femke en once días, que es un récord.
Ferrán me hizo las traducciones juradas en cuatro.
Llamé al arzobispado de Valencia dieciséis veces en poco más de dos semanas y cinco veces conseguí que alguien me explicara una parte distinta del problema.
Y el veintitrés de julio, en la quinta llamada útil, me explicaron, con toda la amabilidad del mundo, cómo funciona esto.
Que el plazo de siete u ocho meses que me habían dado en el Registro era el de la vía civil que yo había preguntado, pero que nosotros íbamos a casarnos por la Iglesia: el matrimonio canónico llevaba su propio expediente y después se inscribía en el Registro Civil.
O sea, que yo había sumado dos caminos como si fueran uno.
Que el expediente canónico, con todos los papeles, podía tramitarse deprisa. El problema estaba en otro sitio.
Femke no está bautizada.
Para casarse por la Iglesia con Rodrigo había que levantar ese impedimento mediante una dispensa del obispo.
Y pregunté cuánto tarda.
Y me dijeron la frase que yo llevo un año repitiendo en mi cabeza y que es la frase más honesta que me han dicho en una administración en mi vida:
—Eso depende de dónde esté el expediente.
No de cuándo se pidió. No de si está bien hecho. De dónde está .
Y luego me dijeron que en agosto el arzobispado reduce personal, y que lo de la dispensa lo llevaba una persona, y que esa persona se iba de vacaciones el treinta y uno de julio y volvía el treinta y uno de agosto.
Y yo colgué el teléfono y fui a la cocina y me senté a la mesa y estuve así hasta que llegó Nico del parque.
Ocho días hasta el treinta y uno de julio.
Yo hice lo que sé hacer. Mandé un correo a las siete y cuarto de la mañana siguiente, con el asunto en mayúsculas, con toda la documentación adjunta en un solo PDF ordenado y numerado, con un índice, y con un párrafo educadísimo explicando la urgencia.
Un correo perfecto. Yo llevo veinte años escribiendo correos perfectos.
No lo contestó nadie.
Volví a llamar el veintiocho y desde el teléfono general me dijeron que no podían confirmarme nada sobre el expediente.
Y el treinta de julio, un jueves, a las siete y media de la tarde, me llegó un correo del arzobispado.
Y el correo decía que la dispensa estaba firmada.
Yo pegué un grito en el pasillo de mi casa. Mi hija salió de la habitación. Llamé a mi hermano y no lo cogió y le mandé un audio de dos minutos y medio. Llamé a mi madre. Se lo dije a Álvaro. Estuve una semana contándolo, y lo conté como se cuentan estas cosas, o sea, mal: contándome a mí.
Al final llamé dieciséis veces y mandé un correo con todo escaneado y ordenado y salió.
Eso conté.
Y ahora voy a contar el veinte de agosto, que es un jueves, a las once de la mañana, en la casa del pueblo.
Yo estaba en el comedor con la carpeta de plástico azul encima de la mesa, esa carpeta con la solapa y la goma que ha viajado conmigo todo el verano y que contiene, ordenados con separadores, los cuarenta y un papeles de la boda de mi hermano.
Estaba revisándolo todo por tercera vez porque quedaban dos días.
Y detrás del último separador, doblado en cuatro, había un papel que yo no había puesto ahí.
Era un resguardo. De esos de registro de entrada, con el sello de tampón, con la fecha, con el número de asiento. De la Notaría de Matrimonios del Arzobispado de Valencia, calle Avellanas, 12.
Con fecha del veintiocho de julio.
Presentación en mano.
Y no lo había presentado yo, porque yo el veintiocho de julio estaba en Valencia con Nico en el pediatra y con mi hija en el dentista y no fui a ninguna calle Avellanas en mi vida.
Le di la vuelta al papel.
Y por detrás, en la esquina de abajo, en boli azul, con esa letra suya de números, de letras despegadas unas de otras, de hombre que ha escrito toda su vida en casillas, ponía:
NOTARÍA DE MATRIMONIOS.
Avellanas, 12. 10:30–13:30.
Y ya está. Eso era todo lo que ponía.
Y yo estuve un rato con el papel en la mano sin entender por qué estaba allí.
Y luego me acordé.
Porque en aquella quinta llamada útil, la del veintitrés de julio, me habían explicado que, como Femke era extranjera y no estaba bautizada, el expediente canónico se llevaba en la Notaría de Matrimonios.
Yo lo había apuntado en el móvil y había seguido llamando.
Mi padre había hecho otra cosa.
Y me quedé sentada en el comedor de la casa de mi madre a las once de la mañana, y tardé bastante en entender el resto, porque estaba buscando algo grande, y no era grande.
Yo llamé dieciséis veces al teléfono general.
Yo mandé un correo perfecto a una dirección de contacto.
Mi padre averiguó dónde había que ir y a qué horas atendían en persona .
Y fue. En persona. El martes veintiocho, dentro del horario de atención, a la Notaría de Matrimonios de la calle Avellanas. Y esperó. Y volvió. Porque el resguardo es del veintiocho y dos días después la dispensa estaba firmada.
Cuarenta años detrás de una ventanilla.
Cuarenta años viendo entrar a gente con la razón de su parte y los papeles bien y viéndola irse sin nada, y viendo entrar a otros que no tenían más razón pero que sabían a qué ventanilla tenían que ir.
Mi padre no arregló la boda de mi hermano porque supiera de leyes.
Mi padre la arregló porque sabe cómo funciona un edificio por dentro.
Sabe que el escrito no lo mueve el escrito.
Sabe que hay una persona, que esa persona tiene una mesa, y que esa mesa está en una planta, y que si tú te pones delante de esa mesa con tu carpeta y con tu edad y con tu manera de estar quieto, tu papel deja de ser el número doscientos once y pasa a ser el papel del señor que vino.
Y lo hizo con mis documentos.
Porque esta carpeta ha estado en mi casa todo julio, encima del mueble del pasillo.
Él la cogió, sacó lo que necesitaba, fue, volvió, lo puso todo en su sitio y metió el resguardo detrás del último separador, que es el sitio donde se pone una cosa cuando no quieres que la encuentren y tampoco quieres tirarla.
No dijo nada.
Y me dejó a mí contar durante tres semanas que había salido por mi correo.
Y me lo dejó contar delante de él. En la mesa. Dos veces por lo menos, que yo me acuerde. Con él sentado ahí, comiendo, sin levantar la cabeza.
Estuve con el papel en la mano un rato largo.
Y luego oí la puerta del patio, y era él, que entraba con la regadera vacía, y pasó por el comedor camino de la cocina y me vio ahí sentada con la carpeta abierta.
Y me miró un segundo el papel que yo tenía en la mano.
Un segundo. Y siguió andando.
Y yo tuve el «papá» aquí puesto, y tuve la pregunta entera montada, con su verbo y todo, «¿papá, fuiste tú a Avellanas?», y no me hubiera costado nada, y él me habría dicho que sí, porque mi padre no miente nunca, mi padre solo se calla.
Y no se lo pregunté.
Y quiero explicar por qué, porque este año he entendido a mi padre más que en los otros cuarenta y cuatro juntos, y lo he entendido de una manera que no me deja tranquila.
Si yo le pregunto, él tiene que contestar. Y contestar es decirlo. Y decirlo, para él, es cobrarlo.
Y él no lo hizo para cobrarlo. Él lo hizo para que constara.
Doblé el resguardo en cuatro, lo puse detrás del último separador, cerré la goma de la carpeta y me fui a la cocina a preguntarle a mi madre por los alfileres.