Familia numerable (Trilogía completa) 18. Las tres de la tarde
80%

18. Las tres de la tarde

Álvaro

El martes por la mañana yo dije en el patio que la tarde era libre.

Lo dije porque el programa lo tenía así: domingo, llegada; lunes, cena fuera; martes por la mañana, la masía; martes por la tarde, LIbrE ; miércoles, iglesia y prueba del peinado.

Llevaban dos días con nosotros de la mañana a la noche y pensé —y sigo pensando que pensé bien— que quizá querían un rato para ellos.

En la hoja, en el reverso, estaba el plano del pueblo con los sitios numerados.

A las tres menos cuarto de la tarde salieron los seis de la casa rural. Femke, que estaba en casa con nosotros, se unió a ellos en la plaza.

Esto no lo vi yo. Yo estaba durmiendo. Esto me lo contó Pilar el jueves, y me lo contó Vega, y me lo contó después Lotte, y con los tres relatos lo he reconstruido y me sale así:

Iban los seis adultos, con el crío. Con la hoja. Con gorras. Con dos botellas de agua de medio litro para siete personas.

Cuarenta y dos grados.

Punto 3 del plano: el bar de Pilar. Cerrado. Pilar cierra a las tres y abre a las seis y media, y eso en la hoja no estaba, porque en la hoja yo puse dónde están las cosas y no cuándo están.

Punto 5: la farmacia de Gorga. Está en Gorga, a nueve minutos en coche. En la hoja pone «farmacia (Gorga)» y ellos leyeron «farmacia». Anduvieron cuatrocientos metros por la carretera antes de que Femke dijera que no.

Punto 4: la iglesia. Cerrada. La llave la tiene Pilar. Pilar está cerrada.

El horno. No está en la hoja porque el horno de Benafús es un horno que abre de siete a una y media. Estaba cerrado.

La tienda. Cerrada.

La plaza. Abierta. La plaza siempre está abierta. Y en la plaza, a las tres y diez de la tarde de un martes de agosto, no había nadie.

No había nadie, y esto es lo que yo quiero que se entienda: no había nadie porque no puede haber nadie. Los cuatro viejos del poyo de piedra estaban en su casa. Los perros estaban debajo de los coches. Las persianas de las veintiocho casas de la plaza estaban bajadas todas. Todas. Ni una levantada.

Y siete holandeses con gorra estuvieron veinte minutos dando vueltas por una plaza de un pueblo con las veintiocho casas cerradas, con cuarenta y dos grados, sin un bar, sin una tienda, sin una sombra que no fuera la de los tres árboles, y sin una sola persona a la vista.

Lotte me dijo el jueves, riéndose, que Hugo dijo en la plaza que ya entendía por qué estaba todo cerrado: que era una emergencia.

Que había una alerta y que nadie se lo había dicho a ellos.

Y ahí, en la plaza, a las tres y veinte, pasó lo bueno.

Se abrió una puerta.

La puerta de la casa de mis suegros, que está en la plaza, en el número seis, y que estaba con la persiana bajada como las otras veintisiete.

Y salió mi suegro.

Mi suegro, a las tres y veinte de la tarde de un martes de agosto, con una camisa de manga corta, era la única persona despierta en todo Benafús.

Y voy a explicar por qué, porque yo lo sé.

Mi suegro no duerme la siesta. No la ha dormido nunca.

Cuarenta años entrando en un banco a las ocho y cuarto y comiendo en cuarenta minutos, y ahora, con setenta y cuatro, se sienta después de comer en la mesa del comedor con un trapo extendido, y encima del trapo pone las piezas de una radio que lleva arreglando desde antes de que yo conociera a su hija. Y está ahí de tres a cinco.

Los oyó desde dentro. Oyó voces en la plaza a las tres de la tarde, que es una cosa que en Benafús en agosto no pasa nunca, y salió a ver qué era.

Y se los encontró.

Y no tiene inglés. No tiene ni una palabra. Y estaban Femke y su madre y Bram y Sanne y Lotte y Hugo y el crío, en el sol, a cuarenta y dos grados, mirándole.

Y mi suegro hizo un gesto con la mano.

Uno. El de venir.

Y los metió en su casa a oscuras. A los siete.

Y cuando yo me desperté a las cinco menos veinte y bajé al comedor en calzoncillos —cosa que no debí hacer y que se me va a recordar el resto de mi vida—, en el comedor de mis suegros, a veinticinco grados, con la persiana bajada y el fluorescente del aparador encendido, había esto:

Mi suegro en su silla.

El trapo extendido en la mesa con las diecinueve piezas de la radio puestas en fila.

Hugo enfrente, con una pieza en la mano y las gafas subidas en la frente.

Bram al lado, con el móvil encendido haciendo de linterna.

Joep y Nico debajo de la mesa.

Sanne, Lotte y Trini en el sofá, dormidas las tres. Las tres. A las cinco menos veinte de la tarde.

Y Femke de pie, apoyada en el aparador, con los brazos cruzados, mirando a su compañero de trabajo y al padre de su novio, que llevaban una hora y veinte con una radio de válvulas de 1968 en una mesa, sin ninguna palabra en común, discutiendo.

Y cuando me vio entrar me dijo, muy bajito, en inglés, y con la boca un poco torcida, esa cosa que hace ella:

— Your father-in-law does not need the app.

Y yo, que no entendí a la primera lo que me estaba diciendo, dije que sí, que muy bien, y subí a ponerme unos pantalones.

Y por la noche, cuando se fueron, Pilar ya la llamaba Trini.

Y ella contestaba.

En dos días.

Yo eso lo cuento en el trabajo y no se lo cree nadie.