15. Esto no es la cena
Vega
A las siete menos veinte de la tarde del domingo, en el patio, Bram me preguntó a qué hora se cenaba.
Yo le dije que sobre las diez.
Y él dijo ten , así, con la boca abierta un rato después de acabar la palabra.
Y luego dijo, y esto es literal porque lo apunté en el móvil: and what do we do until ten?
Y esa es la mejor pregunta que ha hecho nadie en toda la semana y yo no supe contestarla.
Porque la respuesta es «nada». La respuesta es que de siete a diez no se hace nada, se está. Se está en el patio, se sale a la plaza, se toma algo, se habla, se vuelve, se pone la tele, alguien pela un melón, y de repente son las diez y cinco y se cena.
Pero eso, dicho en inglés a un señor holandés que a las seis y media de la tarde ya ha cenado toda su vida, suena a que no tenemos plan.
Y no tenemos plan. Eso es exactamente lo que somos.
Ellos se habían sentado con nosotros a la una menos cuarto y se habían levantado a las cuatro y diez.
Tres horas y veinticinco minutos.
Para mi abuela eso fue una comida de domingo normal, y de las cortas, porque no hubo postre de los suyos. Para ellos fue, según me dijo Lotte el martes, the longest lunch of my life .
Y a las seis de la tarde tenían hambre.
Yo me di cuenta a las seis y veinte porque Sanne le dio a Joep un plátano de su bolso, y luego le dio medio a Lotte, y Lotte se lo comió. Se comió medio plátano de la bolsa del niño en el patio de mi abuela a las seis y veinte, con una discreción que a mí me pareció desgarradora.
Y yo entré en la cocina y le dije a mi abuela que tenían hambre.
Y mi abuela dijo:
—¿Otra vez?
Que no lo dijo con maldad. Lo dijo con susto de verdad. Porque en el mundo de mi abuela alguien que tiene hambre a las seis y veinte de la tarde después de haber comido a la una menos cuarto es alguien a quien no le ha gustado la comida.
Y le dije que no, abuela, que allí se cena a las seis.
Y ella dijo:
—Ya, hija, eso lo vi yo en Holanda.
Y luego dijo, sin girarse, cortando:
—Pero es que aquí no se puede cenar a las seis.
Y tenía razón. A las seis de la tarde en Benafús hay treinta y ocho grados. No puedes poner una mesa en el patio a las seis. No puedes encender el horno a las seis. La cena a las seis en agosto en el interior no es una costumbre distinta: es una imposibilidad física.
Y esa es la cosa de este verano que a mí se me ha quedado, y voy a decirla ya porque después no viene a cuento.
Nosotros no cenamos tarde porque nos guste trasnochar.
Cenamos tarde porque hasta las diez no se puede vivir.
Sacó un plato de jamón, un plato de queso, pan y una bolsa de patatas, y lo puso en el patio a las siete menos cinco, y dijo:
—Diles que esto no es la cena.
Y yo se lo dije. Lo dije en inglés, en voz alta, para los seis: this is not dinner. Dinner is later.
Y se lo comieron entero en veinte minutos.
Y a las nueve y media, cuando mi abuela sacó la primera bandeja, ya no tenían hambre.
Cenamos a las diez y veinte.
Quince personas en el patio, con dos mesas juntas y un mantel de hule que no llegaba, con la luz del patio y un fluorescente que trajo mi padre del trastero y colgó de la higuera con una brida, cosa que a Hugo le pareció el momento culminante de sus vacaciones y le hizo doce fotos.
Y mi abuela había hecho, para quince: tortilla de patata, dos, enteras. Ensalada. Sepia con cebolla. Pollo al ajillo. Y una fuente de tomate del pueblo con sal gorda que era, según Bram, lo mejor que había comido en su vida, y en eso yo creo que no exageraba.
A las once menos cinco, Sanne dijo que ya no podía más.
Lo dijo bien, ¿eh? Lo dijo dando las gracias tres veces, con la mano en el pecho, señalando el plato, diciendo delicious dos veces y so much una.
Y mi abuela se puso de pie con la fuente del pollo en las manos.
—¿No le gusta?
—Abuela, dice que está buenísimo.
—Pero si no ha comido nada.
—Abuela, que ha comido.
—Vega, dile que pruebe el pollo.
—Abuela, es que ya no puede.
Y mi abuela se quedó con la fuente en las manos, en medio del patio, a las once menos cinco de la noche, mirando a una mujer de treinta y seis años que le acababa de decir que no.
Y yo tuve que traducir la frase siguiente y la traduje mal a propósito.
Mi abuela dijo:
—Pues yo he estado dos horas.
Y yo dije:
— She says there is more if you want.
Y Femke me miró desde la otra punta de la mesa.
Femke lo había entendido. Femke entiende bastante castellano, mucho más de lo que dice, y llevaba toda la cena sin decirlo.
Y no dijo nada, y siguió comiendo, y a los dos minutos alargó el plato y le pidió pollo a mi abuela.
Le pidió más pollo a las once de la noche después de tres horas comiendo, mirándome a mí y no a mi abuela.
Y mi abuela le puso dos trozos y volvió a sentarse.
Y a las once y diez, cuando ya estaba todo el mundo hablando otra vez, Bram me dijo por lo bajo:
— In Holland this would be over.
Y yo miré el reloj del móvil y le dije:
— In Spain this is the middle.
Y él dijo okay y se sirvió vino.
Y a la una y veinte de la mañana, en el patio, quedábamos ocho y una cuna. Los seis de la casa rural se habían ido a las doce y media, con las hojas de mi padre en la mano y con Joep dormido en el hombro de Bram.
Y mi abuela estaba fregando.
Y el aire acondicionado del comedor había estado encendido de diez a doce y media con la puerta cerrada, que es lo que pone el cuadrante, y en el comedor no hubo nadie en esas dos horas y media.
Diecinueve metros a veinticuatro grados. Vacíos.
Porque la cena estaba en el patio, a treinta.
Y eso también es esta familia, y no lo dijo nadie.