Familia numerable (Trilogía completa) 16. Cuatro frases
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16. Cuatro frases

Carmen

Yo lo del catering no lo he entendido nunca y ya no lo voy a entender.

Ciento diez personas, dicen. Que para ciento diez no se puede cocinar.

Y a mí no me tienen que explicar eso, que yo he dado de comer a sesenta y ocho en el bautizo de mi hijo, en el año setenta y nueve, en el patio de mi madre, y las cuentas las hice yo y las manos eran las mías y las de mi hermana y las de tres vecinas que ya se han muerto todas.

Sesenta y ocho no es ciento diez, ya lo sé. Pero es que a mí nadie me ha preguntado.

Y ahora, además, resulta que no son ciento diez.

Eso me lo dijo mi hija el martes, de pasada, mientras apuntaba una cosa en el móvil. Le dije yo lo de los ciento diez y ella levantó la vista y dijo:

—Mamá, son ciento veintitrés.

Y volvió al móvil.

Trece personas más comiendo en la boda de mi hijo, y yo con el número de julio en la cabeza.

Y no me quejo, ¿eh? Que yo lo he dicho una vez y ya no lo he vuelto a decir. Se lo dije a mi hija en julio, en la cocina de Valencia, y ella me contestó una cosa muy larga de los permisos y de la sanidad y de que hay que dar unas facturas, y yo le dije que muy bien.

Lo que pasa es que yo llevo cincuenta y un años dando de comer en esta casa.

Y el día que va más gente a esta casa que ningún otro día de mi vida, resulta que ese día se come en otro sitio y lo hace una empresa de Cocentaina.

Bueno.

Ahora la otra.

El lunes por la mañana, a las nueve y veinte, se me metió la madre de Femke en la cocina.

Yo estaba haciendo la comida. Poca cosa, que después de la cena del domingo nadie quería nada: un caldo, y una tortilla, y unas verduras.

Y ella entró, y se puso al lado del fregadero, y dijo una cosa.

Yo no sé qué dijo. Se lo veía en las manos: quería ayudar.

Y yo le dije que no hacía falta, y le señalé una silla, y le dije «siéntate, mujer», y le puse la mano en el brazo y la llevé para la silla.

Ella se sentó.

A los cuatro minutos estaba otra vez de pie con un trapo en la mano.

Y yo la volví a sentar.

A los cinco minutos estaba pelando una patata.

Esta mujer tiene setenta y un años y una fuerza en las manos que yo no tengo. Y pela una patata al revés, del cuchillo hacia fuera, como se pela en otro sitio.

Y yo la dejé, porque a la tercera se deja.

Y estuvimos las dos allí de nueve y media a once, y no dijimos ni una palabra ninguna de las dos, porque no había ninguna palabra que decir. Ni una. En hora y media.

Y a mí eso me puso mala.

No de ella. De mí.

Porque yo he estado en su país. Yo he estado diez días en un sitio donde no sabía decir nada, y me acuerdo perfectamente de lo que es, y me acuerdo de una tarde que salí sola a comprarme una cosa y de un chico de una tienda que me habló y yo no pude contestarle, y de lo que sentí, que no era vergüenza.

Era otra cosa. Era estar sorda y muda a la vez teniendo los oídos y la boca bien.

Y ahora esa mujer estaba en mi cocina.

En la mía. Donde yo lo sé todo. Donde yo sé en qué cajón está el abrelatas y qué fuego va mal y cuántos minutos tarda mi horno de verdad, que son cuatro más de lo que dice.

Y yo tampoco podía decirle nada.

Y eso no lo arregla estar en tu casa. Yo pensaba que estar en tu casa arreglaba algo y no arregla nada.

Así que a las once, cuando se fue a la casa rural a buscar a su hijo, yo subí a mi habitación, abrí el cajón de la mesilla y saqué el cuaderno.

El cuaderno no es mío.

Es del niño. Es el de Bruno. Se cambiaron en Holanda el día que llovió, en la mesa, con las dos ahí puestas, y yo cogí la que no era y me la traje a España, y luego pasó lo que pasó y luego no dije nada, y luego ya era tarde, y luego ya llevaba un mes, y ahora llevo un año y un mes.

Lo tengo en el cajón de la mesilla debajo del Agua del Carmen y de la caja de las gafas viejas.

Lo he leído todo. Todo. Cuatro veces.

Y hay una cosa escrita ahí dentro por ese niño, con once años, que me tocó donde no me había tocado nadie, y no la voy a copiar aquí porque ya me la sé.

Fui a la última página, que estaba en blanco, y a la de antes, que también.

Y escribí cuatro frases.

Las escribí como se dicen, no como se escriben, que es como las escribí en el estanco hace un año y como me salen a mí:

siéntate — SIT DAUN

come — IT

no pesa — NO ES JEVI

Tres.

La cuarta la tuve un rato con el bolígrafo puesto encima del papel sin escribir nada, porque no sé cómo se dice y no tengo a quién preguntárselo.

Al niño no.

A la Vega tampoco, que esa me pregunta para qué.

A mi hija menos.

Y ahí me acordé de la otra libreta, de la mía, la de las flores, la que se llevó él, y de que en la primera página yo puse cuatro frases y la cuarta la elegí yo sola: es mi marido.

Y la elegí porque pensé que si algún día me pasaba algo grave en un sitio donde no me entendieran, esa era la que iba a hacer falta.

Y acerté. La usé. Una tarde de julio, en una calle de Ámsterdam, a un hombre que no me conocía.

Así que ahora hay que elegir otra vez.

Y estuve pensándolo un rato largo, sentada en mi cama, con el ventilador puesto y con la persiana bajada, y con trece personas abajo en mi casa.

Y la escribí en castellano, porque en lo otro no me sale.

yo puedo

Y cerré el cuaderno del niño y lo guardé debajo del Agua del Carmen.