14. La habitación a oscuras
Marta
Llegaron a las diez menos veinte de la mañana y a la una del mediodía pasó lo de la persiana.
Entre las diez menos veinte y la una pasó lo de siempre al llegar: maletas a la casa rural, presentaciones, mi madre dando dos besos a seis personas que no dan dos besos y luego café en el patio.
La casa rural tenía aire en el salón y ninguno en los dormitorios; a las diez de la mañana no le pareció grave a nadie.
A las cuatro iba a ser el dato más importante del día.
A las doce y media mi madre dijo que a comer.
Y a la una menos cuarto entramos en el comedor.
Y voy a describir el comedor de mi madre en agosto a la una menos cuarto, porque el año pasado, en Ámsterdam, yo me pasé diez días describiendo cómo eran las casas de allí, y esto es lo mismo al revés y me lo he ganado.
Las dos persianas bajadas hasta abajo del todo. Las dos hojas del balcón cerradas por dentro. La puerta del patio, cerrada. La puerta del pasillo, cerrada. La luz de la lámpara del techo, apagada.
Encendido, solo el fluorescente de encima del aparador. Uno.
Y la máquina del aire, puesta a veinticuatro desde las doce.
Veintiséis grados dentro. Cuarenta y uno fuera.
Y catorce personas —quince cuando bajó mi hermano— sentándose a comer en una habitación de diecinueve metros a la una de la tarde de un domingo de agosto en penumbra.
En penumbra. Hay que decirlo así porque es así. No es oscuridad. Se ve todo. Se ve el mantel, se ven las caras, se ve lo que hay en el plato. Pero es una luz de las cuatro de la tarde de noviembre.
Y yo, esto lo juro, no me había dado cuenta en cuarenta y cuatro años de que eso es raro.
Los seis se pararon en la puerta.
Los seis. Bram, Sanne, Lotte, Hugo, el niño y Trijntje. Se pararon en el umbral, uno detrás de otro, como se para uno cuando entra en un cine con la película empezada.
Y Hugo dijo una cosa en holandés y Bram se rió.
Y Femke no lo tradujo.
Después le pregunté qué había dicho y me dijo que Hugo había dicho que parecía que había alguien enfermo en la casa.
Y yo pensé que no lo había traducido por eso: Femke llevaba un año protegiéndonos de cosas y nosotros no nos habíamos enterado.
Nos sentamos. Quince en una mesa de doce con dos sillas de la cocina y el taburete del patio.
Y a los seis o siete minutos, cuando ya circulaba la ensalada, Trijntje se levantó.
Se levantó sin decir nada, con esa naturalidad que yo ese día todavía no sabía leer, cruzó el comedor, llegó al balcón y puso la mano en la cinta de la persiana.
Y empezó a subirla.
Voy a intentar contar lo que pasó en la casa de mi madre en los dos segundos siguientes.
Mi madre se puso de pie.
Mi hermano dijo «uy».
Mi hija dijo «abuela» sin saber a cuál de las dos abuelas se lo decía.
Álvaro dijo «¡ah!» con una alegría absurda, como si fuera un truco de magia.
Y entró la luz.
Entró como entra una cosa física. Un rectángulo blanco de un metro por sesenta en el suelo de terrazo, y con la luz entró el calor, que en el momento en que se levanta una persiana en agosto es una cosa que se puede oír, porque el aparato del aire cambió de sonido al segundo y medio.
Trijntje se quedó con la cinta en la mano mirando la calle.
Y mi madre llegó hasta ella.
Y aquí está lo que yo quería contar de todo el capítulo, y os pido que lo leáis dos veces porque yo fui la única de los nuestros que lo vio entero, y solo porque yo estaba de espaldas al aparador y de frente al balcón.
Mi madre no le quitó la cinta de la mano.
Mi madre no dijo nada, porque no tenía nada que decir en ningún idioma que aquella mujer pudiera oír. Y mi madre tiene setenta y tres años y no aprendió a explicarse nunca, y encima estaba en su casa, delante de trece personas, con un rectángulo de sol en su suelo.
Mi madre cogió a Trijntje por la muñeca —por la muñeca, con la mano entera, sin ninguna delicadeza— y le puso la palma de la mano contra la pared de fuera del hueco del balcón, la parte que llevaba cuatro horas al sol.
Y la tuvo ahí un segundo.
Y luego le levantó la mano, la llevó medio metro a la izquierda y le puso la palma contra la pared de dentro. La de la sombra. La de los cuarenta y dos centímetros.
Y la tuvo ahí otro segundo.
Y luego la soltó.
Y bajó la persiana ella, con las dos manos, hasta abajo, sin prisa.
Y volvió a la mesa y se sentó y dijo:
—Pásale el pan a la Trini.
Y esa fue la primera vez que alguien de mi familia la llamó Trini.
Trijntje se quedó de pie unos segundos más al lado del balcón.
Y luego volvió, se sentó, y le dijo una frase a su hija.
Y Femke, esta vez sí, la tradujo. La tradujo entera, en voz alta, para toda la mesa, y con una cara que yo no le había visto todavía.
Dijo:
—Mi madre dice que ha entendido la casa.
Y luego pasó lo de los niños, que fue a los diez minutos y que fue lo único de aquel domingo que salió gratis.
Nico tiene tres años y estaba en su trona en la punta de la mesa. Joep tiene cuatro y estaba en las rodillas de su madre.
Joep se bajó, dio la vuelta a la mesa por detrás de las sillas, llegó a la trona de mi hijo, se paró, y le enseñó un coche de plástico rojo que llevaba en el puño.
Y Nico le enseñó su cuchara.
Y a los once segundos —los conté, no exagero: los conté porque me quedé mirando— estaban los dos debajo de la mesa.
Y no salieron hasta el segundo plato.
Y arriba, encima del mantel, quedamos los otros trece, con dos idiomas y medio, una traductora de dieciséis años, una mujer que traducía a su madre, un hombre con cuatrocientas palabras, yo con mi inglés de artículo científico y un niño de doce años que no dijo nada en toda la comida y que lo estaba apuntando todo.
Ni uno solo de nosotros consiguió decirle a nadie nada que valiera la pena en las cuatro horas siguientes.
Bueno. Ninguno de los adultos.