Familia numerable (Trilogía completa) 13. Nueve plazas
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13. Nueve plazas

Álvaro

Nueve porque son seis personas con seis maletas grandes.

Con siete plazas te caben las personas y no las maletas. Con nueve te caben las dos cosas y todavía te quedan dos plazas libres para repartir el equipaje. Son cuarenta y un euros más el día. Cuarenta y uno.

Y llegamos con las maletas dentro y con las personas sentadas, que es como se llega.

Yo llevaba una hoja.

Me la hice el sábado por la noche. Una hoja, por delante y por detrás.

Delante, el programa de los días en inglés, con las horas y con lo que hay cada día.

Detrás, un plano del pueblo hecho a mano con los sitios importantes numerados: la casa, la casa rural, el bar de Pilar, la iglesia, la farmacia de Gorga, que es la que abre en agosto, y el número de mi móvil en grande, en un recuadro.

Seis copias. En color.

Y en la parte de arriba puse una frase en holandés que saqué de una aplicación y que dice bienvenidos a nuestra casa.

La aplicación dice que se lee welkom in ons huis .

Yo lo dije en la puerta de llegadas de Manises, a las ocho y veinte de la mañana, con la hoja en la mano.

Y salió muy bien. Se rieron mucho.

Bueno. La madre de Femke no se rió. La madre de Femke me miró, me dijo una cosa larga en holandés a toda velocidad, y cuando yo puse la cara que puse, dijo en inglés, señalando la hoja:

— This is very organised.

Y Lotte me lo repitió más despacio, con una sonrisa raruna, y a mí me dio igual, porque a mí un cumplido se me nota a diez metros.

Los presento por orden de bajada del carro de maletas:

Bram , el hermano. Treinta y ocho. Alto. Va en bicicleta a trabajar todo el año, me lo dijo en el aparcamiento, todo el año, con lluvia. Buen chaval.

Sanne , la mujer de Bram. Treinta y seis. Habla menos.

Joep , el crío. Cuatro años. Rubio de ese rubio que no existe aquí. Llegó dormido y se despertó en el parking.

Lotte , la amiga del colegio de Femke. Cuarenta y uno.

Hugo , el compañero de trabajo. Cuarenta y tres.

Y aquí hay una cosa: se llama Hugo. Se llama Hugo, como mi primo.

Yo le dije «Hugo» y él me dijo su nombre, y su nombre es Hugo pero no es Hugo.

La H es como una jota rascada, y la g es otra jota rascada, y en medio hay una u que no es una u.

Lo intenté cuatro veces en el aparcamiento y a la cuarta él me dijo, muy amable:

— Hugo is fine.

Y me lo dijo con la versión de aquí. Me dio permiso para decirlo mal.

Y yo he pensado varias veces en eso desde entonces, porque el año pasado en Ámsterdam me pasé diez días diciendo cosas mal y no me dio permiso nadie.

Y la madre .

Se llama Trijntje.

Yo lo intenté tres veces. Tres. La primera me salió «Trinche». La segunda me salió «Trainch». La tercera no llegué al final.

Y a la tercera ella levantó la mano, así, como se para un coche, y dijo:

— It is difficult. I know.

Y no me dio ninguna alternativa. Eso es lo que hay que entender de esta señora. Los demás te dan una salida. Ella te dice que es difícil, te dice que ya lo sabe, y se calla y espera a ver qué haces tú.

En la furgoneta iba yo delante, Hugo de copiloto y los otros cinco detrás. Las seis maletas iban dentro, encajadas como pude entre el maletero y los dos asientos que quedaban libres.

Hugo me preguntó a los veinte minutos, señalando con el dedo, qué eran aquellos edificios.

Y yo miré, porque cuando alguien te pregunta por una cosa que llevas veinte años viendo, la tienes que mirar otra vez.

Eran tres bloques a medio hacer al lado de la autovía. Estructura de hormigón, forjados puestos, sin cerrar, sin ventanas, con las esperas de los pilares saliendo por arriba y con el cartel de una promotora que ya no existe.

Y le dije que eso es del dos mil ocho.

Y él dijo ah .

Y luego dijo, y esto lo entendí perfectamente porque lo señaló con la mano abierta a lo largo de toda la ventanilla:

— How many?

Y yo le dije que muchos.

Y no le dije cuántos porque no lo sé y porque no lo sabe nadie.

De la subida solo voy a contar una cosa.

A la altura de Muro, cuando ya dejas la autovía y empieza a subir, el salpicadero de la furgoneta marcaba cuarenta y uno.

Y a los cinco minutos, la madre de Femke —que iba en la fila de en medio, en la ventanilla derecha, con las gafas de sol puestas— dijo algo, y Lotte me lo pasó al inglés y yo lo entendí a la primera porque era fácil.

Preguntó por qué los campos son de ese color.

Y yo miré por la ventanilla, porque cuando alguien te pregunta por una cosa que llevas cuarenta y cinco años viendo, la tienes que mirar otra vez.

Y era todo marrón.

Marrón, ocre y gris. Los almendros grises, la tierra roja, el rastrojo del cereal segado, y arriba los pinos, que son lo único verde que hay en agosto de aquí a Alcoi.

Y yo le contesté que porque en agosto está todo seco, y Lotte lo tradujo, y su madre dijo otra cosa, y Lotte se paró un momento antes de traducirlo.

Y luego dijo:

— She asks if it will come back.

Y yo dije que sí, hombre, claro, que en octubre llueve y en marzo esto es otra cosa, que en marzo aquí hay verde hasta debajo de las piedras.

Y Lotte lo tradujo.

Y su madre dijo:

— Good.

Y ya está. Cincuenta minutos más de subida y nadie dijo nada más.

Y yo llegué al pueblo a las diez menos veinte con seis personas, seis maletas, seis hojas en color y el aire de la furgoneta a tope, y aparqué en la plaza, y me bajé, y os puedo decir con la mano en el corazón que aquello estaba saliendo redondo.