Familia numerable (Trilogía completa) 11. La casa está bien hecha
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11. La casa está bien hecha

Femke

Llegué el jueves a las ocho y media de la tarde y todavía había cuarenta grados.

Eso no lo entendí hasta el día siguiente. Yo pensé, en el aeropuerto, que era el calor del avión y del asfalto, y que en el pueblo iba a ser distinto porque el pueblo está a seiscientos metros y en la montaña. Y es distinto: por la noche baja seis grados y por el día sube dos. Eso es lo distinto.

Rodrigo vino a buscarme con su hermana. Hora y veinte de coche. Hablamos poco, porque en el coche íbamos tres y en el coche solo hay una persona con la que puedo hablar rápido.

Su hermana habla bien. Habla un inglés muy correcto, con las frases enteras, y usa palabras que yo no uso: aforo , plazo , documentación . Habla como un informe. Y cuando se ríe deja de hablar así y entonces se le entiende mejor.

Llegamos a las diez menos cuarto y la casa estaba a oscuras y había once personas dentro. Yo conté once y me dijeron que eran nueve. Sigo pensando que eran once.

Voy a contar lo de la casa, porque es lo único que entendí bien en tres días.

Yo trabajo con casas viejas. Trabajo con casas de Ámsterdam del siglo XVII, que están construidas encima de troncos de árbol clavados en el barro, y mi trabajo consiste en bajar y mirar si los troncos aguantan y decir cuánto queda. Es un trabajo triste y me gusta mucho.

Así que lo primero que hago cuando entro en un sitio es mirar la pared.

Y la casa de la madre de Rodrigo está muy bien hecha.

Muro de mampostería de cuarenta y dos centímetros.

Lo medí con la mano en el hueco de la ventana de la cocina, que es donde se puede medir.

Piedra, cal y, por dentro, un revoco antiguo que alguien ha pintado seis veces.

Ventanas pequeñas y profundas, con el hueco más ancho por dentro que por fuera, para que entre la luz y no el sol.

Techo de bovedilla. Y el patio en el norte, con un muro alto y una higuera.

Eso es una casa que sabe dónde está.

Nosotros construimos casas para que no se escape el calor.

Aquí construyeron casas para que no entre.

Es el mismo problema al revés y la solución es la misma: masa.

Una pared de cuarenta y dos centímetros tarda catorce horas en calentarse, y catorce horas es exactamente lo que hay de la una de la tarde a las tres de la madrugada.

Por lo tanto: si cierras la casa por el día y la abres por la noche, la casa funciona.

Y si no la cierras, no funciona.

Eso es todo. No hay nada más. Es física de segundo curso.

Nadie me lo explicó. Yo lo vi el primer día y lo entendí el segundo, cuando me levanté a las siete y media de la mañana y la casa estaba a veintitrés grados con todo abierto, y a las once y media alguien había cerrado todo y estaba a veinticinco, y a las cinco de la tarde, con cuarenta y uno fuera, estaba a veintisiete y a oscuras.

Veintisiete. Sin aire acondicionado.

Yo pagaría dinero por que un cliente mío entendiera eso.

Lo que no entendí en tres días es lo otro.

Durante esos tres días, en esa casa, yo era la única persona que no era de allí. Ocho personas y yo. Y yo pensé que iba a ser difícil y no fue difícil. Fue otra cosa.

Fue que me pasaron.

Es la palabra que se me ocurrió el sábado por la tarde y la voy a dejar así.

Me pasaron. De uno a otro. La madre me daba a la nieta, la nieta me daba a la madre, la madre me daba a Rodrigo, Rodrigo me daba al niño, el niño me daba otra vez a la nieta.

Todo el rato. Con muchísimo cariño y sin parar ni un minuto.

Porque en esa casa hay una regla que nadie ha escrito y que es esta: la invitada no puede estar sola en una habitación.

Y como solo tres de ellos pueden hablar conmigo, esos tres se organizaron sin decírselo. Turnos. Como el aire acondicionado.

El sábado, a las cinco de la tarde, me senté en el patio con un libro y a los cuarenta segundos vino Bruno, que tiene doce años, y se sentó en la otra silla y no dijo nada, y estuvo allí veinte minutos vigilándome muy amablemente.

Y yo pensé: este niño lo han mandado.

Y luego pensé: no. Este niño ha venido porque ha visto que estaba sola y en esta casa eso no se hace.

Y no supe si aquello era lo más generoso o lo más agotador que me ha pasado en la vida, y sigo sin saberlo, y creo que son las dos cosas.

Hay una cosa más y la digo porque si no, después no se entiende nada.

En el patio, contra la pared del norte, hay cinco macetas de barro grandes puestas en fila.

Están llenas de tierra y no hay nada dentro. Nada. Ni un tallo.

Y alguien las riega. Yo lo vi el viernes por la mañana: el padre de Rodrigo, a las ocho, con una regadera pequeña, las cinco, una por una, poco.

Cinco macetas de tierra vacía, en agosto, regadas todas las mañanas.

Y esas macetas no estaban ahí en mayo. Yo estuve en Valencia en mayo, en la casa de ellos, y las macetas estaban en la terraza de Valencia. Me acuerdo porque me acuerdo de la terraza.

Así que alguien las ha traído. Hora y veinte de coche. Cinco macetas de barro de cuarenta centímetros.

No pregunté.

Y ahora tengo que decir la otra cosa, y es más corta.

En mayo, en Valencia, la última noche, en la cocina de sus padres, cuando ya se habían acostado todos, le pregunté a Rodrigo una cosa muy sencilla. Se la pregunté en inglés, despacio, con palabras cortas, porque yo cuando le pregunto algo importante uso las palabras que él tiene.

Le pregunté: después de la boda, ¿dónde vivimos?

Y él estuvo callado cuatro segundos y dijo: we see .

Que no significa nada. Que es una cosa que se dice cuando no se tienen las palabras. Yo eso lo sé perfectamente porque yo también estoy hablando en un idioma que no es el mío desde que le conozco.

Y no se lo he vuelto a preguntar.

Y sé por qué no se lo he vuelto a preguntar, y no es porque no me atreva.

Es porque llevo tres meses creyendo que sé la respuesta.