10. El cuadrante
Vega
Cuatro habitaciones. Un patio de doce metros de largo. Dos aparatos de aire acondicionado que no se pueden encender a la vez.
Eso es lo que dice mi madre de la casa de Benafús, y lo dice como se dice un problema.
Yo le añadiría una cosa que ella no cuenta nunca, que son las paredes: cuarenta centímetros de piedra, y por eso esa casa a las cinco de la tarde de agosto está a veintisiete grados y la nuestra de Valencia a treinta y uno.
Y esa primera noche tenía ocho personas dentro. Al día siguiente, con Femke, serían nueve.
El reparto de habitaciones lo hizo mi abuela en cuatro minutos y sin consultar a nadie, de pie en el pasillo, señalando puertas con la mano abierta:
La de delante, la que tiene el aire, para mis abuelos.
La de al lado del comedor, para mis padres y Nico.
La de atrás, la que da al patio y no tiene aire, para Bruno y para mí.
Y la de arriba, la del altillo con la ventana pequeña, para mi tío y para Femke.
Ahí mi madre hizo un ruido. No una palabra: un ruido, con la nariz.
Y mi abuela se giró y le dijo:
—¿Qué?
—Nada, mamá.
—Tu hermano tiene cuarenta y siete años, hija.
Y siguió repartiendo puertas.
Y a mí eso me pareció lo más elegante que ha hecho mi abuela en la vida, y mi madre estuvo callada dos horas.
Lo de los aparatos hay que explicarlo bien porque es el libro entero.
Los puso mi abuelo en 2009 y los puso él, con un amigo, un fin de semana, y están donde están porque ahí llegaba el tubo: uno en el comedor y uno en la habitación de delante.
Y no se pueden encender los dos a la vez.
No es una manera de hablar. Si están los dos, salta la luz; y si hay uno puesto y se enciende la lavadora, también. Entonces hay que ir al cuadro de la entrada, que está detrás de un calendario de una ferretería de 2014, y subirlo.
Y mi abuelo lo sabe y lo ha sabido siempre, y no lo ha arreglado porque, según él, arreglarlo es cambiar la línea, y cambiar la línea es picar pared, y picar pared en esta casa es meterse en una cosa que no se sabe dónde acaba.
Así que la casa funciona por turnos.
Y el miércoles por la noche, la primera noche, mi madre se levantó de la mesa, cogió un folio, cogió el bolígrafo del cajón de los cordeles y se puso a escribir con la regla.
Y yo pensé: ya está.
Porque yo esto ya lo he visto dos veces.
La primera vez fue en casa, hace dos años, cuando éramos siete en una casa con un baño y medio y mi madre pegó un papel en la puerta del baño con las horas puestas.
La segunda fue en Ámsterdam, en un apartamento con una escalera de cincuenta y seis grados, y mi madre pegó otro papel en otra puerta del baño con las horas puestas y con una casilla para tachar.
Y ahora esto.
Se levantó, cogió celo, y lo pegó en la puerta del comedor. Y decía:
AIRE
COMEDOR: de 14:30 a 17:30 (con la puerta cerrada) y de 22:00 a 00:30
HAB. DELANTE: de 00:30 en adelante
NO los dos a la vez.
NO lavadora si hay aire.
Si salta, el cuadro está detrás del calendario.
Y debajo, con otra letra, porque lo añadió media hora después:
Si alguien tiene calor de verdad, se dice. No se aguanta y luego se llora.
Esa última línea la escribió mi madre pensando en mi abuela y no la nombró, y todos lo entendimos y nadie dijo nada, que es como funciona esta casa.
Bruno midió el patio con los pies. Doce de largo, cuatro y medio de ancho.
Y me dijo, por la noche, en la habitación de atrás, con el ventilador de pie dándonos a los dos y con treinta y un grados a la una de la mañana:
—Vega.
—¿Qué?
—El comedor tiene diecinueve metros.
—Vale.
—Que el domingo vamos a ser quince y solo hay diecinueve metros con aire.
Y se dio la vuelta y se durmió, porque tiene doce años y esas cosas las dice y luego se duerme.
Me quedé despierta hasta las tres haciendo la cuenta que había hecho él.
Uno coma veintiséis metros cuadrados de aire acondicionado por persona.