9. Lo que cabe en un maletero
Marta
El sábado dieciocho de julio pasaron estas cosas en mi familia.
Mi marido subió al pueblo a las siete de la mañana con el Excel impreso y estuvo cinco horas con Rosa la del Mas de Bonaire midiendo el jardín con una cinta de albañil.
Yo estuve toda la mañana al teléfono con una gestoría de Alicante y toda la tarde con un traductor jurado de Valencia que se llama Ferrán y que me dijo «traducción jurada» nueve veces.
Vega llevó a Nico al parque a las ocho de la tarde porque a las ocho de la tarde ya se puede.
Bruno estuvo en su cuarto.
Mi hermano mandó al grupo una foto de una tarta de tres pisos que había visto en internet y mi madre le contestó con siete mensajes de voz.
Mi madre hizo una paella para siete y sobró para nueve.
Y mi padre arregló el enchufe del ventilador del comedor, que llevaba tres semanas medio suelto, y lo dejó bien.
Y ninguno de nosotros —ninguno de los ocho— dijo nada.
Yo me enteré el lunes por la mañana.
Estaba en la cocina de casa metiendo cosas en una nevera portátil y entró Bruno, se apoyó en la puerta y me dijo:
—Mamá. ¿El sábado hiciste algo?
—El sábado estuve todo el día con los papeles, cariño.
Y dijo:
—Ya.
Y se estuvo un rato ahí.
Y luego dijo:
—Es que el sábado los abuelos hacían cincuenta y uno.
Y yo dejé de meter cosas en la nevera portátil.
Y le pregunté si estaba seguro y me dijo que sí, y le pregunté cómo lo sabía y me dijo, con una tranquilidad que a mí me dolió en algún sitio:
—Porque lo resté el domingo doce.
Le pregunté por qué no había dicho nada.
Y mi hijo de doce años me dijo:
—Porque quería ver si lo decía alguien.
Y yo dije «Bruno», y él dijo «no pasa nada, mamá», y se fue a su cuarto, que es lo que hace en esta casa la gente cuando tiene razón.
Hace un año, en un restaurante de Ámsterdam, éramos ocho alrededor de una mesa con vasos rojos y un niño de once años leyó un papel en voz alta y mi padre lloró sin que se le moviera la cara.
Este año fue una paella y un enchufe.
Y he estado dándole vueltas y ya sé lo que pasó, y no es que nos olvidáramos, que eso sería más fácil. Lo que pasó es que teníamos ocupado el sitio.
Una familia tiene un solo sitio para las cosas grandes, y ese sitio estaba lleno.
De lo que pasó entre el dieciocho de julio y el doce de agosto no voy a contar casi nada, y no es por pudor: es que no me acuerdo.
Son veinticinco días y yo los tengo en el móvil, no en la cabeza. Los tengo en forma de ciento noventa correos, cuarenta y una llamadas y una carpeta azul de plástico con solapa y goma que llevé de una habitación a otra de mi casa durante tres semanas como se lleva un niño dormido.
Lo que sé de esos veinticinco días es lo que consta.
Que el veintitrés de julio me dijeron que la boda de mi hermano no se podía celebrar. Que el treinta por la tarde me dijeron que sí. Y que entre una cosa y la otra hubo siete días de los que yo creía saberlo todo y de los que resultó que no sabía nada, pero eso lo cuento cuando toque.
El miércoles doce de agosto por la mañana cargamos el coche.
El nuestro y el de mis padres. Álvaro cargó el nuestro con las maletas y las bolsas; yo bajé con mi padre a cargar el suyo, que era el que tenía menos que llevar porque en la casa del pueblo ya están las sábanas.
Cargamos cuatro maletas, dos bolsas de tela, la nevera portátil, tres garrafas de agua, un ventilador de pie porque en la habitación de atrás no hay aire, una caja de cartón con las cosas de mi madre —los mantelitos, la olla que no le gusta a nadie más, el Agua del Carmen— y el vestido azul en una funda de plástico, colgado del asa de arriba, que es lo primero que puso.
Y cuando ya estaba todo, mi padre bajó otra vez.
Y subió con una maceta.
Una maceta grande, de barro, de las de cuarenta centímetros, con tierra hasta arriba y nada dentro. Nada. Tierra seca y ni un tallo ni una hoja ni un palito.
La puso en el maletero, encima de una bolsa de plástico doblada para no manchar, y volvió a subir.
Y bajó con otra.
Cinco.
Cinco macetas de barro de cuarenta centímetros llenas de tierra, que pesan lo que pesan, subiendo y bajando tres pisos por una escalera sin ascensor un miércoles de agosto a las nueve y media de la mañana, con setenta y cuatro años y esa rodilla.
Le tuve que quitar las dos últimas de las manos y me dejó, que ya es mucho.
Y cuando estaban las cinco puestas en el maletero, en fila, y ya no cabía la nevera portátil y hubo que pasarla a nuestro coche, mi madre dijo desde la puerta del portal:
—Ernesto, que son tres semanas.
Y él dijo:
—Ya.
Y cerró el maletero.
Y nadie preguntó nada más, porque en esta familia hay una cosa que ya está inventada y que funciona muy bien, y es que cuando alguien hace algo raro y no lo explica, se le deja.
Los bulbos los plantamos en octubre. Salieron veintitrés de treinta en marzo. En junio se secaron, como se secan, y desde junio son cinco macetas de tierra.
Si se quedan tres semanas de agosto en una terraza de Valencia a treinta y siete grados, se cuecen.
Yo eso lo sé porque me lo he pensado después.
Aquel miércoles yo lo que hice fue mirar el maletero cerrado y pensar dos cosas.
La primera fue que mi padre había cargado cinco macetas de tierra vacía y una maleta.
Y la segunda fue una cuenta, porque yo hago cuentas, es mi enfermedad y no tiene cura.
El año pasado éramos ocho.
Ahora somos nueve, contando a Femke, que llega mañana jueves en el vuelo de las siete y media y que va a estar tres días sola con nosotros antes de que lleguen los suyos.
Y el domingo dieciséis por la mañana aterrizan seis más en Manises.
Nueve y seis.
La casa de mi madre tiene cuatro habitaciones, un patio de doce metros de largo y dos aparatos de aire acondicionado que no se pueden encender los dos a la vez porque salta.