8. El martes
Vega
Los martes de mi abuela son así.
A las cuatro menos veinte paso a buscarla. Subo, y siempre está lista desde las tres y media, con la bolsa de tela preparada en la silla de la entrada, con el gorro, con las chanclas y con el bañador metido dentro de una toalla enrollada, porque dice que si va el bañador suelto se le arruga.
De su casa a la piscina son once minutos andando y catorce con ella, porque hay una cuesta pequeña en la calle de la farmacia y en esa cuesta vamos hablando de cualquier cosa a propósito.
Clase de adultos, de cuatro y media a cinco y cuarto, martes y jueves. Ella va los martes.
Y a las cinco y cuarto se ducha, tarda veinticinco minutos, y luego nos tomamos un café en el bar de al lado y ella pide un cortado y un cuarto de bocadillo de tortilla que se lleva envuelto en una servilleta y que se come en el banco del parque a las seis y diez porque dice que en el bar le da vergüenza.
Cuarenta y dos martes desde el primer martes de octubre. No hemos ido todos, pero casi.
Eso lo digo porque es importante y porque en su momento me pareció una tontería.
La piscina municipal cierra del uno de agosto al uno de septiembre, por el mantenimiento y porque no va nadie. Lo pone en un papel plastificado en la puerta desde hace años.
Así que quedaba ese martes, el veintiuno, y el siguiente, y ya está.
Y desde el veintiocho de julio mi abuela no volvió a la piscina municipal.
Eso lo escribo ahora, que ha pasado un año. En julio no lo pensé. En julio pensé que era una lata y que en septiembre volvíamos.
Y este martes, el veintiuno, hicimos las dos cosas: primero la piscina y después el vestido.
De la piscina solo voy a contar una cosa.
Mi abuela hace pie. Eso es lo que sabe hacer.
Hace pie en la parte que hace pie, que son el metro veinte y el metro cuarenta, y se sostiene, y avanza tres o cuatro metros con la cara fuera y los brazos haciendo lo que le da la gana, y luego se agarra al borde y se ríe.
Se ríe siempre. La monitora se llama Ester y dice que sostenerse es lo difícil y que lo demás es técnica.
Pero este martes Ester estaba de vacaciones y había un chico nuevo, y el chico nuevo dijo, en voz alta, para todo el grupo:
—A ver, la que no sepa flotar de espaldas que levante la mano.
Y mi abuela levantó la mano.
La levantó del todo, así, estirada, como en el colegio.
Y yo estaba en la grada porque yo no me meto, yo la llevo, y desde la grada vi a siete señoras de entre sesenta y ochenta años y una sola mano levantada, y era la de mi abuela, y la tuvo levantada seis o siete segundos hasta que el chico dijo «vale, vale, gracias».
Y luego se giró hacia mí y me buscó y me hizo así con la boca, como diciendo ay .
Y yo no le hice ninguna gracia con la mano ni nada, porque no me salía, porque estaba pensando que mi abuela ha tardado setenta y tres años en levantar la mano para decir que no sabe una cosa.
Lo del vestido fue después, a última hora de la tarde, en una tienda de la calle Colón que eligió mi madre y a la que mi madre no vino porque tenía una llamada del obispado, que es una frase que se ha dicho once veces en mi casa este mes.
Mi abuela se probó cuatro.
El primero le gustó y dijo que era muy caro. El segundo dijo que era de vieja. El tercero era el que le había dicho mi madre por WhatsApp que se probara y se lo probó y dijo «este ya está» sin mirarse, y yo le dije que se mirara, y se miró, y dijo «este ya está» otra vez.
El cuarto no lo quería probar.
Era azul. Azul oscuro, de esos que no se arrugan, con la manga hasta el codo, sin nada. Lo cogí yo de un colgador y ella dijo que no, que ese era para una boda.
Y yo le dije que es que vamos a una boda.
Y ella dijo:
—Ay, calla.
Se lo probó. Salió del probador andando raro, apoyando la mano en el marco.
Y se puso delante del espejo grande y esta vez sí se miró.
Se miró bastante rato. Se puso de lado. Se estiró la manga. Se tocó el cuello.
Y dijo:
—Con este voy a estar de pie cinco horas.
Y ahí yo, la verdad, casi lo suelto.
Porque desde octubre le veo los tobillos a las siete de la tarde y desde octubre la oigo respirar como se respira cuando hace bochorno, y me faltó así para decir «abuela, hay que decirle a mamá que en la iglesia te tienen que poner una silla, y hay que decirle por qué, y hay que decirle que vamos a la piscina, y hay que decírselo todo ya».
Y no lo dije, porque no es mío.
Le dije:
—Te lo compro yo.
Y ella dijo que no diga tonterías.
Y luego lo pagó mi abuelo, porque cuando llegamos a su casa con la bolsa él estaba en la mesa del comedor con la radio destripada encima de un trapo, y no preguntó cuánto era, y a los dos días había un sobre en el bolso de mi abuela.
Ochenta euros. En dos billetes de veinte y cuatro de diez, que es como los pone él para que quepan.
Mi abuela no dijo nada del sobre.
Mi abuelo no dijo nada del vestido.
Y yo no dije nada de nada, que ya empiezo a ser de aquí.