7. Cuatrocientas palabras
Rodrigo
Todo el mundo me ha preguntado lo mismo estas semanas y nadie me ha preguntado lo que quiere preguntar.
Lo que me preguntan es: qué prisa tenéis.
Lo que quieren preguntar es: por qué ahora, y cuánto te va a durar.
Y lo entiendo, ¿eh? Yo también me lo preguntaría.
Yo he sido veinte años el capítulo raro de esta familia.
Yo soy el tío que apareció en una comida de domingo con un coche que no había pagado.
Yo soy el que se fue a Tenerife tres meses y volvió en autobús.
Yo soy el que estuvo dieciocho años con Sara y acabó divorciado a los cuarenta y cinco.
Así que si mi familia oye «me caso en seis semanas» y lo primero que piensa es ya está este otra vez , es que mi familia ha estado atenta.
Y ahora una cosa que en mi casa se cuenta mal, y la voy a dejar dicha aquí de una vez.
Yo dije, el año pasado, encerrado en el baño de un apartamento de Ámsterdam con una camisa de cuarenta y cinco euros puesta, que hacía casi un año que no me ponía nervioso por nadie. Desde lo de Sara.
Y eso, en esta familia, se entendió como que yo llevaba todo ese tiempo solo. Y no es eso.
Yo había estado dieciocho años con Sara. Y cuando aquello se acabó, y me tuve que volver a casa de Marta con cuarenta y cinco años y dos bolsas, yo no me puse nervioso. Me puse otra cosa, que no tiene nombre, y durante bastante tiempo no me importó lo que fuera a pasar.
Porque ponerse nervioso significa precisamente eso: que te importa lo que vaya a pasar.
Voy a contar por qué es ahora, aunque no queda bien.
No es porque me lo pidiera ella. Femke no me pidió nada.
Femke tiene una casa en Ámsterdam con un contrato de hipoteca de treinta y cinco años y un trabajo que consiste en meterse debajo de casas del siglo XVII para mirar si los troncos de madera en los que están apoyadas se están pudriendo.
Ese es su trabajo. Casas que llevan cuatrocientos años de pie encima de árboles clavados en el barro, y ella baja, mira los árboles y dice cuánto queda.
A una mujer así no le hace falta que nadie le proponga nada.
Y la pregunta buena tampoco es «por qué ahora». La pregunta buena es la otra, la que no hace nadie porque suena a reproche.
Después de casi un año.
Lo pensé una noche de junio con el calendario del móvil, y luego conté la otra cosa, que es peor.
Julio del año pasado, diez días, que fueron los de allí. Después, nada: agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre y enero. Seis meses de nada, o sea, seis meses de móvil.
Febrero, cuatro días. Abril, tres. Mayo, cuatro, que vino ella. Junio, ninguno, porque no pudo ninguno de los dos.
Veintiún días.
Ese es el total. Veintiún días en persona con la mujer con la que me caso el veintidós de agosto, y de esos, diez fueron antes de que ella supiera cómo me llamo del todo.
Todo lo demás ha sido un teléfono. Y yo he aprendido a decir cosas por teléfono en un idioma que no es el mío, que es una cosa que no os podéis imaginar lo que cansa.
Yo voy a clase los lunes y los miércoles de siete a nueve, en una academia de la calle Cuenca, con seis personas más y una profesora que se llama Laura y que tiene veintiocho años.
Me apunté el veintinueve de julio del año pasado, diez días después de volver de Ámsterdam, y pagué el curso entero por adelantado para no poder echarme atrás.
En octubre yo tenía doscientas palabras. En diciembre tenía trescientas y pico. Ahora tengo cuatrocientas y algo, y digo cuatrocientas porque es lo que le dije a mi hermana una vez de broma y ya se ha quedado en la familia como si fuera un dato oficial.
Cuatrocientas en inglés. Me apaño algo mejor que en Ámsterdam, pero no mucho: frases cortas, tiempos verbales mal puestos y un vocabulario que se acaba justo cuando la conversación se complica. Con Femke hacemos lo que podemos con eso.
Cuatrocientas palabras es muy poco.
Con cuatrocientas palabras puedes comprar, puedes preguntar, puedes contar lo que hiciste el sábado. Puedes hacer reír a alguien, mal. Puedes decir que estás bien y puedes decir que estás cansado.
Lo que no puedes hacer con cuatrocientas palabras es discutir.
Y lo que tampoco puedes hacer es decir una cosa complicada por primera vez. Las cosas complicadas hay que decirlas en el idioma en el que las piensas, porque si las traduces se te quedan más pequeñas y luego se te queda pequeña la cosa entera.
Eso es todo lo que voy a explicar de eso por ahora.
Lo de la prisa.
Yo le dije a Femke, un jueves de junio, por teléfono, con mis cuatrocientas palabras, que quería casarme este verano. Y ella preguntó por qué este verano, que es lo que preguntaría cualquiera.
Y yo le dije que porque en verano hay más luz.
Que es una cosa que no significa nada y que yo dije porque no me salía la otra.
Y ella se quedó un rato callada al teléfono, y luego dijo: okay.
No dijo «vale, si tú quieres». No dijo «pero explícame». Dijo okay , y al día siguiente me mandó un archivo con una tabla.
Y yo he pensado mucho en eso, en esas dos sílabas, y creo que ella entendió a la primera lo que yo no supe decir, y que decidió no hacerme decirlo.
Hay una cosa más y con esta acabo.
En mayo del año pasado, antes de que compráramos los billetes de Ámsterdam, yo llamé a mi hermana por teléfono y le pregunté una cosa que ella no esperaba. Le pregunté si había visto a nuestro padre subir las escaleras.
Ella me dijo que sí y cambiamos de tema.
Llevo catorce meses con esa pregunta puesta.
Y en marzo, en el trabajo, fui a hablar con Charo, que es la que lleva el personal, y le pregunté una cosa sobre los contratos y sobre si hay alguna manera de
Bueno. Eso lo cuento otro día.