6. Dos listas
Marta
En cuarenta y un días yo hice dos listas y las dos me salieron mal, pero de maneras distintas, y solo una de las dos me quitó el sueño.
La primera era la de los invitados.
Empezó siendo un papel. Femke mandó su parte por correo electrónico el miércoles, en un archivo, con los nombres puestos en una tabla, con la columna de si comen carne y la columna de si vienen en coche.
Trece personas de su lado, contando a su madre, a su hermano, a la mujer de su hermano, al niño y a dos amigos.
Trece de la primera tabla, y luego dijo que al final iban a poder ser seis, porque agosto y porque los billetes, y me lo dijo pidiendo perdón.
Y en el mismo correo puso una frase que yo leí cuatro veces:
We would like something small. Forty people, maybe.
Cuarenta personas.
Yo miré esa frase un rato largo, con el ventilador dándome en el cuello, y luego cogí un folio y empecé la lista nuestra.
Nosotros nueve. Mis padres, mi hermano, Femke, Álvaro, yo, los tres niños. Nueve.
Los hermanos de mi madre: tres, con parejas, seis. Los hijos de los hermanos de mi madre: once. Los hijos de los hijos: catorce.
Voy por cuarenta y todavía no he salido de la familia de mi madre.
El hermano de mi padre y la mujer. Cuarenta y dos.
Tía Amparo, que no es tía. Cuarenta y tres.
La vecina de enfrente de la casa del pueblo, que le da de comer al gato cuando no están. Cuarenta y cuatro.
El del bar. Cuarenta y cinco. Y digo el del bar porque en Benafús no se puede casar nadie sin el del bar, igual que no puede llover sin nubes.
Y a las once de la noche mi madre se sentó en el brazo del sofá con el teléfono fijo en la mano —el fijo, con el cable— y estuvo hora y cuarto haciendo llamadas de dos minutos, y cada llamada me añadía entre dos y siete personas, y la lista se me acabó en el folio y siguió por detrás.
Cuando colgó la última, dijo:
—Han preguntado si pueden venir los de Alcocer a la iglesia y ya está, sin comer.
—Mamá.
—A la iglesia se entra, hija. La iglesia es de todos.
Y ahí es donde yo entendí una cosa que ya sabía y que había decidido no saber: que en el pueblo de mi madre una boda no es un acontecimiento privado. Es un acto público, como una procesión. Nosotros podemos decidir quién come. Quién viene, no.
Cerramos en ciento diez para el banquete.
Ciento diez, de cuarenta.
Y esa fue la lista que le dije a todo el mundo que me estaba quitando el sueño.
La otra la hice el jueves de madrugada y no se la enseñé a nadie.
La hice porque el miércoles llamé al Registro Civil de la comarca para preguntar cómo iba lo del expediente, dando por hecho que era una cosa de pedir cita y llevar los DNI, y la mujer que me atendió fue amabilísima y me explicó, con paciencia, que para un matrimonio con una ciudadana extranjera hace falta un expediente matrimonial previo, que ese expediente lleva un tiempo, y que ese tiempo, ahora mismo, en este partido judicial, iba por siete u ocho meses.
Yo dije siete u ocho meses.
Y ella dijo sí.
Y yo dije que nos casábamos el veintidós de agosto.
Y ella se quedó callada, y luego dijo, muy suavemente, que eso no iba a poder ser.
Y luego, porque era buena persona y porque llevaba veinte años en una ventanilla, me fue diciendo la lista.
Certificado de nacimiento de ella, literal.
Traducción jurada. Certificado de estado civil.
Certificado de capacidad matrimonial, que lo emiten allí y que tarda.
Y luego, si nos casábamos por la iglesia, el expediente del obispado, que es otro y va por otro lado, y las partidas de bautismo de los dos.
Y ahí yo dije la frase que me tuve que oír a mí misma decir en voz alta a las once y media de la mañana de un miércoles de julio, en la cocina, con el móvil en la oreja:
—Ella no está bautizada.
Y la mujer dijo:
—Ah. Pues entonces también hace falta la dispensa.
Colgué y me senté en el suelo de la cocina, que es un sitio donde no me siento nunca porque tengo cuarenta y cuatro años y luego no me levanto.
Y aquella noche, a las dos y diez, hice la lista en el móvil. Doce puntos. Con lo que hacía falta, con dónde se pide cada cosa y con el tiempo mínimo real que tarda cada cosa cuando todo va bien y no es agosto.
Y sumé el tiempo mínimo real.
Y me salió que la boda de mi hermano no se podía celebrar el veintidós de agosto.
Y ahí es donde a mí se me tenía que haber ocurrido lo que se le ocurre a cualquiera, que es coger el teléfono y llamar a mi hermano a las dos de la mañana y decírselo.
Y no lo hice.
Voy a decir por qué no lo hice, y no me gusta cómo suena.
No lo hice porque llevaba desde el domingo viendo a mi hermano organizar una boda en seis semanas con una prisa que no me había explicado nadie, y porque mi hermano tiene cuarenta y siete años y ha tenido tres años malos, y porque yo iba a ser la persona que le dijera que no se podía.
Y no quería ser esa persona otra vez.
Así que guardé la lista en las notas del móvil, en una nota que se llama BODA – PAPELES, y me dormí a las tres, y a la mañana siguiente me levanté y estuve dos horas hablando de sillas.