Familia numerable (Trilogía completa) 5. La segunda fecha
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5. La segunda fecha

Bruno

Esto pasó el martes catorce, a las siete y veinte de la tarde, y no lo voy a poner por números porque no se puede.

Mi madre necesitaba el pasaporte de mi tío.

Hacía falta para un papel de los del registro. Mi tío dijo que él no sabía dónde tenía el pasaporte y mi madre dijo «yo sí sé dónde está tu pasaporte, Rodrigo», y colgó, y me dijo:

—Bruno, sube al altillo y baja la bolsa de los pasaportes. Está en el archivador, en la balda de arriba, en una bolsa de plástico transparente.

Los ocho pasaportes de esta familia están en mi casa y no en la de sus dueños.

Están aquí desde el año pasado, porque los recogió mi madre para lo del viaje —los de mis abuelos, el de mi tío y los nuestros— y los metió todos en la misma bolsa, y cuando volvimos los subió al altillo y no los devolvió.

Y nadie se los ha pedido.

En esta familia los papeles de todo el mundo están en el altillo de mi madre, y hasta este verano yo creía que eso era normal.

Mis abuelos estaban en casa porque estaban casi todos los días de aquel julio, que subían por la mañana con los papeles de la boda y se quedaban a comer y se volvían a las ocho, cuando ya se puede andar por la calle.

El altillo de mi casa es la parte de arriba del armario del pasillo. Se abre con una llave que está encima del marco de la puerta del baño, y para subir hay que poner la escalera de aluminio, la de cuatro peldaños, la que se abre haciendo un ruido que se oye desde la cocina.

La escalera ya estaba puesta.

Y arriba estaba mi abuelo.

Estaba sentado en el último peldaño de la escalera, el de arriba, con los pies en el tercero y el cuerpo dentro del hueco del altillo, de manera que desde abajo se le veían las piernas y ya está. Yo no le vi la cara hasta que subí dos peldaños.

Y hay que entender una cosa: mi abuelo tiene setenta y cuatro años y una rodilla que anuncia la lluvia. Mi abuelo no se sube a las escaleras. Mi abuelo, cuando hay que coger una cosa de arriba, dice «hijo, cógeme eso» y se pone a mirar hacia arriba con las manos en la espalda.

Y estaba ahí, subido, solo, sin decírselo a nadie, en una casa donde había cuatro personas.

La bolsa de plástico estaba abierta a su lado, encima de una carpeta, y los ocho pasaportes estaban en un montón.

Y él tenía uno en las manos.

Yo supe cuál era enseguida porque era el pasaporte de mi abuelo, el primero que había tenido en su vida.

Se lo sacó el año pasado, con una foto que le hizo un chico en una tienda de la calle Sagunto, y solo ha ido a un sitio y ha vuelto.

Ese lo tenía él abierto.

Y no lo tenía abierto por la cuarta, que es donde estaba el barco azul.

Lo tenía abierto por la primera, la de la foto.

Y yo estaba en el segundo peldaño de la escalera con la cabeza justo a la altura de sus zapatos, y mi abuelo levantó la vista y me miró.

Y yo pensé, en ese medio segundo, todo esto: que hace un año, en el último museo, con mi madre a cuatro metros mirando unas postales con mi abuela, yo cogí ese pasaporte de su bolso, me puse en la cola de la tienda con dos suecas delante, giré las dos ruedecitas para poner el dieciocho y el cero siete y aprendí a decir juli en holandés contando los meses con el dedo.

Que estampé un barco azul y me tembló la mano.

Que sabía perfectamente que eso no se hace, y que es lo más bonito que he hecho en mi vida.

Y que llevaba trescientos sesenta y un días sin decírselo a nadie, ni a mi hermana, ni a mi madre, ni a él.

Y no dijimos nada ninguno de los dos.

Mi abuelo cerró el pasaporte con la mano de arriba, así, sin mirarlo, y lo dejó encima del montón.

Y me dijo:

—El de tu tío es el azul oscuro, el de la goma.

Y yo dije que vale.

Y le pasé la bolsa. Y él me dio los ocho y yo saqué el de mi tío y volví a subirle los otros siete, y él los metió en la bolsa y la puso en la balda, en el archivador, donde han estado siempre.

Y luego bajó la escalera de espaldas, con las dos manos, apoyando los dos pies en cada peldaño antes de bajar el siguiente, y tardó como treinta segundos, y yo me quedé debajo sin tocarle y con las manos preparadas, que es una cosa que aprendí de mi hermana.

Cuando llegó al suelo se sacudió las manos en el pantalón y dijo:

—Aquí arriba hace un horno.

Y se fue al comedor.

Yo cerré el altillo, guardé la llave encima del marco del baño, bajé la escalera al trastero y estuve un rato ahí sentado en un cubo del revés.

Porque hay una cosa que no entiendo y la voy a apuntar tal cual, sin resolver, que es lo que hay que hacer cuando una cosa no se entiende.

Mi abuelo no estaba mirando el barco.

Yo lo vi. Tenía el dedo puesto en la primera página, en la de la foto, abajo del todo, en la línea de los números pequeños, en la segunda fecha.

La segunda fecha es la de caducidad. Eso lo sé porque el mío también lo tiene y lo miré cuando me lo dieron.

Y el suyo dura diez años.

Y el suyo se hizo el año pasado, o sea que todavía le quedan casi nueve.

Y estuvo un rato largo con el dedo puesto en una fecha que todavía estaba a casi nueve años de allí.

No sé para qué quiere saber mi abuelo cuándo se le caduca el pasaporte, si él ya ha ido a Holanda y ya ha vuelto y no tiene pensado ir a ningún sitio.