Familia numerable (Trilogía completa) 4. Doce llamadas
68%

4. Doce llamadas

Álvaro

Voy a contar esto porque el lunes por la mañana yo tenía un problema y el lunes por la noche no lo tenía, y en mi casa eso no se ha comentado nunca.

El problema era la finca.

Porque una boda son tres cosas: la iglesia, la comida y el sitio donde se hace la comida. La iglesia la tenía Rodrigo, o la tenía mi suegra, que es lo mismo. La comida la resuelve un catering. Y el sitio, en agosto, con cuarenta y un días, no lo tiene nadie.

Yo esto lo sé porque trabajo en obra y en obra pasa lo mismo con las grúas.

Así que el lunes me hice un Excel.

Le puse tres pestañas: FINCAS, LLAMADAS y CONDICIONES. Y en FINCAS metí las diecinueve masías que hay a menos de veinte minutos de Benafús, con nombre, teléfono, aforo, si tienen aire y si tienen barra propia. Diecinueve. Las saqué en hora y media entre dos webs y el Maps.

Y el lunes a las nueve y diez me puse a llamar por orden.

La uno me dijo que no. La dos me dijo que no y que en agosto tampoco el año que viene.

La tres no lo cogió. La cuatro me dijo que sí y que eran once mil euros más IVA y ahí decidí que la cuatro también me había dicho que no.

La cinco, la seis y la siete me preguntaron para cuándo y cuando dije el veintidós de agosto se rieron.

Las tres. Una de ellas dijo «de este agosto» con un tono que yo me apunté en CONDICIONES aunque no fuera una condición.

La ocho me dijo que tenía el veintinueve.

La nueve, la diez y la once, no.

Y la doce era el Mas de Bonaire.

Lo cogió una mujer que se llama Rosa y que lleva la finca con su hermano, y le dije lo que llevaba diciendo toda la mañana, y ella se quedó un rato callada y dijo:

—Espera un momento.

Y volvió y dijo:

—El veintidós lo tengo.

Y yo dije que cómo iba a tenerlo.

Y ella dijo:

—Porque se me ha caído.

Y ahí, si me lo permitís, yo tuve un momento de esos que se tienen tres o cuatro veces en la vida.

Porque yo llevaba doce llamadas y ciento diez minutos y me había comido tres risas, y de repente había un sitio para ciento treinta personas con aire acondicionado en el salón grande, con parking, con jardín y con las paredes de piedra, a doce minutos de la iglesia de mis suegros, el sábado veintidós de agosto.

Le di la señal por teléfono el lunes a la una y veinte.

Y ahora voy a decir una cosa que en mi casa no se ha dicho.

Una boda de ciento y pico personas en esta comarca, con catering, barra, flores, coches y la finca, se va a los treinta y cuatro mil euros. Eso lo sé porque lo tengo en la pestaña CONDICIONES desde el catorce de julio, con el IVA desglosado.

Y esto se paga así: los novios ponen doce mil, que es lo que tienen.

Mi suegro puso quince mil, que se los sacó de donde se los sacara y que anunció en la mesa de una manera que no admitía conversación, o sea, diciendo la cifra y levantándose a por el pan.

Y el resto lo hemos ido poniendo Marta y yo, que es lo que pasa siempre en las bodas y de lo que no se habla nunca.

La señal eran tres mil quinientos.

La señal la puse yo el lunes a la una y veinte con mi tarjeta, por teléfono, en el coche, con el motor parado en un arcén de la CV-700, porque Rosa me dijo que si no la tenía ese día liberaba la fecha.

No lo consulté con nadie. No es que se me olvidara: es que si lo consultaba había una conversación de dos horas y la fecha se iba.

Y a Marta se lo dije en septiembre.

En septiembre. Cuando ya estaba todo pagado y cuadrado y ella no podía hacer nada más que decirme que se lo tenía que haber dicho.

Que es lo que me dijo.

Y luego, ya de tarde, subí en coche a verlo, cincuenta minutos de ida y cincuenta de vuelta, y Rosa me enseñó la finca entera, con la cocina y los baños y el generador, y le hice once fotos, y le pregunté por qué se le había caído la otra boda y ella dijo «pues eso, que se les ha caído», y yo no insistí porque en obra tampoco se pregunta por qué se ha ido el otro contratista.

Y hay una cosa del Mas de Bonaire que voy a decir aunque en mi casa se rieron.

En la fachada, encima de la puerta grande, tienen las poleas.

Las poleas originales. De hierro, empotradas en la piedra, con el eje pasado, para subir la cosecha al granero desde la calle sin meterla por la escalera.

Exactamente el mismo sistema que vi en Ámsterdam el año pasado en las fachadas de los canales, y que le dije a Marta que quería poner en casa, y que se ha comentado en tres comidas de domingo.

Y resulta que ese sistema lo tenemos aquí. En una masía valenciana. Desde antes que ellos.

Yo eso lo llamé desde el coche.

Se lo dije a Marta y me dijo «Álvaro, la finca». Se lo dije a Vega y me dijo «guay». Se lo dije a Rodrigo por WhatsApp con dos fotos y me contestó a las siete horas y me puso «👍».

Y ya está.

Cuando llegué a casa aquella noche eran las diez y cuarto, tenía la boda resuelta y un Excel con tres pestañas, y en el comedor estaban Marta y su madre discutiendo por la lista de invitados. No me preguntaron nada de la finca. Marta me dijo que había cena en la nevera y siguió.

Y yo no digo nada, ¿eh? Yo no soy de esos. Que a mí no me hace falta que me den las gracias.

Pero al día siguiente, en la comida, mi suegro se puso al lado mío mientras yo cortaba el pan y me dijo:

—¿Y a usted quién le paga la gasolina?

Y yo le dije que nadie, que faltaría más.

Y él dijo:

—Ya.

Y se fue con su plato.

Y yo estuve tres días pensando en eso y todavía no sé si me estaba dando las gracias o si me estaba diciendo otra cosa.