Familia numerable (Trilogía completa) 2. Cinco horas de pie
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2. Cinco horas de pie

Vega

Mi tío se casa y a mí me da igual.

O sea, no me da igual, me alegro mucho y tal, pero es que llevo dos años oyendo cosas sobre mi tío y esta es la primera que no me sorprende.

A mi tío le pasa algo cada seis meses. La diferencia es que antes las cosas le pasaban y ahora las hace, que es lo que mi madre llama «madurar» y yo llamo «que se ha comprado una camisa».

Lo de la camisa lo dijo mi abuela hace un año en una escalera de Ámsterdam y sigue siendo lo más listo que ha dicho nadie de esta familia.

En junio me saqué el A1 y mi padre me compró una de ciento veinticinco de segunda mano por novecientos euros, que hace un ruido de secador y que a mi abuela le parece una barbaridad.

Y la L me la pegó él, en el guardabarros de atrás, con una regla, centrada.

Y me dio un discurso de veinte minutos sobre lo que significa la L.

Lo que significa la L, en realidad, es que la gente te adelanta más. Eso no me lo dijo él. Eso lo aprendí yo sola el segundo día.

Así que cuando lo soltó, el domingo, yo lo primero que pensé no fue nada de la boda.

Lo primero que pensé fue: cuarenta grados.

Y lo segundo: cinco horas de pie.

Porque una boda del pueblo son cinco horas de pie mínimo. Yo he ido a dos. Ceremonia de pie, fotos de pie, aperitivo de pie, y luego el banquete, que en teoría es sentado pero que en realidad son cuatro horas de levantarte a saludar a gente que te dice que te ha conocido de esto.

Y mi abuela tiene setenta y tres años.

Y yo sé cosas de mi abuela que no sabe nadie.

Sé, por ejemplo, que se le hinchan los tobillos a partir de las siete de la tarde y que se pone unos calcetines de compresión que compra en la farmacia de la calle Sagunto y que se los pone en el baño con la puerta cerrada.

Sé que cuando lleva mucho de pie apoya la mano en las cosas. No se agarra: apoya. En el respaldo, en la nevera, en el marco de la puerta. Va tocando la casa.

Sé que respira distinto los días que le duele la cadera, y que los días que respira así no dice que le duele la cadera, dice que hace bochorno.

Y sé todo eso porque la llevo desde octubre a la piscina municipal los martes.

Esa es la parte que no puedo decir.

O sea, podría decirla. Mi madre lo sabe. Se enteró en abril, ni idea de cómo, y no ha dicho nada, y yo no le he dicho que sé que lo sabe, y ella no me ha dicho que sabe que yo sé que lo sabe. Somos una familia muy sana.

Pero mi abuelo no lo sabe. Y Bruno no lo sabe. Y mi tío no lo sabe.

Y mi abuela me lo pidió. En un pasillo, de noche, en Ámsterdam, con la mano en la puerta de su habitación: esto no se lo cuentes a tu madre . Y llevo un año cumpliéndolo mal, porque mi madre se enteró igual, pero cumpliéndolo.

Así que el domingo, en el comedor, cuando ya estaban todos con las sillas y con la nave del ayuntamiento y con si tía Amparo puede subir la cuesta, yo dije:

—¿Y la abuela qué?

Y mi madre dijo:

—¿La abuela qué de qué?

—Que son cinco horas de pie. En agosto.

Y mi abuela, desde la cocina, sin asomarse, dijo:

—Ay, hija, no digas tonterías.

Que es exactamente lo que me dijo cuando le dije que la llevaba a la piscina.

Y entonces mi padre dijo que se pueden poner sillas, y mi madre dijo que sillas hay que alquilarlas, y a los once segundos ya estaban otra vez en las sillas y nadie se acordaba de por qué habíamos empezado a hablar de sillas.

Y esa es la cosa de mi familia que a mí me pone de los nervios y que no sé explicar sin parecer una borde.

Que sí se ocupan. Que se ocupan muchísimo. Se ocuparon de las sillas.

Es que se ocupan de la silla y no de quién se tiene que sentar.

Y en cuanto lo pensé se me ocurrió lo otro, que es peor, y que ya no se me quitó en toda la tarde.

Porque si en esta casa se ocupan de la silla y no de quién la va a usar, entonces hay otra pregunta que tampoco ha hecho nadie.

Cuando ya se había ido mi tío y ya estábamos con el café, mi madre dijo una lista de cosas que había que preguntarle a Femke. Que si iba a venir su familia. Que cuántos. Que si quería flores o no. Que si comía de todo.

Y yo pensé: vale, ¿pero alguien le ha preguntado si ella quiere casarse en agosto en un pueblo de cuatrocientos habitantes a hora y veinte de un aeropuerto?

Porque mi tío dijo «nos casamos el veintidós de agosto en el pueblo» como se dice una cosa que ya está decidida.

Y yo he hablado con Femke. Yo he sido su traductora, y he traducido cosas de mi tío que no os voy a contar nunca, y sé cómo escribe. Femke escribe frases enteras con el verbo y todo. Femke, si hubiera querido casarse en agosto en Benafús, lo habría dicho con sujeto, verbo y predicado.

Se lo pregunté por WhatsApp aquella noche.

Le puse: hey, are you ok with all this? the village, august, everything

Y me contestó a los cuarenta minutos.

Y me puso: I said yes to him. That is the part I decided.

Y yo me quedé un rato mirando eso.

Porque eso no es un sí.

Eso es una mujer de cuarenta y un años diciéndote exactamente hasta dónde llega lo que ha elegido.

Y yo tengo dieciséis años y no sé nada de nada, pero eso lo entendí a la primera.