Familia numerable (Trilogía completa) 1. El domingo doce
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1. El domingo doce

Marta

Mi hermano lo dijo de pie.

Eso es lo primero que hay que entender, porque en mi familia las cosas importantes se dicen sentado, entre el segundo plato y el postre, y después se discuten dos horas con el café delante y alguien acaba llorando o riéndose, según el año. Así se anunció el viaje a Ámsterdam.

Sentados. Siempre sentados.

Mi hermano lo dijo de pie, con las llaves del coche en la mano y una nectarina a medio comer en la otra, ya con medio cuerpo girado hacia la puerta.

—Ah, y nos casamos.

Eran las cuatro y veinte de la tarde del domingo doce de julio. Treinta y nueve grados en la calle y treinta y uno en el comedor de mis padres, con las dos persianas bajadas hasta el suelo y el ventilador de pie dando vueltas de un extremo a otro de la mesa como una pistola giratoria.

Nadie dijo nada durante tres o cuatro segundos.

Y en esos tres o cuatro segundos —esto lo tengo que contar porque si no, no se entiende nada de lo que viene después— yo hice exactamente lo que hago siempre.

Empecé a sumar.

Empecé a sumar y llegué hasta el catering antes de que mi madre soltara el trapo, y entonces me paré.

Me paré yo sola.

El año pasado, en nuestro salón, mi marido dijo que teníamos que llevar a mis padres a Ámsterdam diez días y yo estuve sumando billetes de avión hasta las once de la noche; y ahora estaba otra vez aquí, en otra silla, con otra mancha de aceite en otro mantel de hule, sumando.

Y pensé: no. Esta vez no. Esta vez que sumen otros.

Duró once minutos. Ya os lo digo ahora para que no os hagáis ilusiones conmigo.

—¿Cómo que os casáis? —dijo mi madre.

—Que nos casamos.

—¿Con la holandesa?

—Con Femke, mamá.

—Eso he dicho.

Mi hermano conoció a Femke hace un año, en Ámsterdam, en el viaje que les regalamos a mis padres por sus bodas de oro. O sea que la única cosa buena que salió de aquel viaje le salió a él, y encima nos la apuntamos nosotros, porque en esta familia el mérito se reparte a voces.

Mi madre lleva un año llamándola «la holandesa» y no es por desprecio, que quede claro: es porque no le sale el nombre.

Lo intentó en mayo, cuando Femke vino cuatro días a Valencia, y dijo Fenca , y dijo Fembe , y al tercer día dijo «hija, yo te voy a llamar Femi» y Femke le dijo que muy bien.

Femke le dice que muy bien a todo. Es lo que la hace peligrosa.

—¿Y cuándo? —dije yo, que era la pregunta con la que se acababa mi vida y todavía no lo sabía.

Y mi hermano, de pie, con las llaves, dijo:

—El veintidós de agosto.

Vega, que estaba con el móvil boca abajo sobre la mesa, que es su manera de estar presente, levantó la cabeza.

Bruno cogió su cuaderno.

Mi marido dijo «¡anda!» con esa alegría suya que no calcula nada.

Y mi madre se sentó. Que en mi madre es más grave que gritar.

—Rodrigo. Que estamos en julio.

—Ya.

—Que estamos en julio, hijo.

—Que ya lo sé, mamá.

Y luego dijo la otra mitad, que era la peor, y la dijo mirando a mi madre y solo a mi madre:

—Y nos casamos en el pueblo.

Voy a explicar lo que significa eso, porque si no parece una cosa bonita.

El pueblo de mi madre se llama Benafús, está a hora y veinte de aquí subiendo hacia el interior, tiene cuatrocientos seis habitantes en invierno y unos setecientos en agosto, y todos son primos nuestros o casi.

Tiene una iglesia, dos bares —uno abierto—, una piscina que no se llena desde hace cuatro años y una casa que era de mis abuelos y que ahora es de mis padres, con cuatro habitaciones, un patio y dos aparatos de aire acondicionado que puso mi padre en 2009 y que no se pueden encender los dos a la vez porque salta.

En esa iglesia se casaron mis padres el dieciocho de julio de mil novecientos setenta y cinco.

Y en agosto, en Benafús, a las doce de la mañana, hay cuarenta grados a la sombra. Cuarenta. No treinta y ocho. No «casi cuarenta». Cuarenta, y no baja de treinta hasta las cuatro de la madrugada, porque aquello es piedra y la piedra guarda el calor como guarda el rencor mi familia.

Mi madre no dijo nada de todo eso.

Mi madre dijo:

—¿En la nuestra?

Y mi hermano dijo que sí.

Y mi madre se puso a doblar el trapo de la cocina en cuatro, muy despacio, encima de la mesa, y no volvió a mirar a mi hermano en toda la tarde.

Después de eso hubo veinte minutos de barullo.

Que si Femke sabía dónde se estaba metiendo.

Que si había que llamar al cura. Que si tía Amparo iba a poder subir la cuesta.

Que si en agosto se puede pedir la nave del ayuntamiento.

Que si el hermano de Femke era el alto o el otro.

Que si hacía falta hacer un grupo nuevo de WhatsApp, porque el que tenemos sigue llamándose ÁMSTERDAM FAMILY 🌷✈️🇳🇱❤️🚲 y ya nadie se atreve a cambiarle el nombre.

Y a las cuatro y treinta y uno, mientras mi madre explicaba que la nave del ayuntamiento la dan si la pides con un mes, yo ya tenía hecha en la cabeza la cuenta de ciento y pico personas a cincuenta y pico euros el cubierto.

Once minutos.

Ni once y medio. Once.

Mi hermano contestó a lo que le dio la gana y se fue a las cinco menos cuarto.

Y cuando ya no estaba, cuando quedábamos los que quedamos siempre, mi padre —que llevaba toda la comida sin abrir la boca, con el plato limpio y las manos en el regazo— dijo la única cosa que dijo en toda la tarde.

No la dijo alto. La dijo mirando el mantel.

—¿Habéis ido al registro?

Y no le contestó nadie.

Porque mi hermano ya se había ido, y porque los demás estábamos hablando de sillas.

Yo lo oí. Lo oí perfectamente. Y lo aparté, igual que aparté la suma, y me puse a recoger platos.

Y ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que mi padre hizo exactamente lo que hace siempre: preguntó una vez, en voz baja, la única pregunta que importaba.

Y de que nosotros hicimos exactamente lo que hacemos siempre.