39. Consta
(Marta)
Aterrizamos en Manises a las nueve y veinte de la noche y al abrir la puerta del avión entró el calor como entra el agua en un barco.
Treinta y un grados. A las nueve y veinte.
Y los ocho, después de diez días conviviendo con tres sudaderas de tulipanes compradas a veinticuatro euros en un aeropuerto, nos quedamos parados en la pasarela como quien se mete en una bañera demasiado caliente.
Mi madre dijo:
—Ay, qué gusto.
Y lo dijo de verdad.
Antes de salir del aeropuerto fui recogiendo los pasaportes otra vez. Mi padre sacó el suyo del bolsillo interior de la chaqueta y me lo dio cerrado. Lo metí en la bolsa con los otros siete sin abrirlo.
Llegamos a casa a las once. Vaciamos los coches, metimos catorce bultos en casa en varios viajes —nuestra propia casa, que después de diez días es un lujo obsceno—, y a la una de la mañana yo seguía de pie en el salón con las maletas abiertas por el suelo porque hay una cosa que no puedo hacer, que es acostarme dejando eso ahí.
Me puse con los papeles.
Las tarjetas de embarque, los recibos que voy guardando en un sobre para luego mirar lo que nos hemos gastado y no mirarlo nunca, y la bolsa de plástico con los ocho pasaportes.
Los pasaportes hay que subirlos al altillo, al archivador, que es donde han estado siempre.
Los fui sacando de la bolsa uno por uno y poniéndolos en un montón.
Y cuando llegué al de mi padre me paré.
Me paré porque era su primer pasaporte. El que se había sacado aquel año para ir a Holanda. El primero que había usado en su vida.
Y lo abrí.
Lo abrí por la primera página, donde está la foto. Esa foto de mayo en la que mi padre tiene setenta y tres años enteros, con la cara muy seria porque no se puede sonreír, con las orejas visibles, con el pelo aplastado con saliva por mi madre en una tienda de fotos de nuestro barrio.
Y estaba sin un solo sello, como yo sabía.
Y entonces, no sé por qué, pasé la hoja.
Y la siguiente.
Y en la cuarta había un barco.
Un barco azul, pequeño, torcido, un poco corrido por el lado izquierdo, como si a quien lo hizo le hubiera temblado la mano. Con el nombre de un museo en letras pequeñísimas alrededor.
Y debajo, con unas ruedecitas de esas de girar, la fecha:
18 · 07
El día de sus bodas de oro.
Yo me quedé de rodillas en el suelo de mi salón, a la una y cuarto de la mañana, con las maletas abiertas alrededor y el aire acondicionado puesto, mirando un sello de museo estampado ilegalmente en un documento oficial del Estado español.
Y no me hizo falta preguntar quién.
De los ocho que fuimos, hay uno solo capaz de hacer eso. Uno solo que se atrevería a coger un pasaporte de mi bolso, uno solo que sabe lo que significaba aquello, y uno solo capaz de hacerlo y no contarlo.
Once años tiene.
Y no ha dicho nada. Ni aquella noche, ni en el avión, ni al día siguiente, ni en un año.
Yo tampoco.
Volví a cerrar el pasaporte, lo puse encima del montón y lo subí al altillo con los otros siete. Pero decidí que algún día se lo daría a mi padre. Sin decirle nada. Para que lo abriera y descubriera por sí mismo que, al final, su pasaporte sí estaba sellado.
Ahora voy a contar lo que pasó a partir de aquí.
Los bulbos los plantamos en octubre, en cinco macetas grandes, en la terraza de casa de mis padres. Mi padre midió la profundidad con un lápiz al que le hizo una marca, porque venía indicado en la bolsa y él esas cosas no las hace a ojo.
Salieron en marzo. Salieron veintitrés de treinta, que según mi padre está muy bien y según mi madre es un escándalo.
Mi madre le hizo una foto y la mandó al grupo de WhatsApp, que sigue llamándose ÁMSTERDAM FAMILY porque ya nadie se atreve a cambiarle el nombre.
Vega llevó a su abuela a la piscina municipal el primer martes de octubre y la ha llevado casi todos los martes desde entonces.
Mi madre no sabe nadar todavía. Se sostiene, que según la monitora es lo difícil.
Tiene setenta y tres años y hace pie en la parte que hace pie y se ríe muchísimo, y yo no me he enterado de esto hasta hace tres meses porque no me lo contó ninguna de las dos.
Rodrigo volvió a Ámsterdam en febrero. Él solo. Cuatro días. No ha contado gran cosa y nosotros no hemos preguntado gran cosa, que es la manera que hemos encontrado de quererle sin agobiarle. Se ha apuntado a inglés los lunes y los miércoles. Dice que va por las cuatrocientas palabras.
Bruno tiene doce años y sigue con la libreta de flores.
Y yo he terminado uno de los tres artículos.
El de los datos hechos. El que llevaba doce años en una caja del altillo, a dos metros de donde guardo los pasaportes. Lo mandé en enero, me lo devolvieron con doscientas correcciones en febrero, y lo volví a mandar en mayo.
No sé si saldrá. A lo mejor no sale.
Pero ya está terminado, y eso significa que ya se sabe cómo suena, y que a lo mejor suena mal, y he decidido que lo prefiero.
De todo aquel viaje —de los diez días, de las bicicletas, del barrio rojo, de la galleta, de las cuatro horas de mi padre sentado en una piedra—, lo que a mí se me ha quedado es una cosa muy tonta que ni siquiera vi.
Un niño de once años, solo, delante del mostrador de una tienda de museo, girando unas ruedecitas para poner bien la fecha y comprobando tres veces cuál correspondía al día y cuál al mes.
Sabiendo perfectamente que aquello no se hace.
Y haciéndolo igual, para que su abuelo, algún día, abriendo ese pasaporte para cualquier tontería, encontrara la prueba de que salió.
Porque mi padre tiene razón en una cosa, y la aprendió en cuarenta años detrás de una ventanilla: las cosas, si no constan, es como si no hubieran pasado.
Y ahora consta.
Yo escribí, al principio de todo esto, que a lo mejor aquel viaje no era un regalo sino un plazo.
Lo escribí una noche de junio, sentada en el sofá con el móvil apagado, cuando ya estaba todo pagado y casi nada podía echarse atrás.
Y sigue siendo verdad. Es un plazo. Lo era entonces y lo es ahora y lo va a ser el año que viene, y no hay bulbos ni sellos ni bodas de oro que arreglen eso.
Lo que yo no sabía en junio, y ya sé, es que un plazo también se puede celebrar.
Que es, mirándolo bien, lo único que hemos hecho siempre.
Y a mí, cada vez que me acuerdo, me pasa exactamente lo que dijo él aquella tarde, junto a la furgoneta, hace ya dos veranos, cuando éramos ocho por primera vez y yo todavía no sabía escucharle:
Que se puede estar contento y apenado a la vez.
Que se puede.
FIN