Familia numerable (Trilogía completa) 38. Lo que hice el día antes
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38. Lo que hice el día antes

(Bruno)

Voy a contar una cosa que no sabe nadie.

No la sabe mi madre, ni mi padre, ni mi hermana, ni mi tío, ni mis abuelos. La sé yo. Y ahora la sabéis vosotros, que es distinto, porque vosotros no estáis en mi casa.

Lo hice el día antes. El día de las bodas de oro, por la mañana, antes de la cena.

Aquella mañana fuimos a un museo pequeño de barcos que había cerca, porque mi padre dijo que no íbamos a pasarnos el último día completo haciendo maletas y porque a mi abuelo le gustan las cosas que tienen piezas.

Y en la tienda de la entrada, encima del mostrador, al lado de la caja, había un sello.

De esos de madera, con el mango redondo, y una almohadilla de tinta al lado.

Está para los niños. Te compras un cuaderno o un mapa y te lo sellan, o te lo sellas tú, y sale el dibujo del museo, un barco, con el nombre debajo y con la fecha, porque tiene unas ruedecitas con los números que se giran.

Yo estuve un rato mirándolo.

Y luego fui donde mi madre.

Mi madre lleva todos los pasaportes en una bolsa de plástico con cierre, de esas de congelar, dentro del bolso. Los ocho juntos, con las tarjetas sanitarias. Lo hace desde el primer día porque dice que si los lleva cada uno se pierde alguno seguro.

Y el bolso estaba colgado del carrito de Nico.

Y mi madre estaba a cuatro metros mirando unas postales con mi abuela.

Yo cogí la bolsa. Saqué el de mi abuelo, el que se había sacado aquel año por primera vez, con la foto de este año.

Y me fui con él al mostrador.

Y ahí me quedé parado un rato bastante largo, porque yo sé perfectamente lo que es un pasaporte.

Es un documento oficial. Lo pone dentro. Yo lo leí el día que se lo dieron, en el sofá de mi casa, mientras mi abuelo se lo enseñaba a mi madre. Pone que es propiedad del Estado y que no se puede escribir en él y que hay que devolverlo si te lo piden.

O sea que lo que yo iba a hacer estaba mal.

No un poco mal. Mal de verdad. De esas cosas que si te pilla un policía no le vale que digas que tienes once años.

Y lo hice igual.

Abrí el pasaporte por una hoja del medio, de las que están en blanco, porque en la primera no quise.

Puse el sello en la almohadilla. Le di la vuelta a las ruedecitas hasta que la fecha estuvo bien, que me costó, porque las dos eran iguales y tuve que comprobar tres veces cuál correspondía al día y cuál al mes.

Y lo apreté.

Y salió.

Salió un barco azul, torcido, un poco corrido por un lado porque me tembló la mano, con el nombre del museo en letras pequeñas y con la fecha: 18 · 07 .

Y me quedé mirándolo y me puse muy contento y luego me puse malo, las dos cosas a la vez y en menos de un segundo.

Cerré el pasaporte. Volví al carrito. Lo metí otra vez en la bolsa de congelar, el tercero por abajo, que es donde estaba.

Y nadie vio nada.

Ahora tengo que explicar por qué no lo dije.

Porque lo pensé. Lo pensé aquella noche en la cena, cuando le di el avión, que era el momento. Lo tenía en la mano y podía haber dicho «y además te he sellado el pasaporte», y todo el mundo se habría reído y mi abuela habría dicho ay, este niño.

Y no lo dije.

Y lo pensé otra vez en el aeropuerto, cuando mi abuelo se puso delante del mostrador y golpeó dos veces con la mano encima del papel y la chica le dijo que no y mi madre se lo tuvo que traducir.

Ahí lo tuve clarísimo. Ahí estuve a punto. Tenía a mi abuelo a diez metros guardándose el pasaporte en la chaqueta con todas las páginas de sellos aparentemente en blanco, y yo sabía que en una de las hojas de en medio había un barco azul torcido con la fecha de sus bodas de oro.

Y no lo dije tampoco.

Y la razón es esta, y la he pensado mucho, y creo que es verdad:

Si yo se lo digo, mi abuelo dice que no hacía falta.

Eso lo sé seguro. Es lo que dice siempre. «No hacía falta, hijo.» Y entonces ya no es una cosa que él encuentra: es una cosa que yo le he hecho, y él tiene que dar las gracias, y ponerse contento delante de todos, y esa es la parte que a mi abuelo se le da mal, y por eso nadie le regala nunca nada.

Y en cambio, si no digo nada, un día va a abrir ese pasaporte él solo. Para el banco, o para el médico, o para nada.

Y va a estar ahí.

Y no va a tener que decirle nada a nadie.

Y va a poder poner la cara que le dé la gana, porque no habrá nadie mirándole.

Eso es lo que yo quería.

En el avión de vuelta me tocó al lado de mi hermana, que se durmió en el despegue con la boca abierta y la cabeza en mi hombro, cosa que voy a usar contra ella durante años.

Y mi abuelo iba dos filas delante, en la ventanilla.

Y esta vez sí miró. Miró todo el rato. Con la cara pegada al cristal, como un crío.

Yo lo estuve mirando un rato desde atrás.

Y luego saqué la libreta de flores y escribí lo último del viaje:

47. Hecho. No decir nada nunca.