37. No consta
(Marta)
Cerramos aquella casa a las dos de la tarde.
Álvaro dejó el jarrón en su sitio, girado, con las grietas hacia la pared, y estuvo un rato colocándolo hasta que quedó igual que el primer día. Antes de salir se asomó a la ventana y miró el gancho de la fachada por última vez, y dijo:
—Yo pongo uno.
Nadie le contestó, porque ya no hacía falta.
Bajamos aquella escalera empinadísima por última vez, agarrados a la cuerda, con catorce bultos. Mi padre bajó el último. Tardó lo suyo. Nadie subió a ayudarle y nadie se giró a mirar, que después de diez días ya sabíamos hacerlo bien.
Nada más llegar a Schiphol, antes de ponernos en la cola para facturar, saqué del bolso la bolsa de plástico con los ocho pasaportes y los repartí. Mi padre cogió el suyo y se quedó con él.
Facturamos a las cuatro menos cuarto.
Lo llevaba otra vez en la mano derecha, cerrado, con el pulgar metido por la mitad.
En el décimo día. Exactamente igual que el primero.
Yo lo vi desde la cola y me subió una cosa por dentro que no supe nombrar hasta más tarde, cuando ya no servía de nada.
Facturamos. Nadie le pidió que abriera el pasaporte: Álvaro llevaba las tarjetas de embarque en el móvil y, cuando hizo falta identificarse, bastó con enseñar el documento.
Pasamos el control de seguridad. Ahí tampoco.
Y llegamos a la puerta de embarque, y mientras esperábamos, mi padre se levantó, se acercó al mostrador donde había dos chicas de la compañía preparando el vuelo, y se puso delante.
Yo estaba sentada a diez metros y lo vi todo.
Él no dijo nada, porque no podía decir nada.
Lo que hizo fue esto: puso el pasaporte encima del mostrador, abierto por la primera página. Y luego levantó la mano derecha, cerrada, y la bajó dos veces sobre el papel.
Pum. Pum.
El gesto de sellar. El gesto que ha hecho ese hombre cuarenta años, ocho horas al día, en una ventanilla de un banco de Valencia.
La chica lo miró, y luego miró el pasaporte, y luego lo volvió a mirar a él. Y le dijo algo, en inglés, sonriendo.
Y mi padre no se movió.
Y volvió a hacer el gesto.
Y entonces me levanté yo.
Le expliqué a la chica lo que quería. Se lo expliqué en mi inglés de artículo científico, con frases larguísimas y demasiado formales, como sé hacerlo, y ella lo entendió a la primera y me contestó lo que yo ya sabía.
Que en los vuelos dentro del espacio Schengen no se sellan los pasaportes. Que allí no había ningún control fronterizo. Que lo sentía mucho.
Y me lo dijo con muchísima educación, y hasta buscó una cosa detrás del mostrador por si tenía algo, y no tenía.
Y luego me miró a mí para que yo se lo dijera a él.
Antes de que yo abriera la boca, mi padre, que no había entendido ni una palabra pero que había entendido perfectamente la cara de la chica, le dijo:
—Muchas gracias. Muy amable.
Y ella dijo algo en inglés y se puso colorada.
Y ahí es donde tuve que hacerlo.
—Papá, aquí no sellan.
Mi padre me miró.
—¿Cómo que no sellan?
—Que entre estos países no sellan. Es como ir a Madrid.
Y dijo:
—Ya.
Cogió el pasaporte del mostrador, lo cerró, le dio la vuelta en la mano una vez, y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Y volvió a sentarse.
Y se quedó ahí, con las manos encima de las rodillas, mirando la pista.
Yo me senté a su lado y estuve un rato sin decir nada, porque no encontraba por dónde empezar y porque cualquier cosa que dijera iba a ser peor.
Al final le dije una tontería. Le dije que bueno, que así no se estropea.
Y mi padre dijo:
—Es que si no, no consta.
Y yo dije:
—¿El qué no consta, papá?
Y no me contestó.
Se quedó mirando un avión que estaba retrocediendo empujado por un camión, y no me contestó, y no ha vuelto a mencionar el tema nunca más.
Pero yo lo sé.
Yo sé exactamente lo que no consta, porque soy hija de ese hombre y porque me crie oyendo esa palabra en aquella casa. Constar. Si no está apuntado, no ha pasado. Si no hay justificante, no lo reclames. Si no hay sello, no vale.
Cuarenta años detrás de una ventanilla, cogiendo papeles de la gente y devolviéndoselos con una marca de tinta que convertía un papel en una prueba.
Y él salió de España por primera vez a los setenta y tres años.
Y volvió con todas las páginas de sellos en blanco.
Y ahora yo tengo que contar la parte que me toca a mí, que es la única razón por la que estoy escribiendo todo esto.
Yo lo sabía desde el primer día.
Yo sabía, desde que aterrizamos, desde que anduve veintidós minutos por aquel aeropuerto detrás de él viéndole llevar el pasaporte en la mano como quien lleva una entrada, que nadie se lo iba a pedir. Nunca. Ni una vez en diez días.
Y no se lo dije.
No se lo dije porque no supe cómo, y porque me pareció que se lo estropeaba, y porque me dije a mí misma que ya se daría cuenta él solo.
Y se dio cuenta él solo, sí. En un mostrador. Delante de una desconocida. Haciendo con la mano un gesto que llevaba haciendo cuarenta años.
Embarcamos a las cinco y media.
Mi padre iba en la ventanilla otra vez.
Y esta vez, cuando despegamos, miró.