36. Bulbos
(Bruno)
El último día el avión salía a las seis y diez de la tarde, o sea que teníamos la mañana.
Mi madre dijo que había que hacer las maletas y mi abuelo dijo que él quería ir a un sitio.
Mi madre le preguntó a dónde.
Y él dijo:
—Al mercado de las flores.
Está en un canal, en el centro, y son unos puestos montados encima del agua, sobre unas barcas fijas, y llevan allí desde hace muchísimo tiempo.
Fuimos mi abuelo, mi abuela, mi madre y yo. Los demás se quedaron con las maletas.
Y allí hay de todo menos lo que la gente espera.
Yo eso ya lo sabía. Ya lo sabía desde el día cinco, que fue cuando me enteré de lo de Keukenhof y de que en julio no hay tulipanes ni aquí ni en ninguna parte.
Y mi padre lo sabía porque se lo dije yo en la cocina.
Y nadie más lo sabía. Eso es lo que yo creía.
En el mercado hay flores cortadas, hay plantas, hay souvenirs, hay imanes, hay unos zuecos de madera con tulipanes pintados encima, y hay, en todos los puestos, en cajas y en mallas y en bolsas de rejilla, montañas de bulbos.
Un bulbo es una cosa marrón, seca, que parece una cebolla pequeña y fea.
Eso es un tulipán en julio.
Y yo iba detrás de mi abuela vigilando, porque llevaba desde el día cinco con el estómago revuelto pensando en el momento en que ella dijera «¿y los tulipanes?».
Y mi abuela no lo dijo.
Y mi abuelo no miró ni una flor.
Eso es lo que a mí me hizo darme cuenta. Que no miró ni una.
Un señor que entra en un sitio así, con doscientos puestos de flores de colores, mira. Aunque no compre, mira. Mi madre miraba, mi abuela miraba y tocaba las hojas.
Mi abuelo fue andando derecho, sin pararse, tres puestos, y se metió en el cuarto, y fue directamente al fondo, donde estaban las cajas de los bulbos.
Como quien va a un sitio que ya conoce.
Y se puso a mirarlos uno por uno. Los cogía, les daba la vuelta, apretaba un poco con el dedo.
Yo me puse a su lado y no dije nada.
Y a los dos minutos le dije:
—Abuelo.
—Dime.
—Tú lo sabías.
Y mi abuelo siguió mirando bulbos y dijo:
—El qué.
Y yo dije:
—Que no había tulipanes.
Y mi abuelo dejó de mover las manos.
Y siguió mirando la caja, sin girarse hacia mí, y dijo:
—Desde mayo.
Y yo me quedé sin nada que decir, que es una cosa que casi no me pasa.
Me lo contó ahí, en dos frases, porque él las cosas las cuenta en dos frases.
El día de los pasaportes, cuando salieron de la agencia de viajes, se quedó atrás y le preguntó dos cosas a la chica del mostrador.
La primera fue si en julio habría tulipanes.
Y la chica le dijo que no. Que eso es de marzo a mayo. Que en julio no hay.
Y la segunda fue dónde se compran en esa ciudad las cosas viejas, las piezas, los aparatos antiguos.
Y la chica le escribió el nombre del mercadillo en un papel.
Y luego se subió al coche, y mi padre le prometió a mi abuela delante de él que iba a ver tulipanes, y él no dijo nada.
—¿Y por qué no dijiste nada? —le pregunté.
Y mi abuelo dijo:
—Porque tu padre lo dijo con mucha ilusión.
Y ya está. Esa fue toda la explicación.
Dos meses. Sabiéndolo. Desde antes de comprar la maleta.
Y entonces me di cuenta de una cosa y me tuve que agarrar al borde del puesto.
Yo llevaba desde el día cinco callándome exactamente lo mismo. Por exactamente el mismo motivo. Sin saber que él ya se lo estaba callando desde mayo.
Los dos. En la misma casa. Con la misma boca cerrada. Para no fastidiarle la ilusión al mismo señor.
Yo tengo once años y mi abuelo tiene setenta y tres.
Compró treinta bulbos.
Los pesó el hombre en una bolsa de rejilla marrón y costaron catorce euros, y mi abuelo pagó con billetes de aquel sobre suyo, que ya casi no tenía nada.
Y cuando volvió mi abuela de mirar las plantas, le puso la bolsa en las manos y le dijo:
—Toma, Carmen.
Y ella dijo:
—¿Y esto qué es?
Y mi abuelo dijo:
—Tulipanes.
Y mi abuela miró aquella bolsa de rejilla llena de cosas marrones y feas que parecían cebollas.
Y no dijo «pues vaya tulipanes». Ni se rio. Ni preguntó nada.
Se quedó callada un momento y luego dijo:
—¿Y cuándo salen?
Y mi abuelo dijo:
—En marzo. En casa.
Y ella se puso la bolsa contra el pecho, con las dos manos, como se coge un niño, y se quedó así.
Mi madre estaba dos metros detrás y no dijo nada tampoco, pero luego, en el taxi, iba mirando por la ventanilla y no habló en veinte minutos.
Sin número. Los tulipanes no se compran. Se plantan en octubre y salen en marzo. O sea que el abuelo no le ha comprado unas flores. Le ha comprado ocho meses.