35. La escalera
(Vega)
La última noche no durmió nadie bien y yo directamente no dormí.
A la una y algo salí de la habitación porque Bruno se había puesto a roncar y porque Nico había pedido agua dos veces, y me fui al único sitio de aquella casa donde no había nadie, que era la escalera.
Me senté en el cuarto escalón, con la espalda apoyada en la pared y los pies dos peldaños más abajo, que en una escalera tan empinada es la única postura posible.
Y a los diez minutos apareció mi abuela.
Salió con la rebeca por encima del camisón, vio que estaba yo, y en vez de decirme que qué hacía ahí y que me fuera a la cama, se agarró a la cuerda y bajó tres escalones y se sentó a mi lado.
Tardó como un minuto en sentarse. Yo no le ayudé, porque ya había aprendido eso.
Estuvimos un rato calladas.
Se oía el agua del canal y ya está.
—Abuela.
—Dime.
—¿Tú sabes lo del tito?
Y mi abuela dijo que sí con la cabeza, muy despacio, y luego dijo:
—Lo de la señora alta.
Yo le pregunté que cómo lo sabía, porque mi tío no se lo había contado a nadie más que a mí, y a mi padre por accidente aquella misma mañana.
Y mi abuela dijo:
—Hija, es que se compró una camisa.
Nos dio la risa. Otra vez esa risa de tener que taparse la boca, en una escalera, a la una y media de la mañana, con toda la familia durmiendo detrás de dos puertas.
Cuando se nos pasó, mi abuela dijo:
—El delfín del baño lo pintaste tú.
No era una pregunta.
Le dije que sí. Le dije que también pinté el del año pasado, el de casa, cuando estábamos todos raros. Y le pregunté cómo lo sabía.
Y dijo:
—Porque le pones los ojos como una persona.
Y no dijo nada más, y yo tampoco, y aquello se quedó ahí, que es donde se quedan en esta casa las cosas que se saben.
Le conté lo que sabía. Que se habían escrito todos los días. Que ella preguntó por el abuelo dos veces antes que por nada. Que le había buscado el restaurante. Que aquella misma tarde le había mandado un mensaje que yo le tuve que traducir y que decía que si algún día volvía, que le avisara.
—¿Y él qué ha contestado?
—Nada todavía. Lleva tres horas escribiendo.
Y mi abuela dijo:
—Pues que no conteste mucho, que cuanto más escribe, peor.
Que es, con diferencia, el mejor consejo amoroso que he recibido en mi vida.
Luego se quedó mirando la pared de enfrente y dijo:
—Tu tío ha estado muchos años solo.
Y yo dije que ya.
Y ella dijo:
—No. Solo de verdad, digo. Aunque hubiera gente.
Y ahí ya no dijimos nada de mi tío.
Y entonces le pregunté yo la cosa.
No sé por qué se la pregunté. Bueno, sí lo sé: se la pregunté porque llevaba dos días dándole vueltas desde que me enteré, por mi madre, de que mi abuelo había querido ser piloto y había acabado cuarenta años en un banco. Eso me lo contó mi madre en la calle, buscándolo, la noche de antes.
Y yo pensé: vale. Del abuelo lo sabemos.
¿Y ella?
—Abuela.
—Qué.
—¿Y tú qué querías ser?
Y mi abuela se giró y me miró.
Y no me contestó.
Se quedó mirándome con las cejas un poco levantadas, como cuando alguien te habla en un idioma que no conoce.
Y a los cinco o seis segundos dijo:
—Pues no lo sé.
Yo le dije que venga ya.
Y ella dijo, y esto lo dijo sin ninguna pena, que es lo que lo hace horrible:
—Es que no me lo ha preguntado nadie nunca, hija.
Y yo me quedé con eso puesto encima.
Setenta y dos años. Una boda, una casa, cincuenta años de matrimonio, dos hijos, tres nietos, cuatro operaciones, dos entierros.
Y nadie, en setenta y dos años, le había preguntado nunca qué quería ser.
Ni su madre. Ni su marido. Ni sus hijos. Ni yo, hasta esa noche, y yo se lo pregunté por casualidad.
Estuvo pensando un rato de verdad. Se le notaba. Movía un poco la boca.
Y al final dijo:
—Yo lo que quería es aprender a nadar.
Y yo dije:
—¿Nadar?
Y ella dijo que sí. Que en su pueblo había un río y que las niñas no iban al río.
Que a su hermana la llevó una vez una prima y que ella se quedó en casa porque tocaba planchar.
Que luego se casó, y luego los críos, y que en la playa siempre se quedaba con las cosas y con las toallas, y que en cincuenta años nadie le ha preguntado nunca por qué se quedaba ella siempre con las cosas.
—Y ya está —dijo—. Que no sé nadar. Setenta y dos años y no sé nadar.
Y yo le dije:
—Pues yo te enseño.
Y mi abuela se rio y me dijo que no dijera tonterías.
Y yo le dije que no era ninguna tontería, que en Valencia hay una piscina municipal a diez minutos de su casa, que yo tenía libres los martes por la tarde, y que había clases para adultos porque lo había visto una vez en un cartel.
Y ella dijo «ay, hija».
Y luego se quedó callada.
Y luego dijo, bajito, mirándose las manos:
—¿Tú crees?
Y ahí ya no pude hacer nada, y menos mal que estábamos a oscuras.
Subimos a las dos y cuarto. Ella delante, agarrada a la cuerda, y yo detrás, sin tocarla y con las manos preparadas.
En la puerta de su habitación se giró y me dijo:
—Vega. Esto no se lo cuentes a tu madre.
Y yo le dije que vale.
Y se me ocurrió, ahí de pie en el pasillo, que en mi familia no hay una sola persona que no le esté guardando un secreto a otra.
Y que ninguno de esos secretos es malo.
Eso es lo raro de nosotros.