34. Debajo de la ropa tendida
(Marta)
Volvimos del restaurante a las diez y media y mi marido dijo que la noche no se podía acabar así.
Yo le dije que la noche estaba muy bien como estaba. Que mi padre todavía llevaba encima el cansancio y el susto de la noche anterior, que mi madre tenía una edad, que al día siguiente había que hacer ocho maletas.
Y mi marido sacó de la maleta un altavoz.
Un altavoz. Del tamaño de una lata de tomate, que se había comprado en Valencia antes de venir, y que llevaba nueve días en el fondo de la maleta esperando su momento.
Yo no sabía nada de aquel altavoz.
Lo puso encima del mueble del salón, al lado del jarrón pegado, y buscó una lista en el móvil que llevaba preparada, y que se llamaba —lo vi— «BODAS DE ORO ».
Y el salón de aquella casa, a las once menos veinte de la noche, seguía siendo un tendedero.
Porque la ropa de la quinta lavadora todavía estaba húmeda, y estaba colgada del cable del cargador largo y de la barra de la cortina de la ducha, tal y como la había montado él dos días antes: dos filas cruzando el salón entero, con camisetas, con pantalones de Bruno, con calcetines emparejados por los tobillos, con la rebeca de mi madre.
No la quitamos.
Nadie propuso quitarla, y eso es una cosa en la que he pensado mucho después.
Mi padre se levantó el primero.
Eso no me lo esperaba. Yo pensaba que habría que insistirle diez minutos, que diría que no, que él ya está mayor, que bailen los jóvenes.
Se levantó, se abrochó el botón de la chaqueta, le tendió la mano a mi madre y dijo:
—Carmen.
Y mi madre dijo «ay, Ernesto, por Dios», que es su manera de decir que sí, y se levantó.
Y bailaron un bolero de esos que ponían en las bodas de los sesenta, en tres metros cuadrados de un piso alquilado de Ámsterdam, debajo de la ropa tendida, con una camiseta de mi hijo rozándole la cabeza a mi padre cada vez que giraban.
Y no se rieron de eso. Ni una vez. Apartaron una manga con la mano y siguieron.
Bailaban muy juntos y muy poco, casi sin moverse del sitio, con esa manera de bailar de la gente que aprendió a bailar cuando bailar era la única forma que había de tocarse en público.
Mi hija los grabó con el móvil. Diecisiete segundos. Es el vídeo más visto de esta familia y yo no lo puedo ver entero todavía.
Y luego pasó lo de la radio.
Fue después, ya sentados, cuando quedábamos cuatro despiertos: mis padres, Álvaro y yo. Mi hermano se había ido a la cama, los niños también.
Y Álvaro, que no puede dejar un tema quieto, dijo:
—Ernesto, ¿y ahora qué hace con la radio?
Mi padre se llevó la mano al bolsillo de la camisa, sacó la servilleta y la abrió encima de la mesa. Allí estaba la pieza vieja, con sus dos patitas de metal y el cristal empañado por dentro.
Mi padre la miró.
Y dijo:
—Seguir.
Álvaro preguntó si iba a seguir buscando después de treinta años.
Y mi padre se quedó un rato callado, con la servilleta abierta delante, y luego dijo una cosa que yo llevo un año dándole vueltas y que voy a copiar exactamente como la dijo, porque si la resumo se estropea:
—Es que mientras no la termine todavía puede quedar mejor.
Nadie dijo nada.
Y él siguió, porque por lo visto aquella noche le tocaba hablar a él:
—El día que la termine, ya está. Ya se sabe cómo suena. Y a lo mejor suena mal.
Y luego dobló la servilleta otra vez, con la pieza dentro, y se la guardó.
Y añadió, mirando a Álvaro:
—Tú eso lo entiendes.
Y mi marido dijo que sí, y yo sé que no lo entendió, y no pasa nada.
Yo sí lo entendí.
Yo lo entendí demasiado bien, y me tuve que levantar a por agua para que no se me notara en la cara.
Porque yo tengo una caja en el altillo de casa con tres artículos empezados. Tres. Uno de ellos con los datos hechos. Y llevo once años diciendo que en cuanto los niños sean un poco mayores.
Y no es que no tenga tiempo.
Es que mientras no lo termine, todavía puede ser bueno.
Mi madre estaba enfrente y no dijo nada. Pero yo me levanté a por el agua y cuando volví me había puesto ella el vaso lleno en mi sitio.
Y eso, en esta familia, es una disculpa.
Yo le di dos golpecitos en el hombro al sentarme.
Y eso, en esta familia, es que está aceptada.
No hemos vuelto a hablar de la galleta ni de aquella mañana en la cocina. Ni una vez en todo el año.
Nos hemos llamado por teléfono ciento y pico veces desde entonces.