Familia numerable (Trilogía completa) 33. Dos cosas en el mismo bolsillo
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33. Dos cosas en el mismo bolsillo

(Bruno)

El restaurante estaba en una calle estrecha y tenía las mesas de madera muy juntas y unas velas dentro de unos vasos rojos.

Nos sentaron en una mesa larga al fondo, para ocho.

Mi abuelo se sentó en el medio, de espaldas a la pared, porque mi abuela dijo que ahí no le daría el aire, y mi abuela se sentó a su lado.

Ella llevaba un vestido azul oscuro que traía en la maleta desde Valencia y que no se había puesto ningún día. Nueve días con ese vestido en la maleta, esperando.

Y él llevaba una chaqueta.

En julio. Con diecisiete grados fuera, pero con chaqueta, que es distinto.

Yo tenía dos cosas en la mochila y no se lo había dicho a nadie.

Primero hubo comida y estuvo bien. Luego mi padre se levantó a decir unas palabras.

Habló cuatro minutos y medio. Los conté, porque en algún momento me puse a contar. Dijo que eran un ejemplo, dijo que el amor de hoy en día no es como el de antes, y dijo una palabra, «trayectoria», que se le atascó y que la tuvo que decir dos veces.

Mi abuela lloró un poco. Mi abuelo miraba el mantel.

Luego habló mi tío.

Mi tío se levantó, se quedó de pie, dijo:

—Papá, mamá.

Y se quedó callado como cinco segundos, que de pie son muchísimos, y luego dijo:

—Gracias por aguantar.

Y se sentó.

Y eso fue todo lo que dijo mi tío, y a mí me pareció mejor que lo de mi padre, aunque no lo dije.

Mi madre no quiso hablar. Dijo que no, con la mano, dos veces. Y luego se levantó al baño y tardó bastante.

Y entonces me levanté yo.

No lo tenía preparado. Bueno, sí. Tenía preparada la mitad.

Saqué la libreta de mi abuela.

Y en cuanto la saqué, ella la vio. Se le puso una cara. Se llevó la mano al pecho y dijo «ay», bajito, porque llevaba tres días buscándola.

Y yo dije, delante de todos:

—Nos las cambiamos el día de la lluvia.

Y señalé su bolso con la otra mano, porque ella tenía la mía allí; se la había visto dos días antes y no había dicho nada.

Mi abuela sacó mi cuaderno de su bolso y me lo pasó un momento, encima de la mesa, delante de todo el mundo. Yo dejé su libreta delante de ella.

Y mi abuela me miró.

Y yo la miré a ella.

Y nadie más en aquella mesa entendió nada de lo que estaba pasando, y mi padre incluso dijo «anda, mira», y se puso a explicarle a mi tío una cosa de las libretas que no venía a cuento.

Pero mi abuela y yo sí lo entendimos.

Porque ella sabía que yo había leído sus cuatro frases. Y yo sabía que ella había leído lo que escribí de ella. Y ninguno de los dos lo dijo, ni entonces ni nunca, y eso, según he ido aprendiendo en este viaje, en mi familia es la manera que tenemos de decir las cosas.

Luego abrí mi cuaderno.

Lo abrí por la página que yo quería, que la tenía marcada con un trozo de papel desde hace un año.

Y leí en voz alta lo que puse el verano pasado, cuando estábamos todos en casa y éramos ocho por primera vez y yo tenía diez años:

«Contento y apenado a la vez, se puede.» Lo dijo el abuelo el verano pasado, mientras bajábamos las cajas a la furgoneta. No lo entendí. Preguntar cuando sea mayor.

Y luego dije:

—Ya lo entiendo.

Le devolví mi cuaderno a mi abuela y ella empujó hacia mí la libreta de flores. Así que nos quedamos como estábamos desde el día de la lluvia: ella con la mía y yo con la suya.

Y no expliqué nada más porque no sabía cómo, y porque además me estaba pasando una cosa en la garganta.

En la mesa no habló nadie.

Mi abuelo levantó la cabeza y me miró. Y estuvo un rato mirándome. Y luego dijo, muy bajito, para él:

—Vaya.

Y ahí saqué lo otro.

Estaba envuelto en el calcetín, que ya sé que no es una manera de envolver un regalo, pero es que yo no sabía que iba a hacer esto y no tenía papel.

Lo puse encima de la mesa, delante de él, y quité el calcetín.

Y era el avión.

El de metal. El suyo. El que salió de la caja mojada el año pasado en el trastero, cuando pasó todo, y que él dijo que pensaba que lo había perdido, y yo dije que se le podía arreglar el ala, y él dijo que claro que se podía.

Y luego no lo arreglamos nunca.

Y yo me lo guardé aquel día en el bolsillo y no se lo devolví, y me lo llevé a mi cuarto, y ha estado un año en el cajón de abajo debajo de los calcetines.

Lo he intentado tres veces. Con los dedos, con los alicates de mi padre y con un destornillador.

Está mejor. No está bien. Se le nota una arruga en el metal donde lo doblé de más.

Mi abuelo no lo cogió enseguida.

Estuvo mirándolo un rato encima del mantel, entre los vasos rojos, sin tocarlo.

Y luego alargó la mano y lo cogió con dos dedos, por el fuselaje, y lo levantó a la altura de la cara y lo giró despacio.

Y le pasó el pulgar por el ala, por la parte de la arruga.

Yo dije, y esto no lo tenía preparado:

—Lo he intentado, abuelo. Pero está muy doblado desde hace mucho.

Y mi abuelo, que llevaba nueve días diciendo cinco palabras al día, respondió:

—Está mucho mejor de lo que estaba.

Y no lo dejó en la mesa.

Se llevó la mano al bolsillo de la camisa, debajo de la chaqueta, y lo metió ahí dentro.

Y yo vi, cuando abrió el bolsillo, que dentro ya había una cosa. Una servilleta de papel doblada, con un bulto pequeño.

Y metió el avión al lado.

Sin número. Hoy el abuelo ha guardado dos cosas en el mismo bolsillo. Una lleva treinta años esperando un recambio. La otra la perdió cuando era un niño y se la ha devuelto otro niño. Y las dos están rotas. Y las dos las quiere igual.