Familia numerable (Trilogía completa) 32. Cincuenta años y una mesa para ocho
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32. Cincuenta años y una mesa para ocho

(Álvaro)

Aquella mañana no se levantó nadie antes de las diez.

Habíamos llegado todos a casa poco antes de las doce de la noche, mi suegro andando despacio del brazo de mi suegra, y aquello fue una cosa que no sé describir.

Nadie gritó. Nadie preguntó nada. Marta abrazó a su padre y él le dio dos palmaditas en la espalda, que es todo lo que hace él, y dijo «bueno, bueno», y se fue a la cama.

Cinco minutos duró.

Cinco minutos, después de más de seis horas fuera de casa.

Y a mí lo que me tuvo despierto no fue el susto. Fue que aquel día era dieciocho de julio .

Cincuenta años exactos.

O sea que teníamos una cena que organizar, y yo me había pasado la noche entera buscando a mi suegro por el norte de una ciudad que no conozco, y eran las diez de la mañana, y no había reservado en ningún sitio.

Empecé a llamar a las once.

Y aquí va un dato que no sabíamos y que nos costó la mañana: allí no se entra en un restaurante y se cena. Allí se reserva. Con días. Y para ocho personas, con dos mayores y un niño de dos años, en pleno julio, un viernes por la noche.

Llamé a nueve sitios.

Nueve. Con mi inglés, que es el de los aeropuertos, y que sirve para todo menos para el teléfono, porque por teléfono no puedes señalar.

— Hello. Table. Eight persons. Tonight.

— Tonight?

— Yes. Tonight.

Y luego decían una frase larga, y yo entendía «sorry» y entendía «fully», y colgaba.

Nueve veces.

A la novena me senté en la escalera del portal con el móvil en la mano y estuve un rato ahí, y me pasó una cosa que no me pasa a mí casi nunca, que es que se me quitaron las ganas.

Y entonces subí y le dije a mi cuñado que escribiera a la holandesa.

Rodrigo me dijo que no.

Me lo dijo así, de mala manera, «que no, que déjame», y se fue a la cocina. Y yo fui detrás porque soy pesado, y le dije que un mensaje no cuesta nada, y él me dijo que él a esa mujer no le pedía un favor ahora .

Y yo le pregunté por qué ahora no.

Y mi cuñado me dijo, mirando el fregadero:

—Porque anoche la dejé tirada en un puente.

Y yo me enteré ahí. En ese momento.

Que mi cuñado había tenido una cita la noche anterior. Que la tenía a las nueve. Que se compró una camisa. Y que a las ocho y catorce escribió cinco palabras y se puso una sudadera.

Y no se enteró nadie.

Yo me quedé sin saber qué decirle, cosa rara en mí, y al final le dije lo único que se me ocurrió, que fue:

—Rodrigo, escríbele. Y cuéntaselo.

Y le escribió.

Y le contó lo que había pasado, en su inglés de doscientas palabras, que según él son doscientas doce.

Y ella contestó a los cuatro minutos.

A los cuatro minutos. Con un mensaje largo del que Rodrigo entendió la mitad y que le tuvo que traducir Vega, y en el que preguntaba primero por su padre —primero por su padre, dos veces— y luego decía que conocía un sitio en el barrio donde trabajaba, y que llamaba ella.

A las dos de la tarde teníamos mesa para ocho a las siete y media.

A las siete y media. Que allí es una hora normal para cenar y que en mi casa es la hora de la merienda, pero es que a estas alturas ya nos daba igual.

El resto del día fue de preparativos y yo me encargué de todo, cosa que consta.

Compré flores. Y aquí hubo un asunto delicado del que no voy a hablar mucho: en la floristería había de todo, había unas flores preciosas, había rosas, había unas cosas moradas larguísimas.

Y no había tulipanes. En julio no hay. Ya lo sabía yo. Ya lo sabíamos dos.

Compré las moradas.

Compré también una tarta en una pastelería, con una vela grande con un cinco y otra con un cero, que las velas las encontré en un chino, porque en todas partes hay un chino y eso es una cosa que une a la humanidad.

Y escribí unas palabras.

Las escribí en el móvil, en el baño, sentado en la taza con la tapa bajada, que es el único sitio de aquella casa donde se puede estar solo. Las escribí tres veces. Las borré dos.

Y voy a poner aquí lo que puse, porque al final en la cena no dije ni la mitad y se me olvidó lo mejor:

Yo propuse este viaje en una comida, en mayo, y todo el mundo se cree que fue una ocurrencia mía de las de siempre. Y algo de eso hay.

Pero yo llevo veintiún años sentándome a la mesa de esa casa, y en veintiún años yo no he visto que a mi suegro le hagan nada.

Nada. Ni una comida, ni un regalo que no sea una colonia, ni un viaje, ni un homenaje, ni una tontería.

Es un hombre al que todo el mundo quiere muchísimo y al que nadie le ha hecho nunca nada, porque él siempre dice que no hace falta, y porque cuando uno dice mil veces que no hace falta, al final la gente le cree.

Y un día pensé: pues cincuenta años. Cincuenta años es una excusa buena. Con eso no puede decir que no.

Eso es lo que yo quería decir en la cena.

Luego, en la cena, dije otra cosa, dije lo del amor y lo de que son un ejemplo y se me trabó la lengua en la palabra «trayectoria», que no sé ni por qué la metí.

Bueno. Y también lo propuse porque en mayo vi una oferta y me vine arriba.

Que conste todo.