31. Once veces
(Carmen)
Yo no salí a buscar a mi marido.
Salí a por él, que es distinto, y esa diferencia es de la que voy a hablar aquí, aunque me va a costar explicarla porque en mi familia nadie la entendió.
Ellos llevaban casi una hora mirando canales. Yo estaba en aquella casa, sentada, con el niño pequeño y con Bruno, oyéndolos entrar y salir, y cada vez que entraban decían nada, nada, nada.
Y yo llevaba desde las ocho y cuarto pensando.
Porque yo sabía dos cosas que ellos no sabían.
La primera la sé desde mayo. Desde antes de comprar los billetes.
Mi marido lleva treinta años detrás de una pieza de esa radio.
Una lámpara, se llama, o una válvula, yo nunca me he aprendido el nombre bien.
Se fundió y nunca encontró otra igual, y ha escrito cartas, y ha ido a tiendas de Valencia que ya no existen, y una vez le mandó una carta a un señor de Zaragoza que le contestó que no.
Treinta años. Y no ha vuelto a nombrarlo desde hace por lo menos diez, que es como entierra él las cosas que no pueden ser.
Y en mayo, la noche antes de ir a por el pasaporte, me lo encontré en la mesa camilla con un papel viejo en la mano.
Yo ese papel lo conozco. Lo tiene desde siempre. Tiene apuntado el nombre de la pieza, con unas letras y unos números, con la letra que tenía él cuando era joven, que era más redonda.
Y no me dijo nada. Y yo no le pregunté.
Y la segunda cosa la supe el día que fuimos a los pasaportes, porque cuando salimos de la agencia de viajes yo ya estaba en la puerta con mi yerno, y me giré, y vi a mi marido inclinado sobre el mostrador hablando con la chica.
Y vi que la chica cogía un papel y le escribía algo.
Mi yerno dijo que estaría preguntando por el servicio.
Yo no dije nada, porque llevo casi cincuenta años sin decir nada, pero vi lo que vi. El primer día, al ordenar la habitación, encontré aquel mismo papel junto a la radio. No lo cogí. Copié el nombre del mercado y la calle en el reverso de un recibo, y lo guardé en el bolso.
Lo que no sabía era si había ido allí aquella tarde.
Saber que un hombre ha preguntado por un mercado no es saber adónde ha salido, y durante la primera hora me convencí de que volvería solo.
Tampoco quise contar lo del papel delante de todos.
Me pareció que era una cosa suya y que, si aparecía por la puerta, yo habría convertido su secreto en un asunto de familia para nada.
Cuando llevaban casi una hora entrando y saliendo sin él, dejé de poder llamarlo prudencia. Pensé que yo tardaría menos y que, si no estaba allí, llamaría a mi hija y se lo contaría todo. Ahora sé que tendría que haberlo dicho desde el principio. Entonces creí que lo estaba protegiendo.
Total. Que a las nueve y cuarto de la noche le dije a Bruno que sabía dónde había ido su abuelo, que yo iba a por él, que se quedara con su hermano y que no abriera a nadie. Me puse la rebeca y los zapatos buenos de andar, y bajé aquella escalera agarrada a la cuerda.
Yo no llevaba mi libreta.
Esto lo cuento porque tiene su gracia y porque entonces no se la vi. Aquellos días mi libreta andaba perdida, o eso creía yo, y llevaba dos días sin encontrarla.
Y me di cuenta en el portal.
Y me quedé un momento parada, y luego pensé: Carmen, si llevas nueve días repasándolas todas las noches como quien reza el rosario. Si te las sabes.
Y me las sabía.
Anduve hasta la plaza grande esa donde hay un mercado, que estaba a cuarenta y cinco minutos según el papelito que llevaba, y a mí me costó una hora y diez porque me paré tres veces.
Y por el camino pregunté.
Voy a contar cómo se pregunta cuando una no sabe hablar, por si le sirve a alguien.
Se para una delante de una persona. Se le mira a la cara, que eso es lo importante, que la gente cuando le miras a la cara se para.
Se dice excius mi .
Se enseña la foto en el teléfono, que me la había puesto mi nieta grande de fondo de pantalla dos días antes, la del molino, en la que sale con la boca abierta.
Y entonces ellos dicen cosas. Dicen muchas cosas y muy deprisa, y yo les decía ai dont anderstán , y ellos entonces hablaban más despacio y más alto, que eso lo hace todo el mundo en todos los países.
Y todos, todos sin excepción, me preguntaban lo mismo. Se les entiende en la cara aunque no se les entienda la boca. Te señalan la foto y ponen cara de pregunta.
Quieren saber quién es.
Y yo decía:
—Is mai jasbon.
Y ahí cambiaba todo.
Ahí cambiaba la cara de la gente. Todas las veces.
Una chica que iba en bicicleta se bajó de la bicicleta.
Un chico que estaba cerrando una tienda salió a la acera conmigo y estuvo mirando calle arriba y calle abajo.
Una señora de mi edad, más o menos, me cogió del brazo y no me soltó hasta que yo le dije que sí con la cabeza tres veces.
Yo lo dije once veces aquella noche.
Las conté después, en la cama, porque no podía dormir. Once.
Y no me tembló ni una.
Para eso la aprendí.
Lo encontré a las once menos veinte, sentado en un banco de piedra al lado de un puente, a dos calles del mercado.
El mercado estaba cerrado, claro. Cierra a las seis. Él llegó a las seis y diez.
Estaba sentado con la espalda recta, con las manos encima de las rodillas, mirando al frente, igual que iba en el cajón de la bicicleta.
Y yo me senté a su lado.
No le dije nada. Él tampoco.
Estuvimos así un rato, no sé cuánto, con la gente pasando por delante.
Y luego dijo:
—No sabía cómo se llamaba la calle.
Y yo dije:
—Ya.
Y él dijo:
—Y no me acordaba del puente.
Se le había puesto la rodilla mala poco después de las seis y media.
Anduvo lo que pudo. Y luego hizo lo que hace un hombre que ha trabajado cuarenta años en un banco y que sabe que, si te pierdes, lo peor que puedes hacer es seguir moviéndote: se sentó en un sitio visible, cerca de un sitio grande, y esperó.
Cuatro horas esperó.
Sin teléfono, sin idioma, sin dirección, con setenta y tres años.
Y sin quejarse. Cuatro horas sentado en una piedra, sin poder quejarse con nadie porque no había nadie a quien decírselo.
Le pregunté si había comido algo.
Dijo que no tenía hambre.
Y luego se llevó la mano al bolsillo de la camisa.
Y sacó una servilleta de papel doblada, y dentro había una cosa de cristal, pequeña, como una bombillita alargada con unas patas de metal.
La tenía en la palma de la mano, y me la enseñó como se enseña una cosa a un niño.
Era la pieza vieja de la radio, la que había llevado desde Valencia para enseñarla en el puesto por si encontraba otra igual.
No hizo falta preguntarle cómo había ido. El mercado estaba cerrado cuando llegó y volvía con la misma pieza con la que había salido de casa.
Treinta años buscando un recambio.
Y luego cuatro horas sentado en una piedra sin saber volver a su casa.
Yo no le dije nada de eso, porque a mi marido no se le dice nada de eso.
Le dije:
—Ernesto, que están todos buscándote.
Y él se quedó un momento, y se puso la servilleta otra vez en el bolsillo, y dijo:
—Ya lo sé.
Y luego, mirando al suelo, dijo la única cosa de aquella noche que a mí me dolió de verdad:
—Es que no sabía cómo avisar.
Antes de levantarnos llamé a mi hija. Le dije solo: «Lo he encontrado. Está bien. Volvemos despacio». Empezó a hacerme preguntas y le dije que luego. No sabía explicarlo por teléfono y mi marido estaba sentado a mi lado, mirando al suelo.
Volvimos andando muy despacio. Tardamos casi una hora, parando cada poco.
Y por el camino le dije que yo también había hecho una cosa sin decir nada, y le conté lo de la galleta.
Y mi marido se rio.
Se rio en voz alta, en mitad de la calle, en un país extranjero, a las once y media de la noche.
Y yo llevaba desde el setenta y seis sin oírle esa risa.