28. Las ocho y diez
(Rodrigo)
Yo aquella tarde tenía una camisa.
Es lo primero que quiero decir, porque después de todo lo que pasó nadie se enteró de eso y a estas alturas ya me da igual contarlo.
Habíamos quedado a las nueve. Femke y yo. En un sitio junto a un puente cuya ubicación me había mandado con un mensaje corto que yo leí catorce veces.
Y yo me había comprado una camisa el día anterior en una tienda de allí, por cuarenta y cinco euros, que es un dineral para una camisa y más para un tío que duerme en un sofá.
Y había intentado plancharla con la mano encima de la cama, porque en aquella casa no había plancha, apretando la tela con la palma como si eso sirviera de algo.
Y a las siete y media estaba encerrado en el baño de una casa de ocho personas, con la camisa puesta, mirándome en un espejo del tamaño de una carpeta.
Y me acuerdo perfectamente de lo que pensé: que hacía casi un año que no me ponía nervioso por nada.
Desde lo de Sara. Y en todo ese tiempo he tenido cosas, ¿eh?, no soy un monje, pero no me había puesto nervioso, que es distinto. Ponerse nervioso significa que te importa lo que pase.
Salí del baño a menos cuarto y la casa estaba rara.
Rara de la manera en que llevaba estándolo todo el día: mi hermana y mi madre se hablaban desde la mañana con frases de tres palabras, mi cuñado había puesto una película para el pequeño y estaba dormido en el sofá —mi sofá—, mi sobrina estaba con los cascos y Bruno estaba en la habitación con una libreta.
Y yo pensé: pues me voy sin decir nada, que además así no hay preguntas.
Y a las ocho y diez, cuando ya estaba cogiendo la chaqueta, se me ocurrió mirar.
Y voy a explicar por qué se me ocurrió mirar, aunque no queda bien.
Se me ocurrió mirar porque yo aquellos diez días no tenía a nadie de quien ocuparme.
Mi hermana tenía tres hijos y un marido y una hoja de cálculo. Mi cuñado tenía sus proyectos. Mi sobrina tenía su drama. Mi madre tenía a mi padre.
Y yo no tenía a nadie. Y cuando uno no tiene a nadie a quien mirar, mira.
Y llevaba ocho días mirando a mi padre. Desde el aeropuerto. Desde la escalera. Desde el puente aquel donde tuve que inventarme lo de que Nico se aburría en el cajón.
Y a las ocho y diez de la tarde caí en que llevaba toda la tarde sin verlo.
—Mamá. ¿Y papá?
—Echándose la siesta.
—A las ocho y diez.
—Estará leyendo.
Fui a la habitación.
La cama estaba hecha. Hecha del todo, con la colcha estirada, que mi padre la hace todas las mañanas y no la deshace nunca.
Encima de la mesita estaba la toalla con las piezas de la radio, todas en su sitio.
Y encima de la cómoda estaba su teléfono.
Enchufado. Cargando. Con la lucecita.
Yo me quedé con el móvil de mi padre en la mano, mirándolo, y por dentro se me abrió un agujero.
Salí al salón y dije, en voz demasiado alta:
—Papá no está.
Y a partir de ahí fueron veinte minutos de esos que uno reconstruye después mal.
Mi cuñado se despertó de golpe. Mi hermana salió de la cocina. Miramos el baño. Miramos la habitación de los críos. Alguien dijo que estaría abajo en el portal. Bajé yo los tres pisos de dos en dos y no estaba, y volví a subir y no podía respirar, y no era por la escalera.
Y mi madre dijo:
—Se ha ido a las cinco y veinte.
Todos nos giramos.
—¿Cómo que a las cinco y veinte?
Y mi madre dijo que le había dicho que salía a estirar las piernas un rato. Que ella estaba en la habitación. Que él asomó la cabeza, dijo eso, y se fue.
—¿Y no has dicho nada?
—Es que yo ayer también salí a estirar las piernas —dijo mi madre— y me montasteis un juicio.
Y eso, ahí, en aquel salón, cayó como una piedra en un plato.
Mi hermana se puso blanca.
Yo miré el reloj: las ocho y catorce.
Tres horas menos seis minutos.
Un hombre de setenta y tres años, con una rodilla mala, sin teléfono, sin hablar una palabra de inglés, que hasta hacía ocho días no había salido nunca de España, en una ciudad de canales, con la tarde todavía clara y nosotros pensando durante casi tres horas que estaba echándose la siesta.
Cogí el móvil y le escribí a Femke.
Escribí: «Sorry. Family problem. I can’t.»
Cinco palabras. Ni una explicación, porque no tenía palabras para la explicación, y porque tampoco había tiempo.
Y me quité la camisa ahí mismo, en el salón, delante de todos, y me puse la sudadera, y nadie preguntó por qué llevaba yo una camisa.
Nadie. Ni entonces ni después.
Y no lo digo con pena. Lo digo porque es exactamente así: cuando pasa algo de verdad, las cosas de uno dejan de existir, y encima resulta que no pasa nada por eso.
Salimos a las ocho y veinte.
Mi cuñado hacia el norte, mi hermana y mi sobrina hacia la plaza, yo hacia el canal grande.
Y mientras bajaba la escalera aquella, agarrado a la cuerda, pensé una cosa que no le he dicho a nadie hasta hoy.
Pensé que si a mi padre le pasaba algo, la última vez que yo le había hablado en mi vida había sido para decirle que se metiera en el cajón de una bicicleta porque el niño se aburría.
Y que él sabía que era mentira.
Y que aun así se metió.