27. Diagnóstico
(Marta)
Yo lo supe a la mañana siguiente, a las siete y veinte, haciendo café.
Y lo supe sola. Que quede claro, porque después hubo acusaciones: mi hija no me dijo nada. Mi hija aguantó como un soldado y sigo sin saber si eso me da orgullo o pánico.
Lo supe porque yo he trabajado doce años en un sitio donde te enseñan a hacer una cosa muy concreta, que es mirar un conjunto de datos y no permitirte la explicación cómoda.
Y la explicación cómoda era el pescado.
Vamos a ver el conjunto de datos.
Una mujer de setenta y dos años, sin patología previa relevante ni medicación nueva.
Aparición súbita a media tarde. Euforia.
Locuacidad marcada, con desinhibición: cuenta en la mesa dos historias personales que no había contado en cuarenta años.
Risa incontrolable de más de un minuto ante un estímulo neutro —un pato—, con lagrimeo.
Hambre desproporcionada en una persona de apetito escaso: repite plato, se come el ajeno, se termina cuatro rebanadas de pan y dos magdalenas de hace cuatro días.
Cierta lentitud al moverse. Boca seca: pidió agua cinco veces.
Y al día siguiente, a las ocho de la mañana, perfectamente. Sin resaca, sin vómitos, sin fiebre, sin nada.
Eso no es un pescado.
Un pescado en mal estado no te hace reírte dos minutos de un pato. Un pescado en mal estado te destroza el aparato digestivo y te tiene dos días en la cama.
Estuve un rato de pie en aquella cocina, con la cafetera puesta, mirando el canal por la ventana.
Y luego pensé en el olor de las calles, que llevábamos siete días comentando.
Y luego me acordé de que la tarde anterior mi madre había salido sola una hora y cuarenta minutos.
Y luego me acordé de la cara de mi hija durante toda la cena.
Cuando mi madre entró en la cocina yo ya lo tenía.
Entró con la rebeca de siempre, dio los buenos días, se puso a fregar la taza de alguien, y yo le dije:
—Mamá, ¿qué te comiste ayer?
Y mi madre, que es la peor mentirosa de esta familia y que sabe que lo es, se quedó con la taza en la mano un segundo de más.
Y dijo:
—Pescado.
Y yo dije:
—Mamá.
Y ella dejó la taza, se secó las manos en el trapo, muy despacio, y dijo:
—Una galleta.
Yo me senté. Tuve que sentarme.
Y a partir de ahí lo hice todo mal.
Voy a contarlo tal cual, porque llevo un año contándomelo a mí misma de otra manera y ya me he cansado.
Le dije que estaba loca. Eso lo primero.
Le dije que tenía setenta y dos años. Le dije que no sabía cuánto llevaba aquello, que no era una galleta sin más, que había dosis, que gente mucho más joven se ponía mala con eso, que le podía haber dado algo, que podría haberse caído en la calle, que podría haberse desorientado, que estaba sola, en un país que no conocía, sin hablar el idioma, sin saber decir dónde vivía.
—¿Y si te pasa algo? —le dije.
Y mi madre, que llevaba todo el rato de pie con el trapo en la mano, dijo:
—Pues me pasa.
Y yo le dije que muy bien, que muy fácil, que ella lo dice y se queda tan ancha, pero que la que llama a la ambulancia soy yo.
La que habla con el médico soy yo. La que se lo cuenta a Rodrigo soy yo.
La que organiza soy yo. Que en esta familia el que hace la tontería la hace y el que la arregla siempre es el mismo.
Y ahí mi madre dejó el trapo encima de la encimera.
Y me dijo:
—Nunca me dejáis hacer nada sola.
Y yo dije que qué tontería, que ella hace lo que quiere.
Y mi madre me dijo:
—Marta. Ayer anduve veinte minutos sola por una ciudad extranjera. Sola. Y era la primera vez en mi vida.
Y luego dijo, con una calma que me daba más miedo que si me hubiera gritado:
—Setenta y dos años. La primera vez fuera de España.
Y yo abrí la boca para decir algo y no había nada.
Y entonces me lo dijo.
—Y tú vas por el mismo camino.
Le dije que no empezara.
Y me dijo que ella no empieza nada, que ella lo ve.
Que me había visto en el museo de las bacterias explicándole cosas a mi hijo con una cara que no me veía desde hacía once años.
Que me había visto salir de allí y no volver a hablar del asunto.
Que llevo siete días con una hoja de cálculo en el móvil y que no he pedido ni una sola cosa para mí en todo el viaje. Ni una.
—A ver, dime una —me dijo—. Una cosa que hayas querido tú.
Y yo estaba sentada en un taburete de una cocina alquilada a las siete y media de la mañana, con la cafetera saliéndose, y no se me ocurrió ninguna.
Ninguna.
Y le dije, porque cuando no tengo argumentos ataco, que muy bien, que ella qué sabrá, que ella nunca ha querido nada tampoco.
Y mi madre me miró.
Y dijo:
—Ya. Eso me dijo tu hijo.
Y salió de la cocina.
Aquello se quedó así. No lo arreglamos. Ni aquella mañana, ni a mediodía, ni luego.
Estuvimos todo el día hablándonos como se habla cuando hay algo debajo: normal, educado, «pásame el agua», «¿vas tú o voy yo?».
Y a las cinco y veinte de la tarde mi padre salió a la calle. Se lo dijo a mi madre, pero nadie más se enteró.
Y ya no hablamos más de la galleta.