26. Lo que vi yo
(Vega)
Lo primero que hice fue buscarlo en el móvil.
Estaba sentada en aquella cama, con mi abuela al lado diciéndome que la colcha era muy suave, y yo tecleando debajo de la almohada como una delincuente: «cuánto dura space cake », « space cake persona mayor», « space cake peligro».
Y lo que salía no era que no pasara nada.
Ponía que los comestibles podían tardar bastante en hacer efecto y durar muchas horas; que una dosis alta podía provocar mareos, ansiedad, confusión y bajadas de tensión; y que, tratándose de una persona mayor, había que vigilarla de cerca y llamar a emergencias si se desmayaba, tenía dolor en el pecho, respiraba mal o dejaba de saber dónde estaba.
Ahora sé que tendría que habérselo dicho a mi madre en aquel mismo momento.
Entonces hice lo que hacen los adolescentes cuando creen que ya han leído suficiente: comprobé que mi abuela sabía quién era yo, dónde estábamos y qué se había comido; le pregunté si le dolía algo; la obligué a quedarse sentada y decidí que, si aparecía cualquiera de aquellas señales, llamaría al 112 aunque ella me matara después.
También ponía que bebiera agua.
Bebimos agua. Le llevé tres vasos en dos horas y se los tomó todos como si fuera lo más normal del mundo.
Yo tenía quince años y estaba haciendo de adulta con mi abuela de setenta y dos, y quiero dejar por escrito que en ningún momento me pareció injusto. Me pareció otra cosa. No sé cuál.
La cena fue un ejercicio de gestión.
Yo estaba enfrente de ella y me pasé toda la cena mandándole mensajes con la cara. Cuando empezó a contar lo de su hermana en Alemania, la miré con los ojos muy abiertos. Ella me miró y siguió contándolo igual.
Cuando se comió mi pescado, la dejé.
Cuando se rio durante dos minutos de lo del pato de Bruno, que no tenía ninguna gracia, yo me reí también para que se notara menos. Por eso mi padre pensó que lo del pato era gracioso y se pasó el resto del viaje repitiéndolo.
Y cuando mi padre anunció, con esa seguridad que tiene para las cosas que no sabe, que la culpa era del pescado, casi me atraganto.
La teoría se la inventó él y, de tanto repetirla, acabó convirtiéndola en la versión oficial. Un año después sigue contándolo en las comidas: el pescado holandés que le sentó mal a la abuela.
Ocho euros de galleta.
Me la llevé del brazo a la habitación en cuanto pude. En el pasillo, que mide tres metros, me dijo al oído:
—Vega, hija, ¿aquí se puede una reír o no?
Y yo le dije que sí, que allí sí.
Entonces nos dio la risa a las dos. Esa risa que hay que aguantar con una mano en la boca y que es mil veces peor.
Estuvimos en la habitación como dos horas.
No voy a contar todo lo que dijo mi abuela aquella noche. Primero, porque no me acuerdo de todo, y segundo, porque no es mío.
Dijo que las almohadas de aquella casa eran demasiado altas, cosa que ya había dicho el primer día y que resultaba ser verdad.
Dijo que el marido de una vecina suya de Valencia era «un sinvergüenza de mucho cuidado», así, con esas palabras, y a mí aquello me pareció información importantísima.
Preguntó dos veces si el pato seguía en el canal.
Y, en un momento dado, se quedó callada, mirando el techo.
—Vega.
—Qué.
—Yo te vi ayer con el teléfono.
Yo pensé que se refería a otra cosa. Le dije que sí, que hablaba mucho por teléfono.
Y ella dijo:
—Cuando te llamaron tus amigas. Que moviste el teléfono.
Y se me paró todo.
Yo pensaba que nadie se había dado cuenta. Lo había hecho bien, además. Tres segundos, el móvil pegado a mi cara y el resto de la habitación fuera del encuadre, incluida ella, que estaba sentada en la silla junto a la ventana con el jersey verde.
Me dio una vergüenza que no había sentido nunca. No la vergüenza normal. Una vergüenza de estómago.
Empecé a decirle que no, que había sido por el ángulo, que se veía muy oscuro, que la cámara de mi móvil era una mierda.
Mi abuela me cortó, muy tranquila, sin dejar de mirar el techo:
—Yo escondí a mi madre.
Y yo me callé.
—En una boda —dijo—. Yo tendría dieciocho años. Mi madre venía con un abrigo que le había dado una señora para la que fregaba. Era buen abrigo, ¿eh? Era mejor abrigo que el mío. Pero se sabía de quién era. Y yo la puse en la última fila y le dije que desde allí se veía mejor.
Se quedó callada un rato.
—Y ella dijo que sí. Que desde allí se veía mejor.
Después añadió:
—Tenía yo dieciocho años y ya soy vieja, y todavía me acuerdo de la cara que puso cuando dijo que sí.
Yo no dije nada porque no podía.
Y ella no me riñó. Eso fue lo peor. No me dijo «así que ya sabes lo que has hecho» ni «que no te pase a ti». No dijo nada de eso.
Estiró la mano, me dio dos palmaditas en la rodilla, como se las da a todo el mundo, y dijo:
—A ver si tú te acuerdas menos tiempo que yo.
Se quedó dormida diez minutos después, sin quitarse la rebeca. Yo le puse la manta y me quedé un rato allí sentada, comprobando que respiraba con normalidad.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, le hice una foto.
Estaba de espaldas a la ventana, con la taza entre las dos manos y el pelo hecho un desastre, mirando el canal.
Se la mandé al grupo de las chicas.
Sin nada escrito. Sin explicación. Solo la foto.
Alba contestó diez minutos después: «¿quién es?».
Y yo escribí: «mi abuela».
Y ya está. Nadie dijo nada más. Se pusieron a hablar de otra cosa: del apartamento, de una discoteca y de que Nerea se había quemado la espalda.
No pasó absolutamente nada.
Yo llevaba desde mayo pensando que, si enseñaba mi viaje, se me iba a caer el mundo encima.
Y no pasó nada.
Es que nunca pasa nada. Ese es el timo.