Familia numerable (Trilogía completa) 25. El pescado
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25. El pescado

(Álvaro)

Aquella noche cenamos en casa porque, después de doce horas de lavadora, yo no estaba para restaurantes y porque Marta había comprado el día anterior un pescado en un supermercado de allí que era, según ella, buenísimo y baratísimo.

Yo dije desde el principio que aquel pescado tenía una cara rara.

Lo dije. Que conste que lo dije.

Cenamos a las nueve, que allí es de madrugada, con las ventanas abiertas, la ropa todavía colgada del sistema que había montado yo y Nico ya dormido, que es cuando esta familia se pone realmente a gusto.

Y mi suegra salió a cenar rara.

Rara de una manera que, al principio, yo no supe identificar.

Lo primero fue que llegó tarde. Se había echado un rato y salió de la habitación veinte minutos después que los demás. Caminaba despacio, agarrándose al marco de la puerta. Se sentó y dijo:

—Qué bien se está aquí.

Y no había pasado nada. Estábamos comiendo pescado alrededor de una mesa. Nadie había dicho nada.

Después se puso a hablar.

Mi suegra habla, ¿eh? Que quede claro. Es una mujer que habla mucho. Pero aquella noche hablaba de otra manera, más de corrido, sin esperar a que le contestaran, y contó tres cosas que yo no le había oído contar en veintiún años.

Contó lo de su hermana. La de Alemania. Contó que en 1987 estuvo a punto de irse quince días con ella y que no se fue. Y contó por qué, con detalles, y a mí me pareció una de esas historias que no se cuentan durante la cena.

Marta dejó el tenedor y se quedó mirándola.

Luego contó que, cuando era pequeña, en su casa merendaban pan con aceite y azúcar, y que ella creía que aquello era una merienda buenísima hasta que fue a casa de una amiga.

Y después se rio.

Se rio de una cosa que dijo Bruno y que, además, no tenía gracia.

Dijo que el pato del canal estaba siempre en el mismo sitio.

Ya está. Esa fue la frase. Mi suegra se rio durante dos minutos.

Dos minutos. Con una mano apoyada en la mesa, sin hacer ruido, con los ojos cerrados y secándose las lágrimas con la servilleta.

Y mi mujer se quedó mirándola muy seria. No sé por qué, si era una tontería.

Después vino lo del hambre.

Mi suegra, que come como un pájaro, que lleva toda la vida diciendo «yo con esto ya tengo», se terminó su pescado, se comió el que había dejado Vega, cuatro rebanadas de pan y preguntó si quedaba algo dulce.

No quedaba nada dulce. Solo unas magdalenas del tercer día, duras como piedras.

Se comió dos.

—Carmen, que se le van a atragantar.

—Es que están buenísimas, hijo.

Y ahí fue cuando hice mi diagnóstico. Lo dije en voz alta, delante de toda la mesa, y creo sinceramente que fue lo más sensato que se dijo aquella noche:

—Es el pescado.

Porque estaba clarísimo. Un pescado desconocido, de un país frío, comprado en un supermercado con el nombre en otro idioma, comido a las nueve de la noche por una señora de setenta y dos años que llevaba siete días comiendo raro y andando mucho.

Bajada de tensión. Como una casa.

Marta me dijo que me callara. Con esas palabras:

—Álvaro, cállate.

Y mi hija se levantó de golpe, dijo que ella acompañaba a la abuela a la habitación y se la llevó del brazo, muy pegada, hablándole al oído. Las dos iban riéndose por lo bajo de algo que no compartieron con el resto de la mesa.

Adolescentes.

Luego pasó lo de mi suegro, que es la única parte de aquella noche que me dejó pensando.

Mi suegro no dijo nada durante toda la cena. Eso no es raro en él. Lo raro fue lo otro.

Cuando mi suegra empezó a contar lo de su hermana, él dejó de comer.

No la interrumpió. No la miró mal. No hizo ninguna de esas cosas que hacen los maridos de esa generación cuando su mujer se pone a contar de más.

Dejó el cubierto en el plato, se echó un poco hacia atrás en la silla y se quedó escuchándola.

Escuchándola de verdad, con la cabeza un poco ladeada, como se escucha a alguien que está diciendo algo importante.

Y cuando ella se rio por lo del pato, él sonrió. Con la mitad de la boca, como sonríe él.

Cuando Vega se la llevó a la habitación, mi suegro se levantó, recogió su plato y el de ella, los dejó en el fregadero y se fue detrás sin decir buenas noches.

Yo me quedé en la mesa con Marta y Rodrigo, terminando el vino.

Le dije a mi mujer:

—Tu madre hoy estaba contentísima.

Marta dijo que sí.

Y luego añadió, mirando el mantel:

—Es que hoy se ha reído para ella.

Yo no entendí aquello y todavía no lo entiendo, pero mi mujer a veces dice cosas así y lo mejor es dejarlas pasar.

A la mañana siguiente mi suegra estaba perfectamente. Se levantó a las ocho, hizo café y no se acordaba de lo del pato.

Y el pescado, por si alguien tiene la duda, no me lo comí entero. Yo me comí medio.

Por eso a mí no me pasó nada.