24. Una cosa para mí
(Carmen)
Yo abrí aquel cuaderno pensando que era el mío.
Quiero que quede dicho así, porque conozco a mi familia y sé que esto se va a contar de otra manera. Yo no fui a mirar nada de nadie. Cogí lo que había encima de mi cama, me senté y lo abrí para repasar mis cuatro frases, que las repasaba todos los días como quien reza.
Y lo que había dentro era la letra de mi nieto.
Esa letra que hacen los niños ahora, toda de imprenta, muy despegada.
Yo tendría que haberlo cerrado. Eso lo sé. Lo supe en aquel momento y lo sé ahora.
Leí cuatro páginas.
No voy a contar lo que ponía en las cuatro. Hay cosas en ese cuaderno que son de mi nieto y de mi marido y que yo no debería saber, y una forma de arreglarlo un poco es no repetirlas.
Solo diré que ese niño se entera de todo.
De todo. Lleva once años en esta familia con la boca cerrada y los ojos abiertos, y hay cosas apuntadas ahí que llevan ocurriendo en mi casa cuarenta años y que nadie ha dicho nunca en voz alta.
En la cuarta página, abajo del todo, ponía:
La abuela no pide nunca nada. No sé si es que no quiere nada.
Y ahí lo cerré.
Me quedé sentada en el borde de la cama, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas, delante de la ventana de un país que no era el mío, oyendo a mi familia discutir en el salón por una lavadora.
No me enfadé. Que conste. Un niño no escribe eso para hacer daño; un niño escribe lo que ve.
Lo que pasó fue peor.
Lo leí y pensé: pues es verdad .
Y después pensé: y si es verdad, ¿desde cuándo?
Me puse a hacer la cuenta, sentada allí, mirando por la ventana.
Y no me salía el año. Yo he pedido cosas en mi vida.
He pedido que se arreglara la persiana. He pedido que no fumaran dentro.
He pedido dinero al banco. Pero cosas mías, cosas de «yo quiero esto porque me apetece a mí», sin que sirvieran para nadie más de la casa…
No me salía el año.
Y una mujer que no encuentra el año es que lleva mucho tiempo.
Me levanté y dije que iba a dar una vuelta.
Mi yerno me dijo que me llevara el paraguas. Mi hija estaba de espaldas y contestó «vale, mamá» sin girarse. Y ya está. Nadie preguntó adónde iba, y a mí eso, que otras veces me habría molestado, aquella tarde me vino de maravilla.
Bajé aquella escalera agarrada a la cuerda, salí al canal y eché a andar.
Y voy a decir una cosa que a lo mejor no se entiende.
Yo tenía setenta y dos años. Y aquella fue la primera vez en mi vida que caminé sola por una calle extranjera.
Sola. Sin mi marido, sin mi hija, sin nadie que me tradujera nada ni me cogiera del brazo al bajar los bordillos.
Anduve veinte minutos. Me perdí un poco y no pasó nada. Me paré a mirar un escaparate de sombreros que no me interesaban. Vi un pato metiendo la cabeza en el agua. Me senté en un banco y estuve un rato viendo pasar bicicletas.
Y ahora tengo que contar lo otro, que ya sé lo que va a parecer.
Llevábamos siete días oliendo aquello.
Yo no sabía qué era. Mi marido decía que olía a quemado, que alguien tendría un brasero, y yo le dije que en julio no hay braseros. Ahí se quedó la conversación.
Fue mi nieta quien me lo explicó el tercer día, en la cocina, medio riéndose, después de que yo dijera por cuarta vez que olía raro. Me lo contó de una manera muy suya y me dijo que allí se vendía en unos locales, que la gente entraba y lo compraba como quien compra el pan.
Y a mí, aquella tarde, sentada en aquel banco, se me ocurrió.
Se me ocurrió entero, de golpe, como se le ocurren las cosas a mi yerno.
Y me dio la risa yo sola.
El local estaba a dos calles. Yo ya lo tenía visto, porque llevaba siete días mirándolo todo, que es lo único que sé hacer.
Entré.
Había un chico detrás del mostrador con las orejas llenas de aros. Cuando me vio entrar puso una cara que no voy a olvidar, porque era la cara de un chico de veinticinco años viendo entrar a su abuela.
Yo le dije:
—Excius mi.
Él contestó algo.
Yo señalé la vitrina, donde había unas cosas en un plato, unas pastas, unas galletas grandes.
—One.
Que eso sí me lo sé.
El chico se puso muy serio de repente y empezó a explicarme algo. Muy despacio, además. Se notaba que intentaba hacerlo bien: señalaba la galleta, luego el reloj y después media galleta.
Yo le dije:
—Ai dont anderstán.
Él volvió a intentarlo.
Y yo repetí, con mucha educación:
—Ai dont anderstán.
El chico me miró, respiró y me la envolvió en una servilleta.
Fueron ocho euros.
Volví andando. Tardé más de la cuenta porque volví a perderme.
En casa la metí en el bolso y me senté a cenar como si nada. No me la comí hasta las ocho menos cuarto, cuando todo el mundo estaba liado con las lavadoras y yo dije que iba a echarme un rato.
Me senté en la cama, con la puerta entornada.
Y me la comí.
Estaba mala. Eso hay que decirlo, porque nadie lo dice: estaba mala. Seca, con un sabor amargo por detrás, como cuando se quema el fondo de una tarta.
Y me la comí entera.
Entera. Ahora sé perfectamente que aquel chico me estaba diciendo que comiera media. Si hasta señalaba media galleta con el dedo.
Pero es que yo no tiro comida.
Yo pasé hambre de pequeña, y en mi casa no se tira ni una miga. No iba a dejar media galleta de ocho euros en una servilleta, encima de una cama de un piso alquilado.
Luego me quedé allí sentada, esperando.
Al rato entró mi nieta a buscar el cargador.
Y me vio.
Yo creo que me vio la cara antes que la servilleta. Se paró en la puerta y dijo «abuela», con la voz un poco levantada al final. Después miró la servilleta y volvió a mirarme.
Yo le dije la verdad, porque a esa niña no se le puede mentir y porque, para entonces, ya me estaba entrando una risa por dentro que no venía de ningún sitio.
—Vega, no digas nada.
Ella cerró la puerta.
Y se sentó en la cama conmigo.
Estuvimos las dos calladas un rato: ella mirándome como se mira una olla que va a hervir y yo pensando en lo que había leído aquella tarde en el cuaderno de su hermano.
Y dije, en voz alta aunque no hacía falta:
—Que sí que quiero cosas.
—Ya, abuela.
—Que es que no me las pide nadie.