23. El mejor día
(Álvaro)
El séptimo día fue, sin discusión, el mejor de todo el viaje.
Lo digo porque hay una versión oficial de aquel día que yo no comparto y porque, cuando pasan los años, uno se da cuenta de que los días buenos no son los de las fotos, sino los otros. Los de estar en casa. Los de la convivencia.
Yo aquel día no salí del apartamento hasta las seis de la tarde y me lo pasé estupendamente.
Empezamos con la colada.
Séptimo día de diez, ocho personas y ya no quedaba nada. Nada. Yo llevaba desde el jueves con la misma camiseta debajo del jersey, que es un sistema que funciona, aunque mi hija hizo un comentario.
En el apartamento había lavadora, pero era de las pequeñas, de esas en las que caben cuatro camisetas y un calcetín, y tenía un programa de dos horas y media que no se podía acortar.
Dos horas y media. Hicimos cinco lavadoras.
Eso son doce horas y media de lavadora. Yo calculé que, si empezábamos a las ocho de la mañana, terminaríamos al día siguiente.
Marta calculó que a las ocho y media de la tarde, pero cada uno tiene su método.
Y no había secadora. Y llovía. Y en aquella casa no había balcón.
Total, que a mediodía el salón era un tendedero.
No había cuerdas, así que improvisé un sistema con el cable largo de un cargador, dos perchas y la barra de la cortina de la ducha, que se soltaba.
Y quedó bien. Quedó muy bien. Lo que pasa es que había que agacharse para pasar, y mi suegra pasó tres veces por debajo de mis calzoncillos y a la tercera dijo una cosa en voz baja que no voy a repetir.
A las once llegó lo del jarrón.
Bueno, jarrón. Era una cosa de cerámica azul que había encima del mueble del salón, de esas que ponen los dueños para que la casa tenga personalidad. Nico tiró de la manta que había debajo. Eso es todo. Nadie tuvo la culpa.
Se rompió en cuatro trozos, que es la mejor noticia posible dentro de lo malo, porque cuatro trozos se pueden pegar.
Yo bajé a comprar pegamento —treinta y ocho minutos, porque las tiendas allí tienen unos horarios que no obedecen a ninguna lógica— y lo pegué en la mesa de la cocina con muchísimo cuidado, pieza por pieza, sujetando cada una con los dedos el tiempo necesario.
Y quedó bien.
Se le veían las grietas. Se le veían perfectamente si te acercabas. Pero estaba entero, aguantaba y lo volvimos a poner en el mueble, girado, con las grietas hacia la pared.
Marta se quedó un rato mirándolo con una cara rara y no dijo nada.
Ella sabrá.
Aquel día también hubo cierta tensión, no lo voy a negar, y yo creo que fue por el dinero.
A mediodía mi suegra dijo, mientras poníamos la mesa, que menos mal que se había traído el jamón, porque «con lo que cuesta aquí un plato de nada». Luego añadió que, si le hubieran dejado meter el aceite, se habría ahorrado ella no sé cuánto en aliños.
Y mi mujer, que estaba cortando pan, dijo:
—Mamá.
Mi suegra contestó:
—Que lo digo por decir.
Y mi mujer dijo:
—Ya.
Y siguió cortando pan durante mucho más tiempo del necesario.
Luego mi suegra volvió a hablar del Agua del Carmen. Que si no se la hubieran tirado en Manises, no habría tenido que comprarse en una farmacia de allí una cosa que le costó nueve euros y que no le hizo nada.
Nueve euros. Lo dijo tres veces aquel día. Nueve euros.
Yo, personalmente, creo que estas conversaciones son sanas.
Por la tarde tuve una reunión con mi cuñado.
Rodrigo llevaba un año raro. Bien raro, ¿eh? Raro de bien. Pero yo lo había visto en todos sus estados desde que era un chaval y sabía perfectamente cuándo aquel hombre estaba intentando algo y no sabía cómo.
Así que me senté con él.
—Rodrigo, mírame. ¿Tú qué le has escrito?
Me lo enseñó.
Le dije que aquello era muy poco. Que era todo muy correcto, muy educado, muy de sobrina de quince años, y que así no se conquista a nadie.
Le dije que había que proponer . Que a la gente había que darle un plan. Si tú dices «qué tal el día», te contestan «bien» y ahí se acaba todo; pero si dices «el jueves a las ocho en tal sitio», entonces hay algo.
También le dije que le mandara una foto suya. No un selfi. Una foto hecha por otra persona. Eso se nota.
Y le dije —en esto insistí mucho— que le hablara en español de vez en cuando. Que las mujeres del norte, cuando oyen español, se derriten. Eso lo sé de buena fuente.
Rodrigo me hizo caso en dos de las tres cosas.
Le mandó una foto que le había hecho yo en el molino, en la que salía bien, con el molino detrás y todo. Y le escribió una frase en español.
Le escribió: «Para que no te olvides de mí, rubia.»
A una mujer holandesa de metro noventa a la que conocía desde hacía cuatro días. Y el traductor se lo tradujo tal cual.
Ella contestó cuarenta minutos después con una sola palabra:
Ok.
Y mi cuñado se pasó el resto de la tarde tirado en el sofá, diciendo que él ya sabía que aquello no iba a ninguna parte, que daba igual y que estaba genial.
Yo le dije que un «ok» no es un no.
Y sigo pensando que hice bien.
En fin. Que fue un buen día. De los de estar en casa, de los de reírse, de los de que la familia se junte de verdad, que al final es lo que uno se lleva.
Ah, y sobre las seis mi suegra dijo que iba a dar una vuelta ella sola, que necesitaba estirar las piernas.
Y yo le dije que se llevara el paraguas.