Familia numerable (Trilogía completa) 22. La libreta equivocada
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22. La libreta equivocada

(Bruno)

El molino por dentro no se parece a nada.

Yo pensaba que un molino era una casa con unas aspas fuera. Y no. El molino es lo de dentro. Las aspas son solo el mango.

Dentro hay un eje de madera del grosor de un árbol —porque es un árbol— que va de arriba abajo y atraviesa los tres pisos.

Ese eje mueve una rueda enorme con dientes.

Esa rueda mueve otra, también con dientes, colocada al revés.

Y así, cambiando de dirección tres veces, la fuerza que hay arriba, en el aire, termina abajo, en dos piedras que giran y aplastan semillas.

Y todo es de madera. Todo. Los dientes de las ruedas son palos encajados en agujeros. No hay tornillos.

Yo estuve leyendo el cartel y apuntando datos, y cuando levanté la cabeza mi familia ya no estaba. Se habían ido a la tienda de al lado a comprar queso. Todos menos mi abuelo.

Mi abuelo estaba abajo, junto a las piedras, mirando hacia arriba.

Y se quedó allí media hora.

Lo sé porque yo también me quedé, sentado en un escalón, sin decir nada, que es como estamos bien él y yo.

A los diez minutos vino el hombre del molino. Un señor mayor, con un mono azul lleno de aceite y las manos negras, que trabaja allí de verdad: no es un guía, es quien hace funcionar aquello.

Se puso al lado de mi abuelo y también miró hacia arriba.

Entonces pasó una cosa que quiero contar bien porque llevo pensando en ella desde aquel día.

Estuvieron media hora hablando sin hablar.

El hombre señaló el eje. Mi abuelo asintió, señaló la rueda de arriba, hizo un gesto con la mano, girando, y después señaló la rueda de abajo y movió la mano en sentido contrario.

El hombre dijo « ja, ja » —que allí significa «sí, sí»—, se rio y le enseñó una pieza que llevaba en la mano: un palo de madera desgastado por un lado.

Mi abuelo lo cogió, lo miró, pasó el dedo por la parte gastada y, con la otra mano, hizo un gesto como de frotar.

El hombre volvió a decir « ja ».

Luego le enseñó dónde se cambiaban aquellas piezas, y mi abuelo se agachó con él, a pesar de la rodilla. Estuvieron un rato allí debajo, señalando cosas.

Y no dijeron ni una sola palabra que el otro pudiera entender. Ni una. En treinta minutos.

Mi abuelo llevaba cinco días sin poder pedir un café.

En el aeropuerto de Valencia, delante de un agente de seguridad de Torrent que hablaba su mismo idioma, no consiguió explicar qué era aquella radio.

Y allí, debajo de una máquina de madera de hacía trescientos años, con un holandés vestido con un mono azul, se entendió perfectamente.

Yo creo que es porque las máquinas no son de ningún idioma.

Cuando salimos, mi abuelo me puso la mano en el hombro, cosa que hace muy poco, y no dijo nada, pero llevaba la cara distinta. Como más ancha.

Total, que en el tren de vuelta saqué el cuaderno para apuntar todo aquello antes de que se me olvidara.

Y no era mi cuaderno.

Era pequeño y de tapa dura, como el mío, pero tenía una gomilla y flores en la cubierta.

Era la libreta de mi abuela.

Y yo, que soy tonto, la abrí.

La abrí sin pensar, como se abre una cosa que crees que es tuya, y ya estaba mirando dentro cuando me di cuenta.

Estaba escrita con su letra. Esa letra de mi abuela que es como la de las listas de la compra que deja en la nevera, con las letras muy juntas y muy rectas, como si escribir le costara dinero.

Ponía:

zenkiu excius mi ai dont anderstán (esta es la importante) is mai jasbon

Tardé un rato en entender la última. La leí como cuatro veces. Luego la leí en voz baja y ahí sí.

It’s my husband.

Es mi marido.

Me quedé mirando aquella línea, con el tren en marcha y una señora enfrente comiéndose una manzana.

Porque las tres primeras las entiendo. Gracias, perdone, no entiendo. Eso es lo que necesita una persona para ir por la calle.

La cuarta no es para ir por la calle.

La cuarta es para decírsela a alguien. A alguien que no la conoce y que le está preguntando algo. Y solo hay una situación en la que a una señora de setenta y dos años que no habla inglés le hace falta decir «es mi marido» a un desconocido.

Yo tengo once años, no cinco.

Mi abuela se aprendió esa frase antes de salir de Valencia.

Y entonces pensé lo otro.

Si yo tenía su libreta, ella tenía mi cuaderno.

Y me puse malo. Malo de verdad, con el estómago, allí en el tren.

Porque yo sé lo que hay escrito en mi cuaderno. Yo lo he escrito. Está lo del papel doblado y lo de la radio. Está lo de «no he visto nada». Está lo de los tulipanes, que eso sí que no puede leerlo nadie.

Y está la otra cosa.

La que escribí el quinto día, desde el salón, cuando mi abuela se puso a fregar unos vasos que ya estaban limpios y yo me quedé mirándola.

La abuela no pide nunca nada. No sé si es que no quiere nada.

Eso lo escribí yo. Con esa letra. En esa página.

Me pasé todo el trayecto pensando cómo pedírselo. Pensé en decir que me había equivocado. Pensé en dejar la suya encima de la mesa y esperar a que apareciera la mía. Pensé en entrar en su habitación, que es algo que no he hecho nunca.

Al final decidí esperar a la mañana siguiente y pedírselo con naturalidad, como si nada, en algún momento del desayuno.

Guardé su libreta en el bolsillo interior de la mochila, junto al avión.

Y antes de guardarla escribí una cosa debajo de sus cuatro frases, porque no tenía dónde apuntar y porque el molino se me iba a olvidar.

Escribí:

El abuelo ha estado media hora hablando con un señor sin hablar. (esta es la importante)

Lo de abajo lo copié de ella.

Porque si una frase es la importante, hay que avisar.